La explosión de un gran petardo le había arrancado tres dedos. Salió del hospital con sus amigos y encendió una batería pirotécnica que le explotó en la cara. Había elegido Nápoles para pasar el Año Nuevo como turista. Para experimentar, quizás, su emoción más famosa: la de una noche sin límites, entre celebraciones desenfrenadas y fuegos artificiales que transforman las calles en un campo de batalla.