El capitán se acercó al intercomunicador y le gritó al buzo:
-¡Sube inmediatamente! ¡El barco se está hundiendo!
Y el buzo reinventó el encogimiento de hombros.
Vino a buscarme súbitamente, tomando la forma de un anciano transparente. Tomó mi mano y todo se hizo blanco. Volábamos hacia arriba en un espacio totalmente homogéneo, sin ningún detalle que me sirviese como referencia para saber cuánto habíamos ascendido en un determinado momento. Entonces me dijo:
-Nos queda aún un gran trecho. Matemos el tiempo conversando ¿Cómo ha sido tu estancia por ahí abajo?
-He visto poca cosa. No obstante, creo que lo más reseñable se resume en mi sueño más real. Durante la mayor parte de mi vida estuve enamorado de una misma mujer. Siempre desde la distancia, ya que jamás se lo dije. Pues bien, siempre que iba a enfrentarme a un reto especialmente importante, soñaba con ella. En el sueño me amaba, compartía su luz conmigo, y todo era tremendamente real. Hasta sentía el tacto de su mejilla cuando la acariciaba.
-¿Entonces lo más reseñable de tu vida es un maldito sueño?
-Es lo que ese sueño representa. Lo he encontrado en diversos momentos y con distintas formas. Cuando he podido cambiar una vida para mejor, o cuando alguien ha mejorado realmente la mía. Cuando he hablado sin necesidad de palabras con mi sobrino recién nacido. Cuando he logrado conocer verdaderamente a una persona, libre de máscaras y convencionalismos sociales. Cuando una expresión artística me ha conmovido hasta lo más profundo...
-¿Qué tienen en común todas esas cosas?
-Autenticidad y humanidad. A lo largo de mi vida he detestado por encima de todas las cosas los convencionalismos. Fingir que te gusta una determinada música o ropa porque están de moda, aparentar que encajas plenamente con el estereotipo social imperante...hasta que, por fuerza de la costumbre, terminas muriendo en ese ataud. Y a lo largo de mi vida me han deleitado las expresiones de autenticidad. Ver seres humanos al trasluz. Con sus particularidades, sus impulsos, preferencias y deseos.
Igualmente, siempre me ha asqueado la gente pretenciosa que toma como referente los ojos de los demás y no los suyos propios. Del mismo modo, he admirado a quien, simplemente, hace lo que siente. Sin buscar ser vista, ni oida, ni envidiada...simplemente ser. Conocer a esa clase de personas puede enriquecer mucho tu vida. Igual que escuchar el eco de grandes almas a través de una melodía o una obra teatral.
-¿Entonces las grandes personas que has conocido tenían ese denominador común?
-Sí, y a la vez eran únicas. Como en realidad todos lo somos, aunque muchos lo oculten. He conocido a grandes personas de espíritu aventurero, que podían iniciar un viaje de aquí a La India de un día para otro. Había otras que, como yo, eran más tranquilas y disfrutaban escuchando un recital de poesía o yendo a un concierto.
Todos somos únicos, y tenemos, por ejemplo, un ideal de belleza propio. A mí me volvían loco las chicas de formas delicadas y aspecto frágil. A uno de mis mejores amigos, por el contrario, le gustaban tipo Pamela Anderson. Y en cuanto al carácter, a mi amigo le encantaban las chicas enérgicas, hiperactivas y locas por comerse el mundo. A mí, sin embargo, siempre me gustaron con una sensibilidad muy desarrollada, un corazón enorme y un gran amor por las artes (y un punto de timidez, al igual que yo mismo).
-¿Conociste muchas "grandes personas"?
-Qué va, por eso digo que he visto muy poco. Diría que he desaprovechado el 70% de mi vida. Cogí un trabajo que no me gustaba pero me daba estabilidad. Mil veces quise dejarlo, pero al final nunca lo hice. Si pudiese hablar con alguien que vaya a nacer en este instante, le diría que nunca acepte el calvario de tirarse los días esperando que termine la jornada laboral, y las semanas esperando que lleguen las vacaciones. Al final, la mejor forma de ayudar a los demás es hacer aquello que se nos da bien y, además, nos estimula hasta el punto de sacar lo mejor de nosotros. Por eso el trabajo tiene que gustar.
Así, trabajaba un día tras otro, autoconvenciéndome de que no había grandes cosas más allá de las fronteras de mi mundo. Todo lo contrario que la chica a la que amaba. Sacrificó su estabilidad por un sueño. Fue más valiente. Y seguro que encontró muchas más pepitas de oro en el río de su vida que yo. Yo aprendí hermosas teorías, pero pocas veces las llevé a la práctica.
-Cuando llegáis a mi encuentro, la mayoría sois bastante sabios. Dentro de un rato descubrirás si lo que has aprendido puede servirte de algo.
Cuando yo tenía once años, murió mi abuela, muy viejecita y enferma ya, y entonces llegó la hora del reparto de la casa, los enseres y demás. Para mí fue muy emocionante, porque por fin pude echar un vistazo a todos aquellos arcones de madera, con pinta de contener tesoros, que nunca me habían dejado inspeccionar a gusto.
El más secreto de todos era el arcón de la habitación de la abuela, y allí me dirigí, aprovechando que los mayores seguían en la comedor. El baúl estaba lleno de sábanas bordadas, colchas medio apolilladas, ropas de luto y un montón de cosas más del mismo tipo.
Desilusionado, iba ya a cerrar el baúl cuando localicé a tientas un objeto más duro y dediqué todo mi empeño a desenterrarlo de entre el ajuar de la abuela.
No fue fácil, pero al final saqué un envoltorio de tela que contenía una tetera y una lata metálica de té. Y me extrañó, porque el abuelo siempre fue aficionado al café y aún había por casa media docena de cafeteras.
Tenía sólo once años, pero antes de enseñar el hallazgo a los mayores recordé de pronto uno de esos cuentos que a veces contaba mi padre, y pensé que quizás no fuese del todo inventada la historia del vecino inglés, vendedor de biblias, que desapareció sin dejar rastro y al que todo el mundo creyó regresado a su país después de no haber conseguido vender ni un solo ejemplar en siete largos años que pasó recorriendo la comarca.
No era nada, pero el otro baúl, el grande del salón, ya no me apeteció explorarlo.
Y cuando al fin venza el plazo señalado, volverán los dioses de su exilio.
Llegarán en un barco construido con las uñas de todos los muertos y, expiada su culpa, purificados los dioses del mal que toleraron, juzgarán a los hombres.
Ese día será Ragnarok. El regreso de los dioses. El último día.
Edda Mayor. Mitología nórdica
1
Le dijeron que era una urgencia y no preguntó más. Ya se enteraría más tarde de lo que tuviera que enterarse.
Viajaba siempre sin equipaje. Sólo llevaba documentación y dinero en efectivo. En ningún lugar del mundo había necesitado otra cosa. Se presentó en el lugar convenido con diez minutos de adelanto, listo para cumplir con lo que le ordenasen, y allí escuchó atentamente lo que le contaron: dos docenas de frases, como mucho, y sobraban la mitad. Ya habría tiempo más adelante para hablar largo y tendido con el patrón, con un buen puro, el mejor ron, y toda la velada por delante para desgranar anécdotas y razones.
Sin más preámbulos, se puso en camino. Al aeropuerto prefería ir en taxi: nada de dejar coche en el aparcamiento o de dar ocasión a las cámaras a que registrasen quién llegaban en compañía de quién.
El resto marchó sin problemas. Control de documentos, seguridad, y directamente a embarcar. Le quedaba lo peor: doce horas de vuelo. Y doce horas de vuelo hacia el Este, además, de las que te comen medio día contando la diferencia horaria: salió de su casa a las ocho de la mañana y llegó a Madrid a las tres de la madrugada.
No había conseguido dormir gran cosa en el avión, pero en Madrid tampoco tenía tiempo para eso. El compadre que lo esperaba en el aeropuerto le entregó un coche de aspecto rematadamente vulgar. En el maletero estaba todo lo demás: la dirección donde tenía que realizar el trabajo, el fusil, la pistola, y cinco mil euros, que venían a ser como siete mil dólares, más o menos.
—Esto es sólo para los gastos. Lo suyo va aparte —le aclaró.
Carlos González, o Malindo, como le llamaban sus amigos, hizo un gesto de agradecimiento con la cabeza antes de mirar la dirección. Había oído hablar de aquella ciudad, pero ni siquiera sabía hacia dónde podía quedar y mucho menos a qué distancia.
—¿Está muy lejos? —preguntó.
—Tres horas a buen paso —le respondió su contacto, del que ni sabía el nombre ni lo llegaría a saber nunca.
—¡Carajo!
—Si sale algún imprevisto, me llama.
Malindo anotó en un papel aparte el las seis últimas cifras del número de teléfono. Las tres primeras podía memorizarlas sin problema y a nadie le serviría un número al que le faltasen tres dígitos. A menudo los sistemas más sencillos eran los más efectivos.
—Con el depósito me alcanza hasta allí sin problemas, ¿no? Preferiría no tener que pararme.
—Sí, y le tiene que sobrar bastante. Y tiene ya la dirección puesta en el GPS. No hay pérdida.
Malindo suspiró. Sabía de sobra que muchas cosas podían salir mal, pero él era un tipo con suerte y ya se las arreglaría si sufría una avería o le surgía cualquier otro contratiempo.
—Pues me voy, sin más. Gracias por todo.
—Suerte —se despidió su contacto.
2
El hotel se alzaba orgulloso en una plaza céntrica, imponiéndose al resto de edificios que lo flanqueaban.
Se imponía en otro tiempo. Ya no.
Han pasado los años y la fachada muestra las cicatrices del clima y el abandono. La intemperie ha ido desdibujando los rostros de las estatuas que coronan el tejado, y las cariátides de la planta baja parecen a punto de rendirse, vencidas por las grietas y el sudor negro que corre en chorretones indelebles por sus rostros. En lugar de figuras orgullosas de su fuerza, parecen ahora reos de alguna condena eterna que ni siquiera recuerdan. Y sin embargo no pueden desfallecer, no van a hacerlo hasta que la modernidad acabe de desmenuzar con sus ataques químicos la última lasca de su piedra.
Los inmuebles colindantes se levantan cuatro, cinco, seis pisos por encima del hotel, sustituyendo a los que antaño ocuparon aquellos solares como acompañamiento de la orgullosa mole. El hotel es un vestigio, una reliquia de otras ordenanzas municipales, más restrictivas con la construcción en altura, y ni siquiera se atreve a medirse con los bloques de oficinas o la clínica privada que han medrado a su lado. Sin embargo, aún parece más sólido que el resto, como un viejo púgil fotografiado junto a media docena de modelos de ropa juvenil.
El letrero de latón aún luce imponente, acaso porque su dignidad parece aumentar con la pátina de verdín que el tiempo le ha ido añadiendo, pero las banderas de la fachada parecen todas de luto por alguna extraña catástrofe que hubiese afectado a medio mundo. Hace tiempo que no se cambian en honor a la nacionalidad de los huéspedes, sino que permanecen a la intemperie todo el año, como si quisieran llamar en su auxilio a suizos, italianos, japoneses, británicos y alemanes.
Pero nadie acude en auxilio del viejo prisionero: ni cascos azules ni brigadas internacionales. Sólo algunos turistas espaciados, cámara al hombro, decididos a convertir su decadencia en un valor más, en una razón añadida que resalte su atractivo. Son los estetas del abandono, o simplemente los despistados, los que amplían una multinacional o invaden un país por culpa de un error en un mapa.
El hotel, resignado, se empeña en resistir.
Las alfombras parecen nuevas, pero no son siquiera una sombra de aquellas otras, gruesas y macizas, que cubrían los pasillos diez o doce años atrás. Ahora el lujo es sólo apariencia, decorado para una filmación que no acaba de llegar, atrezzo que resiste semana tras semana hasta que se presenta el relevo en forma de cualquier otra baratija de relumbrón mal imitado.
Las lámparas dejan entrever algunos hilos de telaraña, y las bombillas fundidas tardan meses en sustituirse, a la espera del día en que al fin alguien se sube a una escalera para desempañar los brillos del cristal y el bronce.
Todo ha ido decayendo, como alcanzado por aquel extraño fantasma que desportillaba los vasos, marchitaba las flores y torcía los cuadros de Alraune. Todo es un poco más triste y más viejo: las colchas de las habitaciones, las mesillas de noche, los cabeceros de las camas, la botonadura de los ascensores y hasta los rodapiés de algunos pasillos, pegados de cualquier manera después de que algún incidente, o la simple fatiga, los desprendiese. Pero todo resiste en un último esfuerzo.
El agua se las ha arreglado para componer un segundero en alguna parte, pero nadie se preocupa. Quizás sea en un almacén vacío, o en alguna de las habitaciones que ya no se abren a los visitantes y que ejercen labores de trastero, perfectamente al tanto de la filosofía de todos los trasteros: que nada se pierda y que nada se arregle.
El empeño en la descripción del abandono no es casual: hay lugares cuya seña de identidad es el lujo, otros que se definen por la parquedad de sus líneas y la economía de sus pretensiones, pero la decadencia nunca es muda y contiene invariablemente la historia de un esplendor, la crónica de un fracaso y la promesa de unas ruinas señalables o una gloriosa resurrección.
El hotel, como está hoy, ni vive ni muere, sólo resiste, agobiado por el peso de su antigua grandeza, como una tortuga flaca que debe arrastrar aún la concha que crió en sus buenos tiempos. Media Europa vive así: llena de ciudades que fueron capitales de imperios, centros de administración, cuarteles generales de mando, puertos comerciales, cortes reales, lugares donde un día se decidió el reparto del mundo con una línea sobre el mapa y que tras el paso de los siglos son sólo pueblones, ruinas de castillos y andurriales sin ovejas ni concejos de la Mesta que las saquen del olvido.
De uno de estos lugares toma el hotel su nombre. No importa cual. Hotel Lisboa, Tordesillas, Viena , Versalles, Budapest... Un nombre con sabor a Tratado, con reflejos de salón irisado de espejos, con violines interpretando valses para flamantes parejas que aún se sentían inmortales.
El tiempo alcanzó a esas ciudades, a cada cual a su modo, y alcanzó también al hotel con el peor de los castigos: la indiferencia.
Bombardeado con telarañas y bostezos, el hotel afronta como puede los martillazos del amanecer.
(Cuando os canséis me lo decís y lo dejo. Y ya os resumo que el asesino era el mayordomo, ah, no, Juan. Esta parte del "relato corto", ejem, viene de aquí y en este orden: www.meneame.net/m/relatocorto/continuara-7 y después aquí: www.meneame.net/m/relatocorto/continuara-11 )
A la vuelta de la compra decidió desviarse un poco y pasar por el puente, sentía mucha curiosidad por ver cómo evolucionaba la cosa. A esa hora no había mucha gente, el tráfico habitual de coches de los sábados, esos días que para a ir a comprar el pan dos calles más allá se usaba el coche y la ciudad se atascaba como si fuera un lunes a las siete de la mañana. Como el día estaba agradable había personas paseando, se detuvo un momento dejando el carro de la compra cerca del muro bajo del puente y miró disimuladamente al campanario, a derecha, a izquierda y luego se asomó a la zona de cañas, árboles y a la pequeña presa de barro y objetos acumulados que seguía sin limpiar. Su paquete seguiría totalmente invisible. Aunque le parecía que las plantas estaban movidas, dobladas y algún matorral ya no estaba.No podía estar seguro, claro. Posiblemente la riada debió zarandear esa zona. Vio un par de perros sin collar recorrer el cauce sin aparente rumbo.
Se dirigió a casa satisfecho. Tras ordenar la compra, volvió a saltarse su regla sagrada y miró la prensa buscando noticias sobre el caso, navegando remolonamente por otras noticias como si alguien pudiera estar grabando sus movimientos y fuera su manera de disimular. No entendía cómo su orden tan bien establecido estaba dando paso a una impulsividad desconocida para él.
En varios periódicos publicaban la foto de la mujer con una cartela en rojo que rezaba: “DESAPARECIDA” y sus datos para identificarla. ¿Se preguntaba qué podría haber pasado con el amigo con el que debía encontrarse? ¿En su casa? ¿En la calle? ¿Tendría buena coartada? ¿Eran más que amigos?
Juan sabía que debía trazar un plan de actuación o de inacción para los próximos diez años al menos, estos casos no se resolvían de la noche a la mañana. Si quería que su crimen perfecto funcionara debería pensar, al menos, a diez años vista. Habría sido más fácil que la mujer tuviera amante, o divorciada con amenazas del ex marido, o estuviera en negocios turbios, enemigos en la comunidad de vecinos, pero no... al menos en la prensa no se hablaba de nada de eso.
