La felicidad puede ser algo tan sencillo como una conversación con alguien que te escucha y te aprecia. Alguien que te escucha de verdad, sin interrumpir, sin prisa, sin convertir la conversación en una clase magistral de cuñadismo y de ese “yo voy a explicarte cómo arreglar tu vida”. Esto no se me ha ocurrido a mí, sino que se lo he copiado a una de las mentes que más y mejor trató y analizó las relaciones humanas en el siglo XX, el profesor estadounidense Carl Rogers.
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