Como todos sabemos, en las fases iniciales del desarrollo de casi todos los fármacos, las pruebas se hacen con animales para luego pasar a ensayos humanos. Y sí, para ello, es necesario hacer grandes putadas a los animales: para probar antibióticos se les infecta de diversos virus y bacterias, para los antitumorales se les provocan tumores, y así sucesivamente. Hasta caries se les ha provocado para probar pasta de dientes.
La cuestión peliaguda viene cuando llegamos a los antidepresivos. ¿Cómo carajo hacemos para probar esos medicamentos, tan masivamente usados, en animales? ¿Cómo hacemos que el ratón o el hámster, o el mono se deprima, rellene un cuestionario para saber hasta qué punto está deprimido, y podamos ver luego qué efecto ha tenido el tratamiento con este o aquel antidepresivo?
Lo cierto es que no es posible seguir ese procedimiento, y de ello sacamos dos conclusiones.
La primera es que las pruebas en animales de los antidepresivos no son ni medio serias, ni medio útiles, ni sirven para otra cosa que no sea determinar el alcance de la toxicidad y los efectos secundarios. O sea, que las pruebas te garantizan el daño que el medicamento te va a hacer o no, pero no su eficacia, ni si te va a hacer algún bien.
La segunda es que de todas las maneras lo intentan, y se han diseñado varias pruebas. Una de ellas, a la que llaman natación forzada, consiste en meter a un ratón en un recipiente con agua del que no pueda salir y cronometrar cuánto tiempo intenta nadar antes de desesperarse y dejarse morir. Luego, cuando ya se ha dejado ir, se le saca, se le trata con el antidepresivo y se mide a ver si la segunda y la tercera vez, y las que haga falta, aguanta más tiempo, gracias a la acción del fármaco.
El otro método es colgar al ratón por la cola, pegándolo a un alambre con cinta aislante o algún otro adhesivo, y cronometrar cuánto tiempo es capaz de debatirse para intentar soltarse antes de desesperarse por completo y quedarse quieto. Luego se le da el antidepresivo, y se cronometra si el ratón aguanta más tiempo retorciéndose.
La fiabilidad de estos métodos, que son una salvajada, ya os la podéis imaginar. Según varios ensayos llevados a cabo por estos dos procedimientos, la cafeína es un fuerte antidepresivo.
Si te gusta el humor negro, podría tener gracia. Pero no. Es maltrato animal y, como poco, lanza una inquietante sospecha sobre la eficacia de determinados fármacos y las pruebas que se han hecho con ellos antes de llevarlos al mercado.