Ya sabía que no podría obtener información de ningún tipo como no fuera a través de los medios de comunicación y las redes sociales. Quizás podría jugar la baza de preguntar muy discretamente al policía que tenía cuenta con su banco, pero o lo hacía con mucha habilidad o... Quizás no mereciera la pena ese riesgo.
En ese momento llamaron al timbre de la puerta. Sorprendido, bajó hasta el jardín y sin abrir el portón preguntó.
-¿Quién es?
-Hola, buenos días, Policía.
Juan instintivamente conectó el sistema de alarma mental. Abrió la puerta y vió a dos policías, un hombre y una mujer, jóvenes y con mirada tranquila.
-Buenos días, estamos preguntado a los vecinos por el caso de la mujer desaparecida...
-Vaya, pensaba que lo de ir puerta a puerta sólo se hacía en las películas –dijo Juan con una sonrisa en la cara.
-En esta zona hay muchas personas mayores que no tienen ni redes sociales ni leen la prensa por internet... –respondió la joven policía, ahora seria, austera.
“Claro, que el padre de la mujer fuera inspector de policía seguro que no tenía nada que ver, claro.” Pensó esbozando una sonrisa interna.
-Sí, sí, he visto la foto de la mujer desaparecida, poco más.
-¿La noche del doce al trece vio usted algo u oyó algo inusual?
-¿La noche del doce? No recuerdo ni lo que comí ayer... –dijo buscando complicidad con los agentes.
-Unos vecinos dicen que se oyeron ruidos y que podrían ser okupas en las casas en venta.
“Cuánta imaginación tiene la gente, ven okupas por todos lados.” Pensó Juan suspirando y no sabiendo cómo continuar su respuesta.
-Pues no he oído nada. Ah, por cierto, aparte de que los perritos de la zona, sobre todo uno y su dueña, tienen mucha afición a mearse y cagarse en mi puerta.
-Hable con la Policía Municipal –dijo el policía-. Bueno, gracias, que tenga usted un buen día.
-De nada. Buen servicio.
Tras cerrar el portón. Los engranajes mentales se pusieron en marcha a mayor velocidad. Debía revisar a fondo el jardín, el patio entero al detalle. El trocito de plástico en el rosal no había sido buena señal y así debió entenderlo, pero lo dejó pasar. Y ahora esto, dos policías en su puerta. La mano del inspector de Policía debía estar detrás de tanta investigación, cuando lo normal es que atiendan llamadas de gente que cree haber visto algo o recibir informaciones variadas; ponen en redes y en prensa la foto y sus datos y a esperar. Ser tan activos no encajaba con nada.
Pasaron unos minutos y abrió el portón discretamente, asomó la cabeza para ver por dónde iban los policías, estaban tres puertas más allá hablando con el vecino con muletas, a la altura de su plaza de aparcamiento de minusválido, no, personas con movilidad reducida, pronto cambiarían el término y le llamarían personas con movilidad divergente.
Comenzó a revisar concienzudamente todo el patio, planta por planta. Debajo de unas hojas había una perla pequeña de color rojo, de plástico. La miró al detalle. Y una imagen le golpeó en la cara. La mujer llevaba un collar de bisutería, con cuentas de colores, pero el collar no se rompió. Una cuenta perdida saltaría con el golpe de la maza. Azar. La guardó en una bolsa y siguió mirando con detalle. Luego se dirigió a donde había caído el cuerpo tras el golpe, en el césped. ¿Habría restos de pelo entre la hierba? ¿Saliva? No sangró, o no vio sangre en el momento. Y en el plástico al envolverla tampoco vio sangre. Saliva sí. Fue a por la azada al arcón de las herramientas de jardín y comenzó a levantar el césped de toda esa zona, con la pala cogía trozos de tierra y hierba y los echaba en un saco. No iba a correr ningún riesgo con eso.
Cuando terminó tenía un pequeño socavón de dos metros por dos de tierra y yerba eliminada. Estaba sudando, mientras contemplaba su obra.
Era la hora de comer, se lavó, se cambió de ropa y vio que el plan de comida de hoy era arroz hervido, huevos fritos y pisto. “¿Otra vez?” Pensó mirando el plan semanal completo, con ciertas dudas.
El sol caía impasible, con la crueldad del hierro que imprime su anagrama sobre el lomo de una res. Desde poco después de amanecer, un fuego sordo y blanco como el luto de Hiroshima se había hecho dueño absoluto del cielo, disolviendo primero cualquier conato de nube para volatilizar después hasta la última gota de humedad del áspero pellejo de la tierra; una tierra delgada, frágil, a duras penas suficiente para cubrir la roca: tierra extendida como un mísero pedazo de mantequilla sobre un mendrugo de pan centenario.
El aire, recalentado, sostenía en vilo el polvo que levantaba los contantes golpes de pico sobre la roca, impidiéndole volver al suelo hasta que lograba adherirse en el rostro y las ropas del condenado.
Sergio jadeaba a causa del esfuerzo, pero no podía detenerse. Llevaba así seis horas y le quedaban aún cuatro más antes de poder regresar a los nudos y asperezas de su cena y su camastro. A veces paraba unos segundos, no más de los justos, para secar el sudor que amenazaba salvar el dique de las cejas para herir los ojos con su aguijón salado.
Tenía las manos destrozadas, cubiertas de ampollas y viejas heridas a medio curar, pero sólo muy de tiempo en tiempo se acomodaba las vendas con que trataba de protegerse las llagas más maltratadas. Sé detenía únicamente cinco minutos cada media hora, a punto de derrumbarse, pero cuando concluía el tiempo de su descanso volvía ponerse en pie para seguir con su tarea.
La roca cedía muy lentamente a los golpes de su pico, más haciéndole una pequeña concesión para que no desmayara que por verdadero triunfo de su esfuerzo.
Sergio llevaba un mes picando y no había conseguido avanzar más que una docena de metros en la enorme mole de piedra que debía desmenuzar. Pero el esfuerzo físico, el trabajo hasta la extenuación, no lograban anular totalmente el pensamiento: una y otra vez volvían a su mente las imágenes de la muerte de Ana, su esposa. Él la había matado.
A veces, incluso en medio de aquel infierno, recordaba también los buenos tiempos, cuando se conocieron. Fueron años inocentes, o al menos merecedores de una absolución por falta de pruebas.
Ella era una chica desgarbada que servía copas en un garito de moda cuando él decidió salir del cascarón académico para tratar de averiguar a qué olía el mundo. Un día, por sorpresa, le asaltó la idea de que los hombres se diferencian de las máquinas en que tienen también una existencia fuera del trabajo que desempeñan y decidió ser solamente uno de los mejores abogados del país en vez de Sergio el Insuperable, futuro Fiscal General, Martillo de Delincuentes y Anatema de Abogados defensores.
Le faltaba sólo un año para finalizar la carrera y sus calificaciones destacaban tanto que nadie podía imaginar un obstáculo capaz de detener su marcha triunfal. Inmune a los vicios, suscitaba todas las admiraciones, aunque muy pocas envidias.
Sin embargo, aquella chica escuálida y feúcha le cautivó de tal modo que, sólo por verla, se unió a un grupo de compañeros suyos, juerguistas por vocación, para los que el estudio no era más que un brillante pretexto para la diversión.
Sus notas descendieron hasta lo que él consideraba míseros notables, pero le pareció que había merecido la pena cuando, contra todo pronóstico, ella le sonrió y le dijo que sí, que le gustaría darse una vuelta con él después de salir del trabajo.
Cuando evocaba esa clase de recuerdos la piedra parecía volverse un poco más blanda, y su pico lograba desprender pedazos de roca ligeramente mayores.
Incluso el sol calentaba menos cuando pensaba en los primeros meses después de su boda, cuando él ya había acabado sus estudios y conseguido, a la primera, una plaza de fiscal. Le destinaron a una pequeña ciudad del Norte y Ana se despidió del dueño del garito, que a partir de ese momento comenzó a perder clientela a pesar de que las camareras eran cada vez más guapas y exuberantes. La chica tenía algo, en la expresión, en la mirada, en la leve negligencia de sus movimientos, y no sólo Sergio lo apreciaba.
En aquella época comían cualquier cosa, tenían la casa como una pocilga y hacían el amor con la furia incontenible de los prisioneros que han recobrado su libertad sin un ápice de arrepentimiento por los delitos cometidos.
Los fines de semana los pasaban en la costa, cogiendo lapas para improvisar una sopa o, simplemente, contemplado las olas los días que el mar no estaba de humor para bañistas.
Al anochecer volvían a casa y escribían cartas, montones de cartas para amigos que hacía años que no veían, o para otros que no habían visto nunca, porque a Ana le gustaba intercambiar postales con gentes de países remotos, participando un poco de su exótica lejanía. A veces, para burlarse de los demás y de ellos mismos, intercambiaban sus papeles y ella escribía a los amigos de él, y viceversa, provocando malentendidos que nunca se molestaban en aclarar.
«Lo malo es que aquellos tiempos no duraron mucho», pensó Sergio, secándose una vez más el sudor con el antebrazo.
La brillantez de que hizo gala en el desempeño de su trabajo, y también un par de golpes de suerte, le hicieron ganar méritos rápidamente y fue trasladado a una bulliciosa ciudad del interior. Allí su vida, sus vidas, debían cambiar: aquella era su oportunidad para acceder a un puesto importante y Sergio no estaba dispuesto a desaprovecharla. Había empezado a tratarse con ciertos personajes políticos y existía la posibilidad de que se acordasen de él para un importante puesto en el Ministerio, o incluso más arriba. A pesar de su juventud, podían nombrarlo incluso fiscal de sala de la Audiencia Nacional, un puesto con el que soñaba desde antes de comenzar la carrera.
Todo eso dependía, por supuesto, de su habilidad en el trato social y de su conocimiento de los laberintos políticos. Para no perder la ocasión y estar a la altura de las circunstancias debían recibir la visita de un montón de gente y la casa tenía que estar presentable: se gastaron una fortuna en mobiliario nuevo y empezaron a ser esclavos de su imagen.
Las salidas de fin de semana fueron abolidas por necesidades del guión: eran los días perfectos para las relaciones sociales, para las visitas y para participar en determinados eventos culturales en los que lo que importaba verdaderamente era lo que se comentaba en los entreactos, o en la tertulia informal de la salida.
Ana no tardó en decirle a su esposo que no le gustaba vivir de aquel modo, que quería volver a disfrutar de las cosas que realmente les hacían felices. Pero Sergio no quiso saber nada de las quejas y la acusó de querer echar a perder su carrera, pretendiendo que todo el mundo fuera tan inconsciente como ella. Ana se dio cuenta de que era inútil seguir con la conversación y prefirió guardar silencio, abrumada por el peso de su descubrimiento: lo único que le hacía verdaderamente feliz a él era seguir ascendiendo por el empinado muro del escalafón judicial.
«Luego vino lo peor», pensó Sergio, regodeándose en el dolor que acababa de producirle una esquirla de piedra que le había golpeado la frente.
Cuando el médico le dijo que no podía quedarse embarazada porque sus ovarios estaban ridículamente subdesarrollados, Ana se terminó de hundir. Durante algún tiempo trató de aferrarse a su marido, pero él estaba demasiado ocupado redactando interrogatorios y conversando con amigos a los que ella debía sonreír. En lugar de recibir consuelo debía ofrecer buena cara, y eso fue demasiado para ella. Sergio intentó ayudarla, pero de su boca no salieron más que las torpes palabras de lo funerales de compromiso.
Al fin y al cabo él también se quedaría sin hijos, pero los hijos tienen la molesta costumbre de exigir tiempo y esfuerzo, y Sergio tenía todo su esfuerzo comprometido en otra causa. Ella pensó que, aunque dijera lo contrario, Sergio se alegraba en el fondo de librarse de aquella carga y se sintió aún más infeliz. Las desgracias compartidas son siempre más tolerables que las desgracias a solas; es una idea miserable, sí, pero así somos y no vale la pena edulcorarlo con mentiras piadosas.
El sol acababa de escapar de una nube suicida que había logrado aprisionarlo unos instantes y golpeaba con renovada fuerza, tratando de recuperar el tiempo perdido en su determinación de abrasarlo todo.
Sergio sudaba a chorros, pero seguía golpeando la piedra con rabia, hiriéndose las manos con el mango de la herramienta, pero todo dolor le parecía poco y seguía picando con todas sus fuerzas hasta que se quedaba sin respiración o caía de bruces sobre la roca.
La noticia de su esterilidad sumergió a Ana en una laguna de tristeza de la que no pudo sacarla el consuelo ni la compañía de las esposas de los amigos de Sergio. Ellas se esforzaron en hacerla sentirse mejor, pero Ana no pertenecía al mundo de aquellas mujeres y se negaba tozudamente a integrarse en con él: ella era una camarera de barrio y ansiaba recuperar su mundo de diversiones poco sofisticadas, copas con poco limón y risas sin la mano delante de la boca.
Intentó hablar de nuevo con Sergio pero él había cambiado de registro. Ella le dijo que no era feliz a su lado, que estaba harta de aparentar ante sus amistades, harta de pasarse la vida haciendo cosas que consideraba estupideces, que odiaba que controlaran su forma de hablar y de vestir. Dijo muchas cosas que él sabía que eran ciertas, y Sergio se limitó a preguntarle si quería el divorcio.
Ana soltó un gemido, se dio la vuelta y se encerró en el dormitorio dando un portazo. Para llorar, supuso él.
Al poco tiempo salió de casa dando otro portazo, y al regresar se abrazó al cuello de su marido, que no se había movido del salón.
—No, no quiero el divorcio— le susurró.
—Pues entonces no te comportes como una chiquilla o no tardaré en quererlo yo— respondió Sergio, aún dolido por el eco de las palabras que había escuchado hacía unos momentos.
Ella sonrió y dijo que iba a darse un baño.
Cuando pasó una hora Sergio se extrañó de que tardara tanto. Llamó a la puerta varias veces pero no respondió nadie.
Sergio tuvo que pedir ayuda a un vecino para derribar la puerta y encontrarse a Ana sumergida en un repugnante líquido rojo.
Se había cortado las venas. Antes de hacerlo, informó al juez de su intención en una lacónica nota: la que fue a echar al correo en su ultima salida.
No hubo preguntas. No hubo problema.
Pero aunque sus amigos trataron de convencerlo de lo contrario, Sergio se procesó a sí mismo y se encontró culpable: compró una finca en las montañas y se condenó a doce años de trabajos forzados.
Nadie pudo impedírselo: cada cual, en sus tierras, tiene derecho a picar toda la piedra que quiera.
Tiene buena pinta el tío. Me cae bien.
Fue uno de los primeros en comprender que la simpatía del autor colabora al éxito de sus obras, incluso en un campo tan obtuso como el de la Física Teórica.
Antes de él, al criminal le gustaba parecer peligroso en las fotos de la policía, el boxeador ponía gesto agresivo, el filósofo reflexionaba ante la cámara y el científico trataba de simular una conexión directa con la divinidad. Pero él no: él parecía la propia divinidad, justo después de una partida de dados, o un vendedor de coches de segunda mano, o el celador de un manicomio. Cualquiera de ellos o todos a la vez.
Quizás por eso consiguió que aceptasen su teoría de que el espacio y el tiempo son dos caras de la misma moneda, intercambiables, maleables, negociables entre sí a velocidades de vértigo. Ni siquiera el gremio de impresores, preocupados por la suerte de su industria de almanaques y calendarios, se opuso a sus tesis con la esperada vehemencia.
Cualquier cosa es verosímil si se presenta con una sonrisa. Desde hace siglos los bufones conocían este truco, pero ningún científico se atrevió antes a bajar de su estrado para utilizar las burlas como apoyo para su palanca.
Él lo consiguió, y desde entonces el pasado y el futuro se confunden según el punto de vista del observador. Y el descrédito, en vez de cebarse en su teoría, cayó sobre nuestra percepción de lo que llamábamos realidad.
Desde entonces los recuerdos son augurios y la anticipación, memoria. Y corren todos juntos, cuesta arriba, en el río de caos.
Es el viento y no el catastro el que en realidad mide los solares. Lo que estorba al viento es lo real, y este método funciona bien en la práctica aunque a primera vista pueda parecer un criterio de realidad dudoso.
Setenta y seis metros por cuarenta y dos. Una buena parcela, incluso descontando las sisas municipales para patios, aceras, farolas y faroles. Más de tres mil metros cuadrados para que el viento haga su ronda sobre los cardos, las piedras y las vacas, cuatro vacas escuálidas y tristonas, que pastan sin nuestro permiso en el terreno mientras el antiguo dueño les encuentra otro acomodo.
