Pérez-Reverte matiza aquella famosa frase de “Israel son nuestros hijos de puta” y explica por qué, tras la masacre en Gaza, ya no puede defender al Israel actual. Habla de venganza bíblica, del límite moral en la guerra, de Gaza como exterminio (no genocidio) y de cómo la violencia y el odio se fabrican generación tras generación. Acaba derivando en algo más incómodo: la violencia forma parte de todos nosotros, aunque vivamos creyendo lo contrario.