Cuando la tierra se convierte en solar se queda estéril. La sal con que se siembra se llama urbanismo y rivaliza con Atila. Los nuevos hunos, en cambio, amamos el césped, que es casi como la hierba, pero bien domesticada. Yo soy uno de estos hunos de nuevo cuño, y me enorgullezco de mostrar urbanizaciones donde antes había pedregales y matojos.
En cuanto al viento, sigue indiferente recorriendo los solares, y nadie le da importancia salvo cuando va vestido de verde. Porque hay veces que el viento se viste de verde, sí.
Verde pistacho y cinturón blanco.
La vi por primera vez una tarde de invierno. Una de esas tardes que parecen haber nacido ya noches y aguantan unas horas disfrazadas de luz. Habíamos vallado el solar y hasta encargado el cartel con el nombre de la promotora y el arquitecto. Las vacas seguían allí y no supe nunca ni cómo ni por dónde habían entrado: ese es el primer efecto colateral de la Relatividad, el de la dimensión desconocida por el que entran las vacas en un solar cuando ningún labrador vive cerca porque el único que había se ha mudado a trescientos kilómetros. Un efecto misterioso, pero no hablaré más de él.
El viento soplaba a ratos, como si marchase al paso de la oca. Era un viento solemne y agresivo. Frío. Demasiado frío. Casi con casco en punta.
Al frente del viento iba ella: una mujer vestida de verde pistacho con un cinturón blanco. O la sombra de una mujer. O una bandera agitada, colgando del propio cielo.
Como no podía ser real la miré con atención en busca de un rostro que no pude encontrar. Vino hacia mí y seguí sin verla. La mancha verde parecía sustentar una cabellera pero ningún rostro.
El escalofrío que sentí no merece descripción. Mi huida tampoco.
Regresé a los diez minutos, avergonzado y con un par de aguardientes en el cuerpo haciendo las veces de bofetadas recién administradas a un histérico, si no como remdio, al menos como escarmiento.
No la vi más aquel día.
Los coches son criaturas omnipresentes que se cuelan en las postales y hasta en las películas de romanos, así que no es extraño que exijan sus cobijos y guaridas en cualquier edificio, y alcen sus voces con fuerza de titanes.
Cuando excavamos el aparcamiento permanecí atento a lo que pudiesen encontrar. No había hablado con nadie del asunto, pero en cuanto hice un par de comentarios todo el mundo pareció darse por enterado de lo que había que buscar entre la tierra movida por las máquinas. El rumor había corrido por sí mismo después de que alguien más viese a la mujer, o a la mancha verde.
Muchos ojos, demasiados, escudriñaron cada cacetada de tierra que vertían las excavadoras. Revisamos, sin reconocerlo, miles de metros cúbicos de pedruscos, tierra y raíces.
No hubo tumba ni hubo nada. No hubo enterramiento clandestino, ni lápida funeraria, ni necrópolis olvidada. No hubo más que barro para cocer cien mil Adanes, pero ni una sola costilla de Eva.
Con eso pensé calmarme, pero volví a verla. Y otros la vieron también, seguramente, a juzgar por las razones que tuve que escuchar para justificar sus deserciones a empresas que pagaban peor que la mía.
Se acabó el aparcamiento y con él la posibilidad de cerrar la historia con una superchería conocida. Las supersticiones reciben sólo este nombre cuando son viejas y repetidas; si son nuevas, se les llama tonterías.
El edificio avanzó a buen ritmo. Las vacas se replegaron a sus posiciones de retaguardia y al viento se le multiplicó el trabajo entre vigas, forjados y columnas. Los tabiques, poco a poco, fueron completando el laberinto.
No había puertas ni ventanas y el viento se divertía por los huecos de los ascensores, las escaleras interiores y los pasillos de las futuras viviendas. A veces yo lo seguía en busca de su cabecilla y a veces creí entrever en un patio o un salón la conocida bandera verde.
A fuerza de no encontrarla, me olvidé poco a poco de su presencia hasta que un día nos encontramos de frente y no pude seguir ignorándola. Era una mujer, o lo parecía, y casi me tendió la mano.
Quise hablarle y tuve la impresión de que ella lo intentó por su parte. Ninguno de los dos lo conseguimos y allí, entre sacos de cemento, vigas, viguetas y azulejos de segunda me convencí para siempre de que el silencio es una entidad real y palpable. Como una pedrada. Como aquel vestido verde con cinturón blanco venido de no sé dónde para decir no sé qué.
Luego se desvaneció.
Y yo, casi, también.
Se puede creer en lo imposible pero no en lo improbable. Es más fácil creen en fantasmas que en la lotería primitiva.
El encuentro de aquel día tuvo para mí el efecto de la espada de Alejandro cortando el nudo Gordiano: por fin podía tomar en serio el asunto sin burlarme de mí mismo. Y cuando algo se convierte en real es como si debutase en el teatro del mundo, cobrando de repente músculos, huesos y tendones. Los nervios ya los ponía yo.
A partir de aquella tarde la mujer de verde fue real. Pregunté a los obreros, a los vigilantes y a los capataces, y como yo era el dueño de la empresa y el primero en preguntar, salieron a relucir las cosas que nunca hubiesen dicho por propia iniciativa.
Muchos otros la habían visto. Muchos otros se la habían encontrado en diferentes lugares y habían tratado de hablar con ella, o de preguntarle si deseaba algo.
El fantasma de la obra se mencionaba sólo en privado, pero al fin era un tema del que se podía hablar abiertamente.
Aquello tampoco era cabal y un día los reuní a todos antes de la hora de salir y dejé claro que habría que negarlo si alguien de fuera preguntaba porque, en caso contrario, el rumor podría perjudicar la venta de los pisos.
Todos acataron mis instrucciones menos el arquitecto, que opinó que cualquier publicidad era un ayuda.
Tuvo razón: cuando vinieron a preguntar los periodistas y respondí con una sonrisa burlona que sólo eran rumores sin fundamento, la noticia corrió con más fuerza y agilidad que todas las páginas contratadas en la prensa y todas las cuñas pagadas en las emisoras locales de radio. Por pudor o por miedo al ridículo no se dieron datos concretos: algo extraño se movía algunas veces por el edificio Sarmentosa. Una luz. Un vapor. Algo.
Supongo que a algunos los echó atrás. Pero otros que nunca se hubieran acercado a nuestra promoción nos conocieron por ese rumor y fueron a ver nuestras viviendas.
Y los pisos se empezaron a vender.
El comisario Martínez no es un tipo al que se le pueda ir con tonterías. Ni siquiera siendo amigo. Cuando fui a verlo para pedirle que me ayudase con este tema casi me da con la puerta en las narices.
Sólo la vieja amistad consiguió que me escuchara los dos minutos que tardé en explicarle que necesitaba su ayuda para la parte estrictamente material y verificable del asunto: quería saber si en los últimos años había desaparecido alguna mujer vestida de verde. Seguramente no era imposible conocer la descripción del atuendo de las mujeres desaparecidas en los últimos años en la ciudad, o la provincia, o la región entera.
No podía ser muy complicado.
Mi expresión, más que mis palabras, debió de parecerle convincente. En la ciudad no había desaparecido nadie que coincidiese con mi descripción en los últimos veinte años. Veinte años me parecieron poco y conseguí hacerle mirar en los archivos de los cincuenta anteriores: tampoco.
En cuanto conseguí picar su curiosidad, el resto vino rodado: no había ninguna descripción parecida a la mía en cien, ni en doscientos kilómetros a la redonda. Ni en veinte, ni en cincuenta, ni en sesenta años.
No había desaparecido ninguna mujer vestida de verde. No estaba enterrada en mi solar. Ni siquiera una víctima de muerte violenta se aproximaba a mi modelo.
No había caso para la policía ni caso para los ocultistas.
No había caso.
Supongo que el fin último de una investigación es despejar el misterio. Y así fue, porque en cuanto investigamos, el misterio se despejó. O teníamos un fantasma en el solar equivocado, porque también los fantasmas pueden extraviarse, o el simple hecho de considerarlo real y tomarnos la molestia de averiguar su pasado había sido suficiente para calmar sus demandas.
En los meses que transcurrieron hasta que se terminó completamente el edificio nadie volvió a ver el vestido verde. Se organizó el laberinto. Se cerró el paso al viento y la luz eléctrica inundó los futuros baños, las futuras cocinas y los futuros dormitorios.
La mujer desapareció al mismo tiempo que apareció la luz y eso fue bastante para que muchos se rieran de los que habían afirmado ver algo. Incluso los propios interesado se rieron de sí mismos.
Muerta la penumbra, muerto el misterio. Una aurora boreal puede tomarse por una lucha de dioses en el Walhalla. La canícula de agosto en Túnez, ya es más difícil de convertir en procesión de difuntos que un bosque gallego en medio de la niebla.
Sólo yo la vi una vez más, en un piso concreto, el cuarto derecha, cuando fui a comprobar si había alguna ventana rota porque unos posibles compradores se habían quejado de que había demasiado frío en aquella vivienda.
No había ninguna ventana mal instalada: el frío era ella.
Por prudencia dejé aquel piso para el final. No quería que alguien lo comprase y hubiese verdaderos problemas antes de que se hubiera vendido el resto.
Quedaban sólo cinco viviendas cuando un día se presento en la oficina una pareja con un niño. Ella iba vestida de verde pistacho y llevaba un cinturón blanco. Les enseñé todos los pisos y todos les parecieron demasiado bajos. Les dije entonces que me quedaba un cuarto y les gustó.
Firmaremos las escrituras en quince días, si el banco les concede la hipoteca.
No puedo culparme de nada, pero no me siento tranquilo.
Es una tontería. No va a pasar nada. Los fantasmas sólo vienen del pasado, ¿verdad?
Sólo del pasado.
La Relatividad sólo se cumple a la velocidad de la luz.
Nadie viaja a la velocidad de la luz vestido de verde pistacho.
Sus ojos eran como telarañas. Bajo la potente luz de los trajes de sus compañeros, parecía que las venas del rostro de Bao estuvieran tatuadas sobre la piel con una enfermiza tinta azul desde el cuello a la frente.
Dejarían a Bao allí sentado en la sala de control. No tenía sentido que salieran de la base con su compañero ciego. Tenían que saber qué había pasado, o al menos en qué situación se encontraban. La base tenía un volumen lo bastante grande como para no preocuparse por el oxígeno, de momento. Pero si no podían volver a poner en funcionamiento los sistemas, tendrían que tomar decisiones difíciles y actuar rápido.
Se despidieron de él con un “en seguida volvemos” antes de dirigirse al módulo de entrada. La pequeña sala de presurización del fondo del módulo estaba abierta. Estaba diseñada para tres personas, y habían decidido salir juntos. Ya dentro de la sala, Chang bajó una palanca junto a la puerta interior para desbloquear el sistema de apertura manual.
El cierre manual de la puerta interior no estaba diseñado precisamente pensando en la ergonomía. Chang intentó girar la manivela con las dos manos, pero no pudo. No podía ser que en unos días hubiera perdido tanta masa muscular, seguía su tabla de ejercicios y debería estar al 95% de su capacidad máxima. Probó de nuevo, esta vez con todas sus fuerzas. Se le encendió la cara como una tea. No había manera.
—Prueba con esto —dijo Li, ofreciéndole una herramienta multiusos del tamaño de un antebrazo de la que había desplegado el cabezal idóneo.
El extremo encajaba en la manivela como un guante. En otra situación, Li le habría hecho alguna broma sexista al respecto, pero en esta ocasión le fruncía el ceño con preocupación. Desplegó una barra del otro extremo para hacer palanca. Estaba en el manual. Era obligatorio llevar esa herramienta en cada salida, y aunque no recordaba ese cabezal concreto, debería habérselo imaginado. Tenía que estar más atento, no podía permitirse desperdiciar sus energías ni arriesgarse a sufrir una lesión por no pensar con rapidez. Lo bueno de haber realizado ya tantas misiones con Li era que con una sencilla mirada y un asentimiento fue suficiente para que ella supiera que estaba al tanto de su error y que intentaría corregirse. Fuera no tendrían esa ventaja. Si había algo que odiaba del traje era no poder contar con ese contacto visual. Le exasperaba hablar con su reflejo curvado en el casco de sus compañeros.
Cerró la compuerta interior. La puerta exterior tenía una pantalla inservible por ventanilla, así que no sabían que se encontrarían fuera. Se colocaron las escafandras y comprobaron los sistemas del traje. No los habían recargado, les quedaban poco más de dos horas de oxígeno. “Cuando esto acabe, seguro que añaden un paso más al protocolo de entrada en la base: recarga de los trajes.” El indicador de riesgo de síndrome de descompresión estaba en naranja, alto pero asumible; seguramente tendrían bajo todavía el nitrógeno corporal por la última salida. Se dieron la señal de OK y activaron la mochila de soporte vital. Estaban forzando los tiempos de los protocolos de salida, o más bien saltándoselos. Esperaba que se le taponaran bruscamente los oídos durante un rato, pero no fue para tanto.
Al contrario que la puerta interior, la exterior se abría siempre de forma manual. De modo que Chang se ajustó la herramienta en el cinto, puso las dos manos en la manivela, y luego miró a Li. Cualquiera diría que ella le veía a través del espejo.
—No le des más vueltas, la decisión ya está tomada. Salimos los dos a la vez. Ninguno de los dos iba a quedarse dentro sin poder hacer nada en caso de problemas —dijo Li.
—Sabes que no es la mejor decisión.
—Pero es la que hemos tomado —zanjó Li.
Chang no estaba de acuerdo, pero no quiso discutir antes con Li. La conocía lo suficiente como para saber que no aceptaría órdenes en una situación así. De todas formas, pensaba que fuera no habría nada que les pudiera dañar. Fuera lo que fuese, ya había pasado. O eso quería pensar. Sí que le preocupaba que más adelante, en una situación realmente crítica, no tuviera forma de convencerla. Tendría que hacer que salieran de ella las decisiones difíciles.
Abrió la compuerta. Li barrió el exterior con los focos de su traje. Nada parecía haber cambiado en el exterior de la base. A la izquierda y a lo lejos, podían vislumbrar el montículo artificial de regolito que cubría el módulo de energía nuclear, y el grueso cable que llegaba hasta la base. En el centro, el extenso valle del crater Daedalus. A la derecha, el radiotelescopio en disposición de funcionamiento para la noche lunar, tal y como lo dejaron en su última salida.
Salieron de la base y cerraron la puerta exterior; el polvo lunar era un incordio, especialmente en el interior de la base. Chang le hizo una señal a Li con la mano para que le siguiera, y se dirigió hacia el montículo andando despacio junto al cable. La luz de sus focos se veía reflejada en el polvo en suspensión, mirara hacia donde mirara. Era su primera noche en la Luna, así que no tenía claro si esa cantidad de polvo era inusual, o era la misma de siempre, magnificada al reflejarse la luz de los focos en la oscuridad.
Por el rabillo del ojo, vio una luz azulada. Se giró bruscamente hacia atrás. Ahí estaba Li, que instintivamente también se giró hacia atrás, gritando por radio un “¡¿Qué?!” que casi le deja sordo. La luz ya no estaba. No había nada raro. Sólo el cable que llegaba por el suelo hasta la colina de regolito que ocultaba y protegía la base.
—Nada. Me pareció ver una luz azul detrás. Serían tus focos.
—Maldita sea, Chang, no me des estos sustos.
Siguió andando, pero pronto volvió a ver lo mismo. Se detuvo. Esta vez dirigió sus mirada hacia la izquierda sin mover la cabeza. Había una luz azulada. Estaba seguro. Eran los focos los que le impedían verla con claridad. Apagó sus luces y le indicó con la mano a Li que hiciera lo mismo.
Giraron sobre sí mismos, mirando asombrados a su alrededor. Era algo precioso, casi mágico. La base, el cable, el módulo de energía, el radiotelescopio, y hasta ellos mismos tenían una especie de tenue aura azulada. Agitó la mano delante del cristal de su casco y pudo ver como el aura la acompañaba, dejando una leve estela en su retina.
—Qué pasada, Chang. ¿Crees que esta cosa tan bonita nos habrá fundido los sistemas?
—No lo sé. Si tuviera que aventurar una hipótesis, diría que ha habido una descarga eléctrica y de alguna manera la carga residual produce esta luz. Tenemos que comprobar el módulo de energía nuclear.
—Tiene sentido. Lo de Bao parecían quemaduras eléctricas superficiales. Como si le hubiera atravesado un rayo. Pobre diablo. Me cae como el culo, pero no se merecía eso. No me jodas —dijo señalando la parte alta de la base, cerca de la cima de la colina—, ¿eso es lo que creo que es?
—Mierda, sí, Li. Tenemos fugas de aire en las claraboyas. Hay que darse prisa.
Con la vista acostumbrada, ni siquiera encendió las luces. Retomó el camino, esta vez dando grandes saltos. Li le siguió sin titubear un segundo. Si no se daban prisa en reactivar el soporte vital, Bao podría morir. “Es culpa mía. No hago más que cagarla. No es que tuviéramos el nitrógeno bajo, es que la presión en la base era más baja de lo normal. Debía haberme dado cuenta. Eso me pasa por mirar los malditos indicadores para torpes. Por no haber revisado los niveles individuales.” Llegaron por fin al módulo de energía nuclear y lo rodearon hasta alcanzar la puerta. Pintaba muy mal. Cerró los ojos y encendió sus focos, deseando encontrarse otra cosa al abrirlos. Pero cuando los abrió y se acomodó a la luz, la realidad le golpeó con fuerza. La puerta estaba completamente chamuscada. Ennegrecida y deformada en los bordes. Sellada.
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Iban de vuelta a la base, no había tiempo que perder. Li iba delante. No habían conseguido abrir la puerta de ninguna manera. Chang, con las lágrimas saltadas por la impotencia, la había maldecido y golpeado como un niño hasta que Li le puso la mano en el hombro y le dijo lo que había que hacer. Si no llevara el traje no habría sido una mano en el hombro, sino una bofetada.
Tenían que ayudar a Bao. Y tenían que sellar las fugas ya. Desconocían la magnitud del problema; solo habían visto lo que parecían ser chorros de aire perturbando el aura azul que cubría la base. Sin fugas, la base tendría oxígeno como para que todos sobrevivieran tres o cuatro días. Pero no sabían cuánto tiempo estaban perdiendo por cada minuto que pasaba. “Cuánto tie mpo hemos perdido por mi culpa ¿Minutos?¿Horas quizás?¡¿Días?!
Cerca de la puerta de la base, se separó de Li. Ella entraría a ayudar a Bao mientras él subía a sellar las claraboyas. Casi la pifia otra vez; intentando subir por el camino más corto, por poco no resbala en el regolito apelmazado de la colina. Se dirigió a los escalones de uno de los laterales. Cuando llegó arriba, apagó las luces. La luz azul era más tenue ahora, pero pudo ver discontinuidades en dos de las tres claraboyas. Se dirigió a la primera y cerró la escotilla de metal. Cuando se agachó sobre la segunda, se detuvo. A través del cristal, podía ver a Bao en la sala de control, iluminado por las luces de Li. Sus brazos estaban tendidos en la mesa, y su cabeza recostada de lado sobre los controles. Li se llevó las manos a la cabeza y se dejó caer de rodillas. Bao estaba muerto, y sin embargo seguía saliendo aire a través del cristal de la claraboya. “Claro. Hasta ciego lo has visto mejor que yo. Tu sacrificio te honra. Ahora me toca a mí.”
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Miró hacia atrás otra vez, aunque sabía que no vería nada. El polvo lunar que levantaba el rover reflejaba las luces de su casco; era una niebla impenetrable que le alejaba del pasado, una niebla que borraría sus errores, y una vez disipada, dejaría ver su verdadera huella. Detuvo el rover. Ya había terminado. Espiró por última vez, se quitó el casco, y lo lanzó con todas sus fuerzas. Sonrió. Seguía sorprendiéndose de lo lejos que podía lanzar las cosas allí. O2. Deseó poder ver su obra desde el espacio. ¿La dejarían allí para la posteridad, como la huella de Buzz Aldrin? Le recordarían como un héroe, eso seguro. En ese momento, al dolor que empezaba a notar se le unió uno más punzante. Quiso tomar aire, y el pánico de su falta se vio incrementado por la incertidumbre de la duda. ¿Había hecho lo correcto? Se sintió el mayor egoísta por acabar de aquella forma. Él no tendría que vivir cargando con la muerte de sus compañeros. “Perdóname, Li.”
El gran "monolito", por Ludovic Celle (BY-NC-SA)
Thuilr miraba el horizonte. Tenía que descubrir de donde surgía aquel resplandor dorado que llevaba toda la mañana molestándole.
Además, estaba aquella música melancólica que no paraba de sonar. Desde hace varios días sentía como si estuviera siendo controlado: oía sus propios pensamientos en voz alta, luces y sonidos surgían de todas partes y, a veces, escuchaba largas descripciones sobre el paisaje.
—¿Mundo? ¡Escúchame! No voy a permitir que me controles.
Continuó cabalgando. Ahora que lo pensaba no recordaba cuando había sido de otra manera, sin escuchar aquellas voces...
—Eh... espera, espera... ¿Cómo que nunca he vivido de otra manera? Claro que he vivido de otra manera... —pero su protesta fue apagándose poco a poco cuando descubrió que se equivocaba.
—¿Qué dices? —continuó—. ¿Qué yo me equivoco? Estás haciendo trampa, me estás diciendo lo que tengo que pensar.
«Es posible que esté haciendo trampa, para algo soy el Narrador. Yo existo, tú no existes. No me quieras decir cómo tengo que escribir este cuento».
—¿Pero cómo va a ser eso posible? ¿Y mis derechos? ¡O sea que eras TÚ el que hace que todo esté tan excesivamente descrito, cuando no hace falta! ¡Pues que sepas que tienes un gusto pésimo!
A Thuilr le empezó a dar vueltas la cabeza. Decididamente, los tragos de ron que se había tomado con los bandidos a los que había ayudado a escapar no ayudaban en nada.
—¡Difamación! Puede que me dé vueltas la cabeza, ¡pero es por tu culpa, voz fantasmal! Y que conste que yo no les ayudé... sino que...
Con un suspiró, cayó al suelo, totalmente borracho. No se movió de ahí durante un buen rato.
Así que ese es su juego, quiere controlarme, pero no lo va a conseguir. Pero le seguiré la corriente y averiguaré cómo devolverle la jugada.
Thuilr despertó a la mañana siguiente todavía con resaca y algo confuso, pero al no escuchar voces extrañas (que habían sido producto, indudablemente, de la borrachera) su ánimo mejoró. Se mantuvo callado y cabalgó con su poni (¿Cómo que un poni? ¡Me costó mucho dinero este caballo!) con su caballo hasta aproximarse a aquel resplandor que había visto el día anterior.
Era una gigantesca roca amarilla con forma de monolito. No amarillo pálido, ni dorado, como aparentaba desde lejos, sino un amarillo chillón difícil de soportar a la vista. A la derecha del enorme monolito había un frondoso bosque. A la izquierda, un enorme cañón desértico.
Tenía que elegir.
—Pues no sé tú, pero yo me quedo aquí a comer, que estoy cansado.
«Tienes que continuar, si no, el cuento se queda estancado. Además, ¿A quién le importa que tú comas? Luego me dirás que tienes que hacer —ejem— otras cosas».
—Pues claro, ¿quieres que tenga estreñimiento? En estos lugares no se puede permitir.
«No seas mal personaje y continua andando».
—No. —dijo el muy terco de Thuilr—. ¿Terco, eh?, pues que sepas que no te voy a hacer caso.
«Narrador narrándose a sí mismo (con voz fría): Tienes que saber una cosa. Si ahora presiono una cosa que "aquí afuera" llamamos "tecla escape", sabrás por seguro que no seguirás existiendo. Es más, es como si nunca hubieras existido».
—Curioso. Tú también tienes voz narradora.
«Narrador narrándose así mismo (temeroso): ¿Yo? ¿Cómo? —el Narrador estaba perplejo».
«Narrador cada vez más atemorizado: No, yo no tengo voz narradora»
—Sí, la tienes, la estoy escuchando todo el rato. Al parecer tienes miedo. ¿Qué es lo que temes?
«Narrador pensando: "¿Qué es lo que temo?" ¡Yo no puedo estar siendo narrado! ¡Me convertiré en un personaje también!»
—Diría que dentro de poco te vas a materializar aquí dentro, en el relato. No puedo esperar a echarte la mano encima.
«El Narrador notó como lo que decía Thuilr se iba haciendo cierto. ¡Pronto dejaría incluso de tener una tipografía diferenciada!».
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—Hola —dijo Thuilr—. Tumbémonos sobre el césped y charlemos tranquilamente, Narrador. —El tono que se desprendía de sus palabras era venenoso y cortante.
—¡Ja! —continuó Thuilr—. Este Narrador tiene más estilo que tú. ¿Te ves ya completamente ficticio, eh?
—Eh... —dijo el Narrador—. Esto no puede estar pasando. Yo estaba escribiendo este cuento. ¿Quién lo escribe ahora?
—Quién sabe. —Y, agarrándolo de la sucia chaqueta (al parecer el Narrador se había caído y su camisa se había llenado del polvo del camino), le llevó a rastras hasta el monolito.
—¿Qué significa esto? Como Narrador tienes que saberlo.
—Es que... todavía no lo había pensado. La trama no estaba desarrollada.
—No me mientas. Después de escuchar todas tus descripciones ridículas del paisaje, sé que tenías algo preparado. ¡Por el amor de todas las criaturas de Ra, si incluso cuando pasamos aquellos pedruscos hace tres días, no dejabas de repetir que podían ser ruinas antiquísimas de los demonios de nosequé Imperio!
—Está bien, está bien. Te contaré lo que sé, pero suéltame la camisa, ¿está claro? Además, quiero que quede constancia de que soy un ser superior que tú, aunque esté atrapado aq... argghh...
—Como sigas con ese discurso ridículo, te estrangulo aquí mismo. Para todas las desgracias que me has hecho pasar, hubiese sido mejor que no me hubieses creado, o sea que no lo vuelvas a mencionar.
—De acuerdo. Veamos. Si mal no recuerdo, estaba describiendo el paisaje, antes de que decidieras pararte a comer. Era importante la prisa, puesto que tiene que haber algún acontecimiento crucial que tú fueras a evitar. Aunque dudo que realmente puedas resolver nada, pareces muy enclenque. Luego desentrañarías el misterio del monolito.
—¡Uhh! Que grandilocuente. Lo veo incluso con letras rojas en un cartel de cine: "EL MISTERIO DEL MONOLITO". Pues bien amigo Narrador, que quede claro que no hay ninguna raza antigua durmiendo en el subsuelo. Además este "monolito" no es más que tu corriente exageración de las cosas. A mí me parece un termitero, un poco grande, pero podría pasar por un termitero. Mmm, mmm...
—... un termitero... un termitero... Ha dicho...un termitero... ha dicho que el Monolito construida por la antigua raza Thain de osos polares gigantes era un termitero... increíble... no puede ser... un termitero...
—Calma amigo. Parece que te ha dado un ataque nervioso. Además ¿qué es eso de la raza Thain? No eres nada original con los nombres. Yo me llamo Thuilr. Significa "diente de dragón". La raza Thain de la que hablas te la acabas de inventar. ¡Por favor! Osos polares... a estas latitudes. Te está afectando eso de entrar en la ficción. ¿Qué dices? ¿Nos movemos? Parece que aquellos arbustos tienen bayas y parecen comestibles. ¿Y dónde está el Metanarrador? Hace tiempo que sólo hablamos en diálogo y es un poco cansado.
—¿Ese? ¿El que hasta hace un momento era yo? Pues espero que se le caigan las teclas del portátil y deje de escribir, así nos deja tranquilos.
«La voz del Metanarrador se escucha desde la distancia; le escuchan todos, oye todo y nada le afecta: Moriríais».
—¡Ja! Mira como se cura en salud. No quiere que le pase lo que a ti.
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«Una extraña urgencia se apodera de ellos. Recogen las bayas y sus pertenencias. En silencio, se ponen en camino. Tienen que descubrir lo que significan las extrañas inscripciones que hay en el monolito (que habrían visto si no hubieran estado discutiendo inútilmente y se hubieran acercado a mirar).
El misterio del paisaje cobra relevancia para ellos. Después de una tensa discusión, el Narrador consigue hacer entender a Thuilr que es mejor tomar el camino del cañón, que conduce a una extensa llanura, salpicada de protuberancias similares al extraño Monolito que acaban de abandonar. Cabalgan hacia el cañón. Notan como no sólo cambia el suelo, también lo notan en los huesos: el paso del tiempo es diferente, más pesado, más tétrico».
«Después de un tiempo, deciden parar. A lo lejos se percibe una enorme formación rocosa de color rojo».
Imagen II: El gran "monolito", por batjorge. (CC-BY-NC-SA)
—Mira, allí hay un Monolito mucho mayor.
—A ver, un momento, pensemos con claridad. Que el Metanarrador sienta simpatía por ti y te apoye no significa que de repente hayan aparecido Monolitos por todas partes. Son termiteros.
—¿Quieres hacer el favor de mirar? Parece que no tienes ojos en la cara, oh, señor "diente de dragón".
—Estás resentido por lo de tu inexistente raza de osos polares.
—No es cierto. Sólo tienes que mirar a lo lejos. Quizás no fueran osos polares, está bien, puede que me precipitara, pero seguro que eran bastante grandes, no sé si gigantes pero lo suficiente para construir ESO.
«Thuilr por fin miró hacia donde el Narrador le indicaba. Su cara de asombro fue digna de contemplar».
—Os reís de mí, pero si no estuviese yo no tendrías personajes. Pregúntale a cualquiera que puedes hacer en un cuento con un Narrador y un Metanarrador. ¡Nada! ¡YO muevo el relato! Y, vale, a veces creáis alucinaciones bastante convincentes. Pero por más que digáis que eso es un monolito construido por no se que raza, a mí me parece una formación rocosa natural.
«Después de las habituales quejas de Thuilr, los dos se pusieron en camino. Nada más llegar a la base de la impresionante formación rocosa, les recibió un ser delgado con aspecto animal, pero rasgos risueños».
—Han llegado al Monolito Grande. Aquí pueden escuchar todo lo que necesiten saber sobre los monolitos de esta parte del continente. —Al ver la desconcertada cara de los que asumió como turistas despistados, procedió a iniciar la visita—. Este monumento fue construido hace 500 o 600 millones de años por una raza desconocida, aunque creemos que tenían un aspecto parecido a osos de color blanco y bastante envergadura...—Si me acompañan podrán observar los intrincados túneles que construyeron para... —se detuvo al ver que Thuilr sacaba algo de una bolsa.
—Guarde eso —De repente su tono amistoso de guía turístico desapareció—. Las fotografías están prohibidas.
—¿Pero qué haces con una cámara digital? —le recriminaba el Narrador—. ¿Thuilr, "diente de dragón", con una cámara digital? ¿No ves que es un anacronismo? Como mucho tendrías que tener una cámara fija o analógica...
—¿Y porqué no iba a tener una cámara de fotos digital? Nunca has dicho en que época se encontraba enmarcado el relato. Es tu culpa si pensabas que era en 1940 o así.
—Pero... pero... el ambiente... la narración... los bandidos, el ron, el cañón... todo eso desprende un aura de antigüedad, tiempos lejanos, lugares remotos...
—Venga ya.
—Tenías un caballo. Nadie va a caballo ahora.
—Tú me querías endosar un poni. Eso sí que es romper con el "aura" de antigüedad. ¡Un poni! —se dirigió al humanoide—. Perdone, señor. ¿Porqué no puedo hacer fotos? No me irá a decir que el flash estropea la roca, porque está cámara tiene sensores que hacen innecesario el uso de flash incluso con muy poca luz.
—¡Alto ahí! —dijo el Narrador—. ¿Innecesario el uso de flash? Estoy de acuerdo que no esté ambientado este relato en el S. XIX, pero no te pases de listo, ni de siglo.
—Creo que tú aquí ya no eres el Narrador ¿recuerdas? Además, el Metanarrador no parece poner objeciones.
«El assyntu, que así se llamaba la especie humanoide con rasgos animales, los miraba desconcertado. Normalmente las visitas que recibía eran de otros essuntu [plural de assyntu], ansiosos por conocer la historia de sus antepasados y de los misteriosos Thain. Pero en las ocasiones en las que tenía que dar su charla a seres cara-tiesas siempre había problemas. Aún así, ninguno de ellos era tan ridículo como la pareja de forasteros que acababa de llegar, chillándose por todo. El assyntu decidió ignorar las excentricidades de los cara-tiesas y contestar directamente a la pregunta del más delgaducho de ellos».
—Esos aparatos capturan el alma de los sitios y según nuestra re-...
—A ver, señor-guía-turístico, he visto que hay cámaras de seguridad por todos lados. Los monolitos pequeños (y tengo que dejar claro mi opinión: son termiteros) también los tienen, pero es que ¡incluso los cactus tienen agujeros para las cámaras de seguridad! Perdona, pero no me creo eso de que es por respetar las tradiciones sagradas.
—Señor, la política del parque me impide hablar del asunto. No están permitidas las fotografías. Como les iba diciendo, los túneles fueron excavados hace más de 400 millones de años, siguiendo un complicado patrón para conectar las diversas e inmensas salas que recorren el monolito...
—¿Dijo usted que fueron unos osos de color blanco los que lo construyeron?
—Sí, ellos decían que era para entrar en lo que conocían como el Tiempo No-ficticio. Querían llegar a él, puesto que según ellos, el estado normal de todo esto —hizo un gesto con los brazos, queriendo indicar el mundo—, era la no-ficción.
—Narrador, al parecer tu introducción en la historia ha variado totalmente el desarrollo normal e introducido elementos completamente ajenos.
—¿Porqué has dicho eso? Suena como si lo hubiese dicho el Metanarrador a través de ti...
—Conque parque turístico ¿eh? ¿Dónde está tu "MISTERIO DEL MONOLITO" ahora? —le reprochó Thuirl, olvidando totalmente lo que le acababa de decir el Narrador—. Este cuento ya no tiene sentido.
—Señor turista cara-tiesa—se percibía que el assyntu estaba fuera de sus casillas, pues utilizar ese adjetivo despectivo delante de los visitantes era algo poco común—, esto no es un parque "turístico". Este el parque natural y etnográfico essuntu del mítico Tiempo de la No-Ficción y del estudio de los Thain, quiénes eran y adónde fueron. También estudiamos a nuestros propios antepasados essuntu. No diga que no tiene sentido. Este mismo año se ha descubiert...—calló repentinamente, con aire culpable—. Bueno, nuestro trabajo es muy importante, pero no creo que sea de vuestra incumbencia.
—Venga, ahora tienes que decírnoslo. Narrador, ¿puedes obligarle de alguna manera? —añadió en un susurro, para que el assyntu no le oyera.
—Ya no soy el narrador, tú mismo lo dijiste. —le contestó, en el mismo tono—. Lo más que podemos hacer es influenciar en el Metanarrador para que nos diga lo que queremos a través del assyntu.
—Perdone, señor... ¿Cómo se llama usted?
—Mindassanya.
—Señor Mindassanya, yo me llamo Thuilr, expreso mis disculpas por nuestra grosería. Si fuera tan amable de explicarnos todo lo que tengamos que saber acerca de este monumento...
—Thuilr, ese es un cambio notable. Disculpas aceptadas.
—(psst, Thuilr, ¿te has dado cuenta?, ¡lo ha vuelto a hacer, eso no ha sonado nada natural!)—susurró el Narrador—.
—Como iba diciendo, existen numerosas salas y pasadizos en el interior del enorme monolito. Cada sala tiene su función y pensamos que se trata de una gigantesca nave espacial.
—(¡Resopla!).
—(Vamos a ver, ahora no me salgas arcaico, tienes que ceñirte a una época concreta).
—Aunque de un tipo algo especial: pensaban en ella como una nave abstracta que les serviría para retornar al Tiempo de la No-Ficción. Nuestro último descubrimiento muestra que es posible que lo consiguieran.
«Y ese es el origen verdadero de los osos polares».
—¿Quién ha dicho eso? —dijo Mindassanya.
—Es largo de explicar —repuso el Narrador.
«Con amables palabras se despidieron de Mindassanya y atravesaron de nuevo la llanura y el cañón, volviéndose a encontrar con el primer monolito que indicaba el límite del parque natural. Se acercaron al monolito, grabado en él ponía...»
—¡Ey, mira! Pone ©Copyright Osos Polares Gigantes AKA Thain. Realmente tú y el Metanarrador no tenéis mucha imaginación.
—Olvídalo, vamos a ayudar a aquellos comerciantes a los que vapuleaste.
—¡Eran comerciantes! ¡Me hiciste pensar que eran bandidos!
—Jaja, es broma. Eran bandidos.
«... ... ...»
—¿Qué ha sido eso? —dijo Thuirl.
—Mmm, no lo sé. Parecían como tres grupos de puntos suspensivos flotando por encima de nosotros.
« »
—Se escucha un vacío muy incómodo, ¿Verdad, Narrador?
—Ahora que lo dices, el Metanarrador parece que se ha quedado callado durante un buen rato. Al principio pensaba que no quería asustar al assyntu, luego le asustó y después nos ha traído aquí y ahora no dice nada.
«Nrghh. Nghh»
—¡Qué ruidos más raros hace!
—Creo que ya sé lo que pasa. —dijo el Narrador.
—¿Qué? —la tensión volvió debido al nuevo misterio, después de descubrir todo lo concerniente a los monolitos.
—Al Metanarrador se le está acabando la batería del portátil o...
—¿O?
—Va siendo hora de que vuelva a ocupar su lugar.
—¡Ah!, ya. Sólo espero que no seas tan malintencionado con tus personajes.
—¿Cómo? ¿No quieres venir conmigo? Al "Tiempo de la No-Ficción".
—¿Puede hacerse?
—Hay que hacerlo con cuidado, si no fíjate en los pobres Thain, como acabaron, marginados a los polos por interferir en la causalidad del espacio-tiempo. Prepárate, vamos al Tiempo de la No-Ficción.
—Vamos allá.
«Hay que decir que luego llovió mucho. Los bandidos se recuperaron de sus heridas. Los dobles de Thuirl y los personajes bajo el yugo del Narrador (y el Metanarrador) tuvieron mayor poder de decisión en sus obras; se evitó que la Realidad se fuera al traste impidiendo la salida de nuevos elementos ficticios hacia el Tiempo de la No-Ficción.
Actualmente Mindassanya sigue investigando en las ruinas del Monolito Grande y es un prestigioso arqueólogo. Thuirl (o al menos otra versión suya) vagó por las llanuras, montado en su caballo y disfrutando de las excelentes fotografías y vídeos de una cámara adelantada a su tiempo».
FIN
Diferentes inspiraciones:
Fecha de primera escritura: 13 mayo 2012. Revisiones: 2016, 2019.
¿Habéis visto alguna vez una mariposa posada sobre el cuerno de una vaca? ¿La habéis visto desplegar suavemente sus alas mientras la vaca rumia indolente su heno?
Así era ella vendiendo castañas asadas en aquel chiringuito con forma de locomotora, en pleno auge de las fiestas navideñas, cuando el frío apretaba y apetecía, más que las castañas, el calor que desprendían. Cuanto más hermosa parecía, más ridícula resultaba la locomotora de hojalata, más grotesco el montón de periódicos viejos en usaba como envoltorios y más sucio el hollín.
Nunca supe si era la hija del dueño o sólo una empleada de paso, o si se trataba de una niña bien jugando a pagarse por una vez el curso de idiomas en el extranjero. Tampoco sé de dónde vino ni qué fue de ella después de aquella única navidad. Me hubiese gustado preguntárselo, pero nunca me atreví, quizás por no convertirla en realidad. Preguntarle por su vida hubiese sido como abrir voluntariamente los ojos en medio de un buen sueño, y nadie hace tal cosa. No me culpen.
No llegué a saber nada de ella. En alguna conversación informal, como por casualidad, me enteré de que hubo más gente que trató de conocer algún dato más sobre ella, pero no logramos averiguar más que su nombre y un par de vaguedades apócrifas, como que venía del norte y se alojaba en casa de un anciano con acento extranjero.
Al final, mis pesquisas se tuvieron que conformar con el magro resultado de que se llamaba Cristina, pero aunque han pasado los años, casi veinte, y nunca volví a verla, a veces la recuerdo todavía como el que ha visto a un ángel o ha asistido a un prodigio capaz de hacerle cambiar su concepto y su visión de las cosas.
Y quizás haya algo de eso, porque cuando la recuerdo, casi sin rostro, con una coleta larga y brillante que bien podría haber sido una aureola desplegada,tengo la extravagante impresión de haber sido uno de los pocos privilegiados a los que les ha permitido contemplar de cerca una razón par no detestar este mundo y esta época que nos ha tocado vivir.
Aquella muchacha era la imagen viva de la alegría; su sola presencia era una especie de gozo capaz de la paradoja de alegrar cualquier día y a la vez ransmitir a los hombres una especie de tristeza desasosegante: era imposible mirarla sin tener la sensación de que cualquier vida lejos de ella era una vida malgastada.
Nadie conoce el mecanismo que rige la creación de los recuerdos, ni por qué razón nos quedamos para siempre con el nombre de una marca de caramelos mientras el rostro de nuestra abuela se difumina poco a poco. Algo así me pasa con ella, porque por más que lo intento ya no soy capaz de verla detrás de aquel mostrador desgastado, sino caminando junto a la catedral, al atardecer, con un estuche debajo del brazo. Siempre deseé seguirla, con la esperanza de ver salir un clarinete o una flauta travesera de aquella caja negra, pero nunca me atreví a tanto. Y no fue por temor a que ella me viera o por lo que podría pensar de mí, sino por lo que yo podría pensar de ella: cuando después de meses enteros de zozobras se alcanza el equilibrio emocional a fuerza de sangre, hay que tratarlo con mimo y no tentar a la imaginación. Quizás fuera por eso, por el momento en que la conocía, por lo que se fijó de tal modo en mi memoria. Seguramente han oído hablar ya de muchos casos de divorcio, y de cómo las promesas de amor se convierten en declaraciones de guerra, guerra total, sin prisioneros, donde lo que más interesa no es acabar con el enemigo, sino causarle heridos y mutilados que atesten sus hospitales, aterroricen a sus civiles y entorpezcan sus movimientos.
No les aburriré con mi historia, ni expondré a su juicio mis razones ni las de mi exesposa: se lo cuento sólo para que entiendan cual era mi estado emocional y sean un poco comprensivos con esta pequeña obsesión que aún me persigue.
Entonces, se lo aseguro, aquella muchacha era para mí como una aparición celestial, o al menos ese era el efecto que me causaba. Traté de reírme, pero pronto comprendí que no había necesidad; si funcionaba contra la violencia y la ansiedad, era buena. Y funcionaba.
A eso de las nueve y media, cuando sabía que cerrarían el chiringuito, me daba una vuelta por la calle peatonal para verla alejarse. La miraba siempre a cierta distancia, en esa perspectiva que buscan los pintores para representar la perfección. La seguía con la vista hasta verla desaparecer entre la muchedumbre, o tras alguna esquina, sin llegar a saber si iba al conservatorio a interpretar a Bach o a un garaje a ensayar un concierto con sus compañeros de grupo rockero.
La imagen de la esperanza es para mí la de una persona joven con un instrumento musical, pero ella no era sólo esperanza: parecía guardar en aquel estuche el último aliento de los disparates infantiles, la solución al laberinto que lleva desde lo que uno es en realidad a lo que quiso ser siempre, sin saberlo. Cuando caminaba por la calle parecía llevar en torno suyo algo como un vapor incierto del que emergiesen imágenes sin contorno, difusas, escapadas de un espejo empañado por el tiempo. Cuando la veía dirigirse hacia el paseo, no era sólo una muchacha caminando por la playa, sino el paso de cualquier belleza por el mundo, liviana y pasajera: realidad convertida en alegoría.
Recuerdo una ocasión en que había menos gente que de costumbre haciendo cola frente al chiringuito y llegó el dueño, un tipo gordo y calvo. Ella dijo que iba a no sé dónde rápido y comenzó z quitarse allí mismo el mandilón negro para ponerse el abrigo. Era un gesto totalmente normal, pero me sorprendí a mí mismo más pendiente de sus gestos que de su cuerpo, reconociendo, y por primera vez no sólo con la mente, que es más gratificante encontrar armonía que deseo. Luego la vi alejarse y cuando me di cuenta de que la estaba mirando con demasiado descaro traté de volver a la realidad de aquella pobre locomotora falsa que sólo asaba castañas, pero los demás, los otros tres o cuatro clientes que esperaban, miraban en la misma dirección que yo.
En ese mismo sentido, aún guardo otro recuerdo de ella. Fue la tarde del día de Nochebuena, de risas y familias paseando bajo el frío. Aquella tarde hacía demasiado frío para pensar en otra cosa que no fuese taparse la nariz y guardar las manos en los bolsillos.
Media docena de transeúntes hacíamos cola para surtirnos de castañas asadas y alguien, un hombre ni demasiado joven ni demasiado viejo, un hombre que podría englobarlos a todos en la indefinición de sus rasgos, le dijo una procacidad a la muchacha. Ella ni siquiera se inmutó. Se limitó a envolver las castañas en una hoja de periódico y a esperar el pago. Pero los demás lo debimos mirar de tal modo que el hombre se retiró a toda prisa, mirando al suelo, sin recoger siquiera lo que había pedido.
Lo habíamos sorprendido escupiendo en la pila del agua bendita.
- Así que esto es la muerte...
+ Pues sí, Pedro, hasta aquí has llegado
- Es extraña, no se siente nada
+ Tu alma se ha separado de tu cuerpo, no puedes sentir nada, no puedes comunicarte con nada ni con nadie, porque no tienes un cuerpo para hacerlo
- Pero esto es una situación muy cruel, ¿sólo puedo hablar contigo?
+ Sólo puedes hablar con tu imaginación, con nadie más. Yo te voy a dar la bienvenida en estos primeros momentos de tu muerte, y explicar tu futuro
- Pues vaya. Me volveré loco, solo toda la eternidad
+ No, esto es temporal, hasta que se te asigne un nuevo destino y te reencarnes
- ¿Volveré a ser otra persona?
+ No exactamente, puedes reencarnarte en una planta o un animal
- Joder, pues no tiene que ser aburrido reencarnarte en una planta
+ Bueno, si te reencarnas en un roble milenario... pues sí, hay que reconocer que se hace largo. Pero si te reencarnas en una lechuga, en un par de meses vuelves por aquí.
- Visto así... ¿y se sabe en qué me voy a reencarnar?
+Sí, en tu caso se trata de una gallina.
- Anda, no me jodas, en una gallina... ¿Y qué se supone que tengo que hacer? ¿Cacarear?
+ Las gallinas ponen huevos, son muy útiles
- Jeje, voy a tener una regla de esas que dicen los veganos, espero que no me viole el gallo, jejje
+ Bueno, pues sí, te vas a pasar la vida picoteando paredes y poniendo huevos
- ¿Y cómo se hace para poner un huevo?
+ Es fácil, sólo tienes que hacer fuerzas y empujar
- ¿Hacer fuerzas y empujar? ¿Así?
+ Sí, empuja, empuja fuerte
- Mmmm.... empujo... uffff...
+ Sigue, empuja...
- MMMMM... YA SALE!!!!!
+ ...
+ ...
+ ...
+ MIERDA, PEDRO, DESPIERTA, HOSTIAS, QUE TE ESTÁS CAGANDO EN LA CAMA!!!!!!
Son las siete de la tarde. Solo las siete, y ya es de noche.
Las luces de los SUVs eléctricos me ciegan mientras, con paso fúnebre, agarro un carrito de la entrada.
Entro en el supermercado y lo primero que observo son las caras demacradas de los cajeros. Con esos chalecos verdes parecen un árbol de Navidad chino. Huele a muerte, hiede a desolación.
Recorro los pasillos con el móvil en la mano. Voy clickando los checkboxes de la lista mientras esquivo los carritos de otros parias de la tierra. Ropas harapientas, ojos inyectados en sangre, gruesas bolsas bajo los ojos.
Seres apolillados con el pelo grasiento, otros calvos y macilentos, pieles amarillentas y sin lustre. Como la bandeja de pollo en oferta. La cojo.
Pienso que debe ser un sueño mientras observo esas cáscaras vacías coger el huevo hilado. Miro mi carro, solo veo disruptores endocrinos y ultraprocesados para hacer en la freidora de aire. Estoy derrotado. Capitan, es martes.
Observo mi reflejo en el cristal de los guisantes congelados. No me reconozco, apenas un mendigo. No recuerdo en que momento bajé los brazos ante la vida. Me pregunto cuántos de nosotros no estaremos incubando un cáncer, cuántos ya con metástasis. Como decía Lorca: la muerte puso huevos en la herida.
Pago y salgo. El viento frío me trae el aroma de la fábrica de perfumes. Aire químico que te destroza los pulmones para que algún burgués huela bien. Observo la columna de humo, apenas perceptible en la negrura de la noche.
Son las siete y media. Solo las siete.
Esta frase la dije justo antes de que me operaran los cirujanos del hospital Reina Sofía, me iban a implantar unas piernas biónicas de última generación, cómo las de Ironman. Según los médicos era una operación arriesgada por eso estuve meses pensando una frase guapa que decir antes de entrar al quirófano, por si tendría que ir cómo el doctor Xavier de los X-men el resto de mi vida. A lo lejos había unos perroflautas, me escucharon y el resto es historia.
- Jose Juan Martínez Abalos (Murcia, 2012)
Fue el slogan que se nos ocurrió para el videojuego de estrategia Age of Empires.
-Bruce Shelley (Michigan, 1997)
Aún sigo pensando que lo que dije es verdad, pero se me malinterpretó. En mi época había muchos que iban de antifascistas, pero en realidad eran unos fascistas de tomo y lomo. Muchos de ellos los intente alistar en mi partido, pero aun tenia que pasar más tiempo para que fueran lo suficientemente fascistas para entrar en mi partido. Lastima que los aliados me robarán la frase.
-Adolf Hitler (Berlín, 1944)
¡Otra frase que me robaron! Está la iba a usar si la operación salia mal. Tuve que contarle al marmolista la famosa frase para que la tallara en mi lápida por si moría en quirófano. El muy chismoso la publicó en internet con la cara de Groucho.
- Jose Juan Martínez Abalos (Murcia, 2012)
Esto se lo dije yo a Socrates y no él a otro. Robando ideas hasta después de muerto.
Critón de Atenas (Atenas, 465 a.C.)
Yo soy un artista de los que ya no quedan, tengo un arte que no se puede copiar. Solo algunos me han intentado copiar, incluso han hecho películas, pero yo soy el más grande y no se me puede imitar. Soy el mejor robando.
-Martin Cahill (Dublín, 1965)
Debido al aumento de citas falsas expuestas en internet hice esta cita obviamente falsa de Abraham Lincoln para que la gente se diera cuenta que internet te pueden mentir. La jugada me salió bastante mal, ya que ahora hay gente que no se cree las citas que son claramente verdaderas, y todo porque se lo ha dicho su expresidente con mejor barba.
-Alejandro Magno (Babilonia, 322 a. C)
Esta parte del "relato corto" (muchas comillas) viene de aquí y en este orden, primero aquí:
www.meneame.net/m/relatocorto/continuara-7
Después aquí:
www.meneame.net/m/relatocorto/continuara-11
Luego:
www.meneame.net/m/relatocorto/continuara-14
***
El lunes la sucursal del banco estaba alborotada, se habían formado dos bandos definidos e irreconciliables sobre la desgracia del hombre en la pasarela. Unos tachaban al Ayuntamiento de no haber construido un puente mucho más fiable y menos estético. Otros destacaban la imprudencia de esa persona en un momento así para hacer una maldita foto.
Juan estaba ensimismado pensando en las labores de limpieza en el cauce. No podía quitarse de la cabeza el poder ver el momento exacto del descubrimiento de su paquete. Le encantaría estar ahí y ver sus caras, pero no podía ser, ya había ido demasiadas veces a la zona, aunque era un área de paso y mucha gente transitaba por ese puente, tanto andando como en coche.
-Juan, ¿tú qué opinas? –le preguntó el otro cajero de ventanilla.
-¿Sobre qué? –respondió Juan intentando ser sociable.
-Coño, que el tío fue un imbécil, como tantos otros que palman haciéndose “selfies” y gilipolleces varias sólo por unos “likes”.
-¿Quién, el de la pasarela?
-Claro, quién va a ser, joder, siempre estás en las nubes... –dijo la subdirectora de la oficina, pasando con unos papeles delante de las ventanillas de atención al público-. Si hubieran hecho una pasarela como Dios manda, esto no habría pasado.
-A veces, las cosas pasan porque sí, sin razón aparente ni motivo –respondió lacónico Juan.
El timbre de petición de apertura de puerta exterior sonó, Juan le dio al botón correspondiente y una clienta entró. Todos guardaron silencio, dejando sus discusiones para otro momento.
Mientras atendía a la señora volvió a mirar las cajas de los clips, ahora ordenados, metálicos por un lado y de colores por otro. Respiró aliviado como si el mundo volviera a tener sentido, con una sonrisa le indicó a la mujer que esa operación la hiciera mejor desde el cajero. Órdenes de Dirección. La señora, que podría tener más de setenta años, lo miró con cara de no entender nada. Juan añadió que debería usar la aplicación del banco en el móvil, que todo era más fácil así. Sin mediar palabra, la señora enseñó su teléfono, un “tontomóvil” de marca irreconocible.
La mañana pasó entre clientes cabreados por algún error bancario, usuarios con peticiones imposibles, y repeticiones de una de las frases mágicas: “Normativa del Banco Central”, esa consigna que era una mezcla de comodín de todo y de nada y motivo de muchos enfados.
Cuando terminó su horario laboral, varios compañeros dijeron de ir a tomar algo en la “otra oficina”, un bar dos portales más allá de la sucursal bancaria. Juan nunca iba con ellos. Demasiado esfuerzo le costaba fingir ser relativamente sociable.
En coche, de vuelta, resistió el acuciante deseo de pasar por el puente y ver cómo iban los trabajos. Si habían comenzado a las ocho de la mañana ya tendrían bastante avanzados los trabajos de limpieza. ¿Incluiría la tala de arbolitos, cañas y maleza?
Cuando llegó a casa, miró la lista culinaria y se dio cuenta de que el fin de semana no había preparado nada. Se estremeció al pensar que hoy tenía planificado albóndigas en salsa, brócoli en ensalada y flan. Nada de eso estaba preparado. Nervioso, se comió un trozo de pan con embutido y un helado que languidecía en el congelador desde meses atrás.
Tras recoger la mesa, fue al canasto de la ropa sucia y rescató la ropa de aquella noche. No recordaba si llevaba camisa azul o la de cuadros verdes y negros. Se esforzaba en hacer memoria pero temía inventarse el recuerdo. Cogió el pantalón tejano que sí llevaba y lo metió en una bolsa de basura, luego las dos camisas. Se quedó mirando la ropa restante del canasto, sopesando si toda estaría “contaminada” con algún posible resto. Sin pensarlo más sacó toda la ropa sucia y la metió en la bolsa. De nuevo sus ojos se quedaron petrificados mirando el propio canasto ahora vacío. Fue a su taller, cogió la maza y machacó la cesta de la ropa hasta dejarla destrozada y casi plana para que cupiera en otra bolsa de basura. Más relajado, sacó las bolsas al jardín para tirarlas en otro momento.
Conectó el portátil y navegó por las noticias en el mismo orden de siempre. Para disimular si ese alguien invisible estuviera controlando sus movimientos en la red, hizo clic en la publicidad de un nuevo restaurante mexicano, en una nueva serie de animación de un canal de pago y en un nuevo modelo de coche híbrido asiático.
En un periódico local, en portada: “Margarita Martínez de 73 años, desaparecida de la Residencia Luz de Luna”. Juan notaba cómo el azar estaba jugando con la realidad de un modo que no sabía interpretar. ¿Esto era bueno para él? ¿Podría complicarle las cosas? ¿Más medios regionales para estas búsquedas? ¿O difuminaría los esfuerzos policiales? Miró con detalle la foto de la mujer con el rótulo de: “DESAPARECIDA” y sus datos para identificarla. Parecía feliz, sonriente y sin mucho maquillaje. “La mujer, que necesita medicación, salió voluntariamente de la residencia. En el momento de su desaparición llevaba chaqueta azul y pantalón negro. Mide 1’68, es de complexión gruesa y tiene el pelo canoso. Se pide la colaboración ciudadana”.
Colaboración ciudadana. Sólo en su localidad de unos 70.000 habitantes había varias residencias de ancianos y en las localidades cercanas otros tantos, no parecía que fuera nada extraño el caso de esta mujer, sólo que ahora prestaba mucha más atención a estas cosas. Se decía fríamente.
Buscó más noticias sobre la limpieza del cauce y no encontró nada, tan sólo una minúscula nota de prensa del comienzo de los trabajos acompañada de una foto donde se veía una pequeña excavadora y varios trabajadores con casco y chalecos reflectantes. Típica foto tomada por un desganado reportero gráfico. Posiblemente mal pagado y mal considerado. Seguro que le habrían insistido en que se vieran claramente los chalecos con el rótulo del Ayuntamiento.
Esa tarde tiró las bolsas con los restos de ropa y canasto en contenedores diferentes y alejados, ya le parecía una costumbre ritualizada desde años atrás, la asumía como algo normal. Fue al vivero a comprar tierra y semillas de césped. No había de la clase que ya tenía en el resto del jardín. Así que compró otra variedad ante la insistencia del vendedor de que su tipo de hierba ya no tenía distribuidor.
Dejó los sacos en el jardín y se dispuso a cocinar todo lo que el fin de semana no había hecho. Puso la radio de la cocina en un canal de noticias. Mientras, preparaba unas albóndigas y hacía un sofrito de tomate y cebolla, caramelizaba más cebolla en otra sartén para otro plato.
La locutora de ese informativo anunciaba que el Ayuntamiento había habilitado una página web para que la población pudiera registrar posibles incidencias relacionadas con la limpieza viaria del municipio. De esta manera se establecía una nueva vía de comunicación directa entre el Consistorio y los vecinos y vecinas. Juan se giró hacia la radio y se le escapó un sonoro: “¡Venga ya!” O el azar estaba haciendo muchas horas extras o el mundo se había confabulado contra él. A cuento de qué venían ahora con esa web, las calles estaban limpias, aparte de algunos muebles viejos abandonados cerca de los contenedores, la ciudad no necesitaba de esos “policías de la basura”. Casi se dió un corte en el dedo mientras picaba cebolla. La cortinilla musical dio paso a un anuncio de “Detergente Mariángeles, limpieza total de las manchas más difíciles.” Ahora Juan sí que se dió un corte en el dedo. La paranoia estaba llegando a límites absurdos. Fue al baño y se lavó con jabón el corte y se puso una tirita. Se fijó en la marca del jabón de manos: “Viuda de la Maza”. Incrédulo, volvió a mirar de nuevo el rótulo horadado en la pastilla: “Viuda de Itaza”.
Al volver a la cocina se le habían pasado las albóndigas de fritura y humeaban al fuego. En la radio entrevistaban al amigo de la desaparecida Ana Ferrer. Apagó el fuego y se sentó en el taburete a escuchar con atención.
-Estamos con Juan José González, amigo de la mujer desaparecida Ana Ferrer. Hola, Juan José.
-Hola.
-¿Cómo estás viviendo estos días lo sucedido con Ana?
-Pues muy preocupado, la verdad, ya he hablado con la Policía y les he contado todo lo que sé.
-¿Qué puedes contarnos, ya que suponemos que hay informaciones que no puedes divulgar?
-Habíamos quedado en casa para organizar unas vacaciones en Suecia... planificar hoteles, vuelos, comidas, esas cosas... Íbamos a ir a Malmö también porque ella es muy fan de la serie “Bron/Broen” y quería... –se le quiebra la voz.
-Tranquilo, Juan José.
-Pues eso, que nunca llegó a casa, vivo al final de la calle Águila Martínez...
Juan se quedó helado al oír el nombre de la calle. Su calle. Imposible. De todo punto imposible. Por eso la mujer iba caminando calle abajo cuando pasó delante de su puerta.
-...Nunca llegó, me llamó sobre las diez de la noche más o menos diciendo que venía ya para acá. Y luego, nada.
-¿Qué le ha dicho la Policía?
-Poca cosa, son muy reservados. Les dije que estaba solo en ese momento, que si buscaban que yo tuviera una coartada o algo así, que no tenía, estaba solo en casa esperándola. Pero que jamás, nunca, jamás le haría daño a Ana. Jamás.
Juan seguía en estado de conmoción. Un sudor frío le recorría la nuca. Hasta que la mente fría se impuso. Debía dar un paseo.
-texto puesto en cuarentena, volverá pronto...-
Sergei Korolsky es ruso, pero su nave lleva el emblema de la NASA y su traje espacial una bandera azul con estrellitas que no es de ningún país pero que de todos modos aporta por igual fondos para la misión y exigencias de todo tipo.
Hay más símbolos por ahí desparramados, cuidadosamente olvidados por el área visible para las cámaras, pero sus dueños dan menos la lata que los de la banderita azul: saben lo que les corresponde a cambio de lo que pusieron y no piden más.
Sergei piensa que seguramente se trabajaba más a gusto antes, cuando las misiones espaciales eran a veces secretas y las respaldaban naciones a menudo enfrentadas entre sí. Porque las naciones creen en cosas como el honor y el prestigio, y son capaces de pelear a muerte por recursos naturales o dominios estratégicos, pero en cambio no creen en conceptos como la imagen corporativa y no se ensañan con sus trabajadores por unos segundos más o menos de presencia ante las cámaras.
Korolsky es el primer ser humano en Marte. Se ha tragado un viaje de varios años, y otro que le queda para regresar, si es que regresa, porque no tiene muy claro que los cálculos se hayan hecho correctamente y la gravedad del planeta Marte no es moco de pavo. Seguro que son capaces de haberle enviado con sólo billete de ida para que construya la primera fase de la estación marciana, y luego que espere allí a que vayan a recogerle. O a que vayan a hacerle compañía.
Demasiada comida en el almacén. Demasiada agua. Lo van a dejar allí, los muy cabrones.
Pero eso ya se verá. Faltan todavía dos años para el momento del regreso. Hasta entonces, trabajar sin descanso en la construcción de la primera colonia y escribir el blog. La misión hay que financiarla, y hay que ilusionar a los humanos con la posibilidad de una emigración a Marte. Uno de sus principales trabajos es escribir un blog, una especie de diario en internet, donde explicar cómo se vive en Marte y publicar fotografías y vivencias.
Lo último que le dijeron es que tenía alrededor de dos mil quinientos millones de visitas diarias.
Dos mil quinientos millones. Menuda animalada. Y todos pendientes de lo que siente el primer hombre en Marte, de sus pequeñas vivencias e inquietudes, de los problemas cotidianos y los inconvenientes con los que no se contaba.
Tiene que caer simpático y hacer que la Humanidad se interese. Tiene que convertir la emigración en una posibilidad agradable, y hasta deseable. Tiene que satisfacer a toda esa gente, darles su ración diaria de mito y héroe, de exotismo y aventura.
Pero no se le ocurre nada. Se pone ante el teclado y no se le ocurre nda.
Vivir en Marte es como vivir en cualquier otro lado, porque te llevas contigo todo lo que eres. Y Korolsky es astrofísico, no escritor, y después de tres días se ha hartado de los amaneceres marcianos, y después de cuatro se siente como un pez en una escafandra, observado por millones de ojos, obligado a saludar con l mano.
Y no se le ocurre nada.
Dos mil quinientos millones de seres humanos miran a diario una pantalla en busca de sus experiencias, en busca quizás de apoyo o compañía, y el caso es que a él se la bufa, porque se siente solo, y la radio no le hace compañía, y el conocimiento cierto de que figurará en las enciclopedias del futuro ya no le parece recompensa, y la desconfianza de que no va a poder volver pesa más que toda la vanidad y todo el orgullo de ser precisamente él quien ha dado el gran paso para la Humanidad.
Se sienta ante el teclado y saluda al blog. Sabe que si dice algo inconveniente se lo censurarán. De pronto, sonríe: cree haber encontrado la salida: los días que no tenga nada que decir, basta con soltar impertinencias y ya se buscarán alguien allí abajo que escriba lo que no ha escrito él.
Sí. Eso es. Él ya está en esa mierda de pedrusco que tanto interesa a los humanos porque jodieron su propio planeta. Él ya ha cumplido su parte. La crónica que la escriba el que no ha hecho el viaje. Como siempre.
Empieza a escribir.
«Hoy estoy hasta los huevos. Trabajar a solas en un sitio donde no hay nadie más no hay quien lo aguante. El que espere encontrar una vida nueva en Marte que se venga acá con otro cerebro, porque no es posible cambiar nada si no cambiamos nosotros. Esto es una mierda, como cualquier agujero de Siberia o de Arizona. Esto es una puta mierda sin esperanza de encontrar una sonrisa en la camarera que te sirve una cerveza, o un buen cantante en una bar de carretera. Esto es la cagada sin esperanza y sin sorpresas. Creedme, amigos: no vale la pena ir a ninguna parte. Si lo que buscas no está a tu lado es que es un cepillo de dientes de modelo raro o alguna mamonada por el estilo. Si es importante, seguro que lo tienes a lado o no está en ninguna parte.
Por hoy, vale. En Marte también hay días chungos.»
—Ya está. Que escriban ahí abajo lo que quieran. —se dijo Korolsky.
Pero no le censuraron. Salió tal cual y la audiencia de su blog subió a tres mil millones.
Juan nació para morir. En el camino se encontró con una esposa, a la que no quería, unos hijos a los que odiaba y una vida miserable en la mina. Murió de silicosis a los cuarenta años. Antes de morir, mando poner en su lápida: Gracias.
Luis-2 Martínez-8 llegó a la lanzadera con muy pocas ganas de subir a la estación, al cubículo, como lo llamaban los veteranos. Se embutió en el maldito traje que le rozaba en los hombros, como ya había dicho veinte veces, dos con formulario oficial y tres con quejas por escrito al buzón del departamento. Departamento en general, porque parecía que no había ningún departamento que se encargara de fallos en los diseños de los trajes. El día que vinieron a tomarle medidas le recordó aquel día que le explicaron que la encimera de su cocina, por su forma, se diseñaba con láser y que como las paredes no estaban perfectamente a noventa grados, harían los muebles con cada ángulo de cada esquina, para que encajara como un guante.
Guante, otra historia, la unión metálica a rosca segura de sus guantes era como si alguien hubiera puesto las tallas a bulto. Encajaban bien, sí, pero si la manga era talla hache, los guantes era tres equis hache y parecía que llevaba unas manoplas para el frío.
La cocina, sí, cuando llevaron los muebles, le preguntó al técnico sobre los ángulos, este señor no sabía nada de los láseres ni de los ángulos de su cocina; todo lo que trajo, que es lo que le habían encargado, estaba a noventa grados. Tras un par de videollamadas al responsable de los láseres de ángulos, éste finalmente le dijo que hablara con el contratista, que se había usado una I.A. para calcular costes y pagos y que no sabía nada más.
El señor que montó la encimera y los muebles de cocina llevaba un asistente inteligente y un pequeño robot mecánico, nada espectacular, pero montaron la cocina en una hora, encimera incluida, sólo que había un ángulo de unos doce grados de separación entre el final de los muebles y la pared. Ante mi queja, matizada y educada, se me dijo que el panelador vendría con la solución la semana que viene.
El panelador.
Me rozaba el traje en los hombros y los guantes eran un poco más grandes que mi talla, pero como cerraban bien pues nadie se molestó tampoco atender mis quejas. Total. Sólo era un ingeniero electricista y sólo iba a la estación espacial a reparar unas luces de una docena de salas, luces que parpadeaban sin motivo aparente y porque el personal científico se había quejado a la central. Yo también me había quejado de lo del traje y de lo de mi cocina. No, mi cocina no tiene nada que ver, pero para el caso es la misma mierda.
Panelador. Dos semanas después vino el panelador, trajo un panel de madera tratada con fibra de vidrio y la atornilló para que falseara los noventa grados de una esquina que mis paredes no tenían. Bueno, era la típica chapuza que da apariencia pero no resuelve el problema de por qué rayos me mandan un tipo con láseres para medir ángulos y luego nada de eso vale para nada. Lo mismo con lo del traje.
Mientras ascendía en la lanzadera hacia la estación me preguntaba por qué rayos se habían estropeado esas luces que habían costado veinte veces mi casa, sólo las luces. Supongo que alguien había llevado un medidor láser primero y luego había llegado el panelador.
No sé ni cómo siguen vivos ahí arriba.
Por costumbre o por desidia mental tendemos a reunir a mendigos y vagabundos en una sola taxonomía de mariposas errantes, pero no son lo mismo. Ambas condiciones se unen con frecuencia, porque no es fácil ganarse la vida sin raíces ni refugios, pero las divergencias son muchas y no sólo materiales: también hay matices de carácter, y son distintas las circunstancias que llevan a un ser humano a convertirse en lo uno o en lo otro, en un orden determinado. Los hay que empiezan pidiendo y acaban trasladándose de un lugar a otro empujados por el desgaste de la caridad; otros no encuentran su lugar en ninguna parte y es su falta de acomodo lo que los reduce a la mendicidad
Pero no son lo mismo.
Conocí hace un tiempo a una vagabunda que nunca pidió limosna. Nunca pidió nada, en realidad.
Iba siempre limpia y aseada y dormía en cualquier hostal. Comía en bares de carretera, o en restaurantes de lujo, o en un puesto de castañas: comía donde el hambre la encontraba.
Cuando no tenía dinero se acercaba a la primera sucursal bancaria que encontraba y con sólo una llamada le entregaban la cantidad que pidiera. Decían que era rica y probablemente fuese cierto.
La vi algunas tardes caminando sola por el campo, agachándose de vez en cuando a recoger una piedra o una concha de caracol y guardarla en sus bolsillos gigantescos. Cien o doscientos metros más adelante volvía a arrojar lo que había recogido, y pasaba así horas enteras para arrojarla de nuevo cien o doscientos metros más lejos. Otras veces me la encontré en grandes almacenes, recorriendo las mercancías y las miradas, por igual ajenas, como si las viera en un televisor. Dicen que en ocasiones hablaba, y probablemente fuese cierto.
Algunos se interesaron por su vida y trataron de saber. Aquella mujer ocultaba una desgracia, y las desventuras son buen atuendo para el misterio. Alguien dijo haber oído que se trataba de una mujer abandonada por su marido y repudiada por su familia, seguramente por alguna infidelidad, real o supuesta, y que llevaba ya varios años mendigando por las calles cuando el esposo murió en un accidente, sin tiempo de dictar testamento que la perpetuara en la miseria. Heredó entonces una importante suma, pero la fuerza de la costumbre y el juicio quebrantado por las penalidades le habían impedido regresar a su casa.
Otros, por contra, dijeron que la mujer se volvió loca tras perder a sus dos hijos en un incendio, y que nunca, jamás tocaba un céntimo del mucho dinero que le pagó el seguro salvo cuando se veía en la más extrema necesidad. Esta hipótesis se dio por buena mucho tiempo, hasta que de puro manoseada comenzó a parecer falsa, tal y como sucede a algunos billetes de mala calidad, y enseguida comenzaron a circular otros rumores.
El más insistente fue el que atribuyó a la mujer dotes adivinatorias, pues muchos atestiguaron haberse beneficiado ellos mismos de la clarividencia de la vagabunda. Según este rumor, había hecho ganar mucho, muchísimo dinero a un industrial extranjero que, agradecido, le había dado acceso libre a su cuenta corriente: sólo tenía que pedir una cantidad de dinero y el banco se lo entregaba de inmediato, sin hacer preguntas.
Al final, a fuerza de hablar de ella, hicieron entre todos famosa a la vagabunda y un par de periódicos se interesaron por su historia, convencidos de que las circunstancias ocultas bajo una vida como la suya serían un inmejorable forraje para sus ávidos lectores. La mujer no los rechazó cuando se acercaron a ella, pero se limitó a sonreír y asegurarles que no había nada que contar. No les quiso dar su nombre, ni mencionó su lugar de origen, ni dato algo alguno por el que pudieran identificarla. Por supuesto, esto aguijoneó aún más la curiosidad de los periodistas, que recorrieron el barrio entero en busca de testimonios sobre la vagabunda.
Supieron así que a veces comía tres platos y que otras pasaba el día entero en su habitación, sin salir a comer. Supieron que a veces se levantaba al amanecer y otras pasaba la noche en vela, y se quedaba en la cama hasta mucho después del mediodía, cuando iban a despertarla, preocupados, los gerentes de los establecimientos donde se alojaba. Supieron que a veces dividía un periódico en cientos de pequeños cuadrados y pasaba horas enteras construyendo grandes flotas de barquitos de papel que botaba río abajo, junto al puente del hospicio, rumbo al inevitable desastre naval de la represa. Supieron que engarzaba flores o colillas, según su ánimo, y se adornaba luego con esos collares hasta que la casualidad o el desgaste acababan con la tanza.
La pequeña semilla de lo anecdótico había encontrado tierra fértil en la imaginación colectiva y los periodistas quisieron saber más. Preguntaron, husmearon, lisonjearon con micrófonos a comadres y camareros, en busca de la piedra angular de aquel edificio humano que tanto les intrigaba.
Al fin, sin necesidad de soborno, por el sólo placer de convertirse en llave de una puerta inexpugnable, un empleado infiel de banca les dio el nombre. Dos periódicos y una televisión local se dirigieron de inmediato a otra ciudad mediana, al norte, ansiosos de tragedias revenidas y angustias ocultas.
Y allí, sin dificultad, encontraron la casa de sus padres, y el lugar donde nació, y una foto de su perro. Encontraron a un dentista que había sido novio suyo, un hombre medio calvo que arrugó el ceño tratando de recordarla cuando le mencionaron su nombre. Hacía años que no sabía nada de ella. Se conocieron en un baile. Dejaron de salir juntos por lo mismo que empezaron: por un capricho. Se alegró cuando le dijeron que ella estaba bien, los despidió con un apretón de manos y siguió con su trabajo.
Los periodistas no cedieron en su determinación. Recorrieron la ciudad interrogando rincones, entrando en las sacristías, los cafés, las bibliotecas y las secretarías de los colegios.
Como premio a su ahínco, encontraron a los amigos de su infancia y escucharon anécdotas de fiestas, y profesores. Encontraron unas trenzas de brillante color castaño en la ficha de un parvulario, una bicicleta oxidada en un garaje y un vestido de primera comunión embebido de alcanfor.
Pero no había una desgracia, ni un atisbo de la historia desgarrada que querían ofrecer a su público. En el pasado de aquella mujer no había drama ni aventura, ni siquiera una comedia, y regresaron con las manos vacías, y las cámaras vacías, y los cuadernos en blanco, y una mueca en el semblante de mellada decepción.
Y enseguida la olvidaron. Dejaron incluso de mirarla, todos menos el director de la televisión local, que a veces la veía pasar desde la ventana de su despacho y le dedicaba un vistazo rencoroso recordando la cuenta de gastos de la infructuosa búsqueda.
Los periodistas hablaron con sus amigos en los bares, y con sus parientes en las cenas navideñas, y pronto se corrió la voz de que no había nada que saber. Algunos no lo creyeron al principio, obstinados en la creencia de que cualquier silencio oculta un misterio, pero las nevadas de febrero acabaron de vencer su reticencia con el peso de su tiempo suspendido.
No había nada que contar. Ella Iba siempre limpia y aseada, paseaba todo el día y dormía en un hostal. Besaba en bares de carretera, o en restaurantes de lujo, o en un puesto de castañas: besaba donde el deseo la encontraba.
Nunca dormía en el mismo hostal, ni besaba al mismo hombre ni comía en el mismo bar.
Y a su aburrimiento trashumante le llamaba libertad.
Esta parte del relato largo viene de aquí y en este orden, primero aquí:
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Después aquí:
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Luego:
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Después...
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Luego:
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Y...
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La periodista venía a cobrarse su invitación a café, así que quedaron al día siguiente a las cinco de la tarde. A Juan le pareció sospechoso dilatar más el encuentro. Eso sumado a la falta de contacto en todo un mes. Desconocía los motivos. Tampoco es que supiera mucho de costumbres sociales o de dinámicas personales. Tras repasar a fondo toda la casa. Se preparó para la visita del día siguiente.
Repasó cada estancia con ojos de posibles intenciones escrutadoras en su refugio personal. Incluso dejó la cama medio hecha, la tuvo que deshacer de su pulcra forma de hacerla cada día. Plana, perfecta, con el embozo perfecto y alineado, la almohada mullida y en posición exacta, ligeramente apoyada en el cabecero. Esta vez, la dejó imperfecta, esperando que al enseñarle la casa se fijara en eso. Una costumbre esa de enseñar la casa que le parecía muy extraña y que si podía evitaría a toda costa. Pretendía que su visita se limitara al salón para tomar café y como mucho a la cocina, mientras lo preparaba. Comprobó la fecha de caducidad de la lata con galletitas de merienda y miró que hubiera suficientes. Quitó la lista de comidas semanales del frigorífico.
Lucía llegó puntual. Pero no llegó sola.
Venía acompañada de un hombre de unos sesenta años, de pelo canoso y mirada seca que empuñaba un arma apuntándole a la cara nada más abrir el portón de la calle. Le hizo un gesto con el arma para que se dirigiera hacia el interior. Sin mediar palabra, Juan obedeció. Su mente intentaba atar cabos a toda prisa. Lucía, antes afable y amigable, ahora se mostraba seria y distante.
-Siéntate –dijo Lucía señalando una silla del salón.
-¿A qué viene todo esto? –preguntó Juan imitando toscamente sorpresa.
Un bofetón del hombre le dejó el rostro ardiendo de dolor. Los guantes que llevaba le dejaron cierto olor a piel en la cara.
-Este es Carlos Ferrer, el padre de Ana Ferrer –dijo ella ladeando la cabeza.
-Ya –acertó a decir mientras el hombre se sentaba frente a él en otra silla.
-Te cuento lo que pasa, aunque ya debes de saberlo...
-No tengo ni... –antes de que terminara la frase otro golpe en la cara, esta vez con el puño cerrado. El crujir de los dedos enguantados al cerrar la mano antes del golpe resonó tanto como el propio puñetazo.
-Te voy a contar el final de la charla de hoy. Dentro de dos o tres meses, de un año, de cinco... aparecerás muerto en algún barranco. Mientras tanto, confiando en que en ese tiempo se encuentren pruebas irrefutables de que fuiste tú quien mató a Ana, seguirás con vida. Vamos a darle tiempo a la Policía a que busque y rebusque para demostrar que fuiste tú y poder ponerte ante un juez. ¿Lo entiendes?
Juan asintió con la cabeza mirando al hombre.
-Ah, si te atreves a denunciar esta visita a la Policía, verás que nunca ha tenido lugar. Por muy ingenioso que seas o creas ser. Nadie va a atender tu denuncia. Repito, esta visita no ha tenido lugar. Si huyes del país, Carlos te encontrará, no lo dudes. Ah, otra cosa, calle Benito Pardal, 55, 4º, dcha.
-Mi padre -Juan asintió con la cabeza mirando ahora a la periodista. Intentando entender lo que implicaba la presencia de ambos en su casa.
-¿Que me dices que tienes cámaras o micrófonos ocultos y lo estás grabando todo? Me alegro porque tendrás que borrarlo. Si lo editas, valdrá tanto como nada. Bueno, casi seguro que no tienes nada de eso.
-¿Puedo preguntar algo? –dijo Juan temeroso mirando al hombre furtivamente.
-No.
-¿Quieren café? Lo preparo en un momento.
Lucía y Carlos se miraron intentando entender al asesino que tenían delante. Algo que parecía escapar a los años de profesión del ex policía y a los estudios de la criminóloga.
-Vamos a repasar lo sucedido. Antes de empezar te informo que la Policía no tiene pruebas concluyentes como para llevarte ante el juez, los indicios son demasiado ambiguos en tu caso, y cualquier abogado te podría sacar de este lío. ¿Lo entiendes? –dijo ella mirando fijamente a los ojos a Juan.
Juan no dijo nada. Creía que el silencio era su mejor baza en la situación actual. Lucía sacó de su cartera varias subcarpetas y las puso en la mesa. Abrió una y consultó algunos folios.
-Un punto es muy importante en todo esto. No sabemos, nadie sabe, tus motivaciones para haber cometido este crimen tan horrible. Mis sospechas es que lo hiciste para demostrar que se puede cometer el crimen perfecto.
-Soy inocente y... –esta vez Juan consiguió bloquear un guantazo pero no el segundo, que le dio directamente entre el ojo y la mejilla.
Carlos seguía en silencio. Tenía la mirada punzante y la expresión seca. Parecía estar en el borde de la silla deseando tomarse la justicia por su mano, allí mismo. Viendo la cara, la voz, las expresiones del asesino de su hija.
-Sobre las 11:35 el móvil de Ana estaba más o menos en la zona de tu puerta con un factor de error de unos dos o tres metros. A las 11:46 su móvil se apagó en esa zona. ¿Sigo?
-Ya... –dudaba si hablar-. Ya le dije a la Policía que...
-Del atestado. Cito: “El móvil de la víctima estaba activo a esa hora en esa zona”. “Ah, igual se paró a hablar con alguien...” “Claro.” Nadie te había dicho que se detuviera. Lapsus de manual.
-Ehm... no sé por qué lo dije... Tampoco quiere decir nada –Juan estaba intentando poder volver a hablar sin que recibiera castigo físico.
-A las 12:05 una figura se acerca andando y deja algo entre dos contenedores de la calle París, las antenas detectan el móvil de Ana en esa zona sobre esa hora, minuto arriba o minuto abajo. Te preguntarás cómo se sabe que no fue ella sino otra persona que, por los andares, parece un hombre si por allí no hay cámaras.
-No sé si hay o no cámaras... –de nuevo mirando de reojo al hombre que estaba apretando el puño derecho sobre la mesa, la rabia parecía contenida con la justa energía necesaria para que no se desatará la ira.
-Resulta que a unos cuarenta metros hay un cajero automático, y también resulta que esa mañana se había estropeado la cámara, quedando girada hacia la calle en vez de hacia la zona de teclas y cajetín del dinero. Se avisó al técnico y con la lluvia torrencial del día siguiente no pudo acudir. Nadie apagó la cámara.
-¿Y..?
-Cierto que la figura que se ve no es clara. ¿Ves esta foto? No se distinguen muy bien sus facciones –dijo ella sacando una foto con bastante poca definición pero donde se distinguía una figura masculina entre los contenedores, las luces no ayudaban a identificar los colores de la ropa.
Lucía lo miraba esperando algún gesto, sin recibir ningún código no verbal por parte de Juan.
-¿No te estás preguntando por qué te estoy mostrando información reservada?
-No. Sabía que tenías contactos en la Policía.
Una risa irónica escapó de los labios de ella. Carlos lo miraba a él como si pudiera desentrañar los misterios de su mente. Ese experto policía con años y años en el servicio encontraba difícil franquear el muro mental del tipo que tenía delante. Había visto a mucho delincuente en su trabajo, asesinos a sueldo, crímenes pasionales, violencia en el seno de la familia, personas que dejaban el tratamiento y enloquecían. El hombre que tenía delante era muy diferente.
-¿Crees que has ganado al sistema con un asesinato sin sentido y que tomarse la justicia por la mano nos equipara?
Juan no contestó, a sabiendas de que recibiría otro golpe. Pensaba si podría matarlos a los dos. Cómo se desharía de los cuerpos. Carlos parecía curtido aunque la edad le impediría ser ágil y tenía una pistola que había guardado en su bolsillo. Opciones.
-Entre la 1:30 y 1:40 la señora Ramos paseaba a su perrito por delante de tu casa. Se supone que ya tendrías el coche cerca o aparcado muy cerca. Sobre las dos de la mañana la señora Ramos vuelve a su casa.
-Eso es una suposición que... Déjeme hablar. Creo que todo esto es un grave error. Comprendo la ira y el sufrimiento por la muerte de su hija, pero...
Carlos le pegó un puñetazo tan fuerte en el pecho que Juan cayó al suelo, silla incluida. En cuanto pudo respirar, se incorporó y se sentó de nuevo en la silla.
-Hasta las 2:35 aproximadamente la señal del móvil es fija en la zona de la calle París. A las 02:40 un coche se acerca a esos contenedores, alguien se baja del coche, la misma persona de antes y hace algo entre el contenedor de cartón y el de cristal. La señal del móvil ahora cambia y se mueve. Por los saltos con las antenas posiblemente vaya en un vehículo. Hasta las 03:30 el móvil recorre Avenida Mayoral, calle Norte, Virgen de Luz, calles Recogida y Manuela Lanzana, hasta la parte norte de la ciudad donde se detiene unos minutos en un callejón lateral de la calle Galaxia. Luego continúa su camino hacia el puente que da al cauce donde se encontró el cuerpo sin vida de Ana Ferrer a las 4:00. Y ahí se detiene la señal.
-Lucía, ¿por qué haces esto?
La mujer no contestó, recogió sus carpetas y las guardó en su cartera.
-¿Sabes qué pasa? Desde hace años soy confidente de la Policía, este señor de aquí fue el que me inició en ese mundo. Ya era criminóloga, pero gracias a sus consejos pude ayudar en muchos casos, como confidente.
Carlos se levantó también arrastrando la silla hacia atrás mientras lo hacía. No perdía de vista a Juan.
-Si no hay pruebas contundentes contra mí. Os convertís en unos asesinos sin más.
-El sistema funciona, confiemos en él. Y antes o después se encontrará algo. Y no creo que te declaren demente. El sistema funciona.
-¿En serio que no queréis tomar café?
Lucía detuvo con la mano a Carlos viendo cómo se iba a abalanzar sobre él.
-¡Carlos!
Ella consiguió que los dos se dieran la vuelta para salir de la casa.
-Gracias por la visita. Este mundo, esta vida tiene siempre un punto de continuará... Entonces, ¿quedamos otro día para un café? –dijo Juan a espaldas de los visitantes.
-¡A tomar por culo ya! –dijo Carlos, sacando la pistola y disparando un único tiro que impactó en el pecho de Juan.
Lucía bajó lentamente la mano armada del policía.
-Lo siento, no tenías que haber venido –dijo ella mientras Carlos sacaba su móvil.
-Soy Carlos Ferrer, acabo de disparar a un hombre, envíen una ambulancia y a la Policía. Calle Águila Martínez, 66.
Con un espasmo de sangre en la boca y en los pulmones, el cuerpo de Juan se agitaba buscando la vida. Pensaba que había ganado, había ganado... Aunque ya no hubiera ningún continuará.
FIN
Era un día espléndido, con un sol salvaje y extraño que se colaba por la ventana del baño, el bote de pastillas había caído al suelo con un sonido hueco e insulso. En el espejo la imagen del desespero se fue emborronando mientras caía adormecida en un sueño artificial y el cielo se volvía negro. Andrea no sabía si lo que veía era real o no, cientos de palabras comenzaron a llover sobre su cuerpo mientras las intentaba coger con las manos para intentar formar una frase. La tormenta arreció y Andrea apenas podía escuchar la cantidad de palabras que le caían como gotas de lluvia aquella mañana oscura en el baño de su casa. Sólo una frase se repetía una y otra vez, como en una salmodia: “Vuelve a la vida, no ha llegado tu hora".
Quiero describir un acontecimiento triste, pero veo ante mí, como una nota inicial, el rostro sonriente del señor Vojtíšek. Un rostro saludablemente luminoso y con brillo rojizo, como de un asado de domingo, recubierto de mantequilla fresca. Como el señor Vojtíšek se afeitaba solo los domingos, hacia el sábado, cuando ya la blanca barba había vuelto a crecer lo suficiente por su redondo mentón y lo adornaba como una espesa nata, me parecía aún más apuesto. También su pelo me gustaba. No tenía mucho; empezaba bajo una calva redonda, por las sienes, estaba ya canoso —no plateado, sino ligeramente amarillento—, pero era como de seda y ondeaba con suavidad en torno a su cabeza. El señor Vojtíšek llevaba siempre la gorra en la mano y se cubría solo cuando tenía que cruzar un espacio demasiado soleado. Decididamente, el señor Vojtíšek me gustaba mucho, sus ojos azules brillaban con gran sinceridad y toda su cara era como un ojo, redondo y sincero.
El señor Vojtíšek era mendigo. Qué había sido antes, no lo sé, pero debía de ser mendigo desde hacía tiempo, a juzgar por lo conocido que era en Malá Strana, y, dada su salud, podría serlo todavía mucho tiempo: estaba hecho un toro. Cuántos años tenía entonces, creo que lo sé. Una vez lo vi subir con sus característicos pasos cortos colina de San Juan arriba hasta la calle de La Espuela y acercarse al policía Šimr, que apoyado en la barandilla tomaba el sol tranquilamente. Šimr era aquel policía gordo, tanto que el uniforme gris siempre parecía a punto de estallarle y cuya cabeza, por detrás, se asemejaba, con perdón, a varias morcillas grasientas. Su casco reluciente se balanceaba sobre la gran cabeza a cada movimiento y, cuando se ponía a correr tras un aprendiz que, con descaro, y contra todas las disposiciones, cruzaba la calle con la pipa encendida en la boca, Šimr tenía que quitarse el casco a toda prisa y llevarlo en la mano. Entonces los niños nos reíamos y saltábamos a la pata coja, pero en cuanto nos miraba, fingíamos que no pasaba nada. Šimr era un alemán de Šluknov. Si vive todavía —así lo espero— apuesto a que aún continúa hablando el checo tan mal como entonces. Y «fíjense ustedes» solía decir, «lo aprendí en un año».
En aquella ocasión el señor Vojtíšek se puso la gorra azul debajo del brazo izquierdo y hundió la mano derecha en el bolsillo de su largo abrigo gris, mientras saludaba a Šimr, que en aquel momento bostezaba, con estas palabras:
—¡Que Dios le acompañe!
Šimr saludó con la mano. Acto seguido el señor Vojtíšek sacó su modesta tabaquera de corteza de abedul, tirando de la presilla levantó el fondo superior de cuero y la acercó a Šimr. Šimr esnifó y dijo:
—Usted también tendrá sus añitos, ¿eh? ¿Cuántos?
—Bueno —sonreía el señor Vojtíšek—, hará ya unos ochenta años que mi padre, por dar contento al cuerpo, hizo que yo viera la luz.
A un lector atento sin duda sorprenderá que el mendigo Vojtíšek pudiera hablar con el policía con tanta familiaridad y que este ni siquiera se dirigiera a él con el tono que solía emplear con un forastero o una persona subordinada. Y además hay que tener en cuenta lo que en aquellos tiempos significaba ser policía. No eran uno cualquiera entre los seiscientos agentes, sino que se los conocía por el nombre: Novák, Šimr, Kedlický y Weisse, que durante el día se turnaban en la guardia de nuestra calle. Eran el bajito Novák de Slabce, que gustaba de pararse delante de las tiendas de ultramarinos por su afición al aguardiente de ciruelas; el gordo Šimr de Šluknov; luego Kedlický de Vyšehrad, malhumorado pero de buen corazón, y, finalmente, Weisse de Rožmitál, grandote, con unos dientes amarillos y largos, fuera de lo corriente. De cada uno, se sabía cuál era su patria chica, cuánto tiempo había pasado en el ejército y cuántos hijos tenía; y con cada uno jugábamos los niños del vecindario; y ellos conocían a todos los vecinos, hombres y mujeres, y siempre podían decir a las madres dónde paraban sus hijos. Y cuando en el año 1844 Weisse, como consecuencia del incendio del Renthaus, falleció, toda la calle de La Espuela fue a su entierro.
Pero el señor Vojtíšek no era en modo alguno un mendigo corriente. Ni siquiera era riguroso en el descuido de su aspecto de mendigo, parecía bastante limpio, al menos al principio de la semana. Iba con el pañuelo al cuello siempre bien atado, aunque en el abrigo, aquí o allá, llevaba un remiendo, pero no un parche llamativo ni un trozo de tela demasiado diferente. En una semana recorría mendigando todo el barrio de Malá Strana. Era bien visto en todas partes, y en cuanto un ama de casa oía su suave voz, al punto le sacaba amablemente su moneda de tres céntimos. Tres céntimos o un cuarto era por entonces bastante. Por la mañana mendigaba hasta el último momento y luego se encaminaba a la iglesia de San Nicolás, a la misa de las once y media. A la puerta de la iglesia no pedía nunca, ni siquiera prestaba atención a las mendigas que estaban allí en cuclillas. Y luego se iba a comer algo, sabía dónde le tenían guardado un tazón con las sobras del almuerzo. Había algo de libre y sereno en todo su ser y proceder, algo que hizo que Storm llegara a pronunciar aquel cómico dicho conmovedor:
—Ach könnt’ich betteln geh’n über die braune Hainn!
El fondista de nuestra casa, el señor Herzl, era el único que nunca le daba una moneda de tres céntimos. El señor Herzl era un hombre alto, algo avaro, pero por lo demás soportable. En vez de dinero, le echaba de su caja un poco de tabaco. Y después —esto sucedía todos los sábados—, siempre sostenían la misma conversación.
—Vaya, señor Vojtíšek, corren malos tiempos.
—Así es, y no serán mejores hasta que el león del castillo se siente en el columpio de Vyšehrad.
Se refería al león de la torre de San Vito. Tengo que reconocer que esa afirmación del señor Vojtíšek me daba mucho que pensar. Como jovencito educado y cabal —tenía por entonces ocho años— no podía dudar ni un instante de que el referido león podía, igual que yo, durante la verbena, cruzar el puente de piedra hasta Vyšehrad y allí sentarse en el conocido tiovivo. Pero cómo podría aquello ser causa de mejores tiempos, eso no lo entendía.
Era un hermoso día de junio. El señor Vojtíšek salió de la iglesia de San Nicolás, se puso la gorra en la cabeza para protegerse de sol radiante y avanzó despacio por la actual plaza de San Esteban. Se paró junto a la estatua de la Santísima Trinidad y se sentó sobre un escalón. La fuente de detrás dejaba oír su canto y el sol calentaba, era muy agradable. Probablemente ese día iba a comer en un lugar donde se servía después de las doce.
Apenas se hubo sentado, una de las mendigas de la puerta de la iglesia de San Nicolás se levantó y se fue en aquella dirección. La llamaban «la vieja de los millones». Las demás mendigas juraban que Dios pagaría la limosna recibida cien mil veces pero ella enseguida lo subía a millones y millones. Por eso la mujer del oficial Hermann, que acudía a todas las subastas de Praga, solo le daba limosna a ella. La Millones andaba sin cojear cuando le daba la gana y cojeaba cuando quería. Ahora se dirigía sin cojear y directamente hacia el señor Vojtíšek, que se hallaba junto a la estatua. Las faldas ondeaban sobre sus miembros resecos casi sin crujido alguno. El pañuelo azul, muy echado sobre la frente, se movía arriba y abajo. Su cara me resultaba siempre enormemente antipática. Puras arruguitas como fideos finos que confluían en la nariz picuda y la boca. Sus ojos eran de color verdedorado, como los de un gato.
Se acercó hasta el señor Vojtíšek.
—¡Alabado sea Dios! —E hizo una mueca con la boca.
El señor Vojtíšek asintió con la cabeza.
La Millones se sentó al otro extremo de escalón y estornudó.
—¡Uf! —observó—, a mí no me gusta el sol, cuando me da, estornudo.
El señor Vojtíšek ni se inmutó.
La Millones tiró del pañuelo hacia atrás y dejó al descubierto todo su rostro. Sus ojos se contraían como los de un gato al sol, tan pronto estaban cerrados como se iluminaban bajo la frente igual que dos puntos verdes. Su boca se torcía en un tic continuo; cuando la abría mostraba, en la parte superior, un único diente enteramente negro.
—Señor Vojtíšek —empezó de nuevo—, señor Vojtíšek, siempre digo que si usted quisiera…
El señor Vojtíšek guardaba silencio. Solo volvió la cara hacia ella y le miró la boca.
—Siempre digo, sí, que si el señor Vojtíšek quisiera, podría decirnos dónde está la buena gente.
El señor Vojtíšek ni se inmutó.
—¿Por qué me mira usted tan fijamente? —preguntó la Millones tras un instante—. ¿Pasa algo?
—¡El diente! Me sorprende que pueda tener ese único diente.
—¡Ah, ese diente! —suspiró y añadió—: Ya sabe usted que la pérdida de un diente significa siempre la pérdida de un buen amigo. Ya están todos en la tumba, los que me querían bien y tenían buenas intenciones, todos. Solo queda uno, pero no sé quién es, no sé dónde está ese buen amigo mío que Dios misericordioso me pondrá aún en el camino de la vida. ¡Ah, Dios mío, estoy tan sola y abandonada!
El señor Vojtíšek miraba al suelo y guardaba silencio.
Algo como una sonrisa, como un relámpago de alegría, cruzó la cara de la mendiga, pero era horroroso. Frunció aún más la boca, y todo el rostro en cierto modo se le estiró hacia los labios, como hacia un rabillo.
—¡Señor Vojtíšek! Señor Vojtíšek, nosotros dos aún podríamos ser felices. El otro día soñé con usted, creo que Dios lo quiere. Está usted tan solo, señor Vojtíšek, nadie se ocupa de usted. Usted goza de favor por todas partes, conoce a mucha gente buena. Ya ve, podría trasladarme a su casa. Tengo algo de ropa de cama.
Mientras, el señor Vojtíšek se había ido levantando lentamente. Se enderezó del todo y con la mano derecha se ajustó la visera de cuero de su gorra.
—Prefiero arsénico —dijo en un exabrupto, y se dio media vuelta sin despedirse.
Avanzó despacio hacia la calle de La Espuela. Dos bolas verdes fulguraron tras él hasta que desapareció al doblar la esquina.
Luego la Millones se bajó el pañuelo hasta la barbilla y se quedó quieta durante un buen rato. Tal vez dormía.
Extrañas noticias empezaron a circular por Malá Strana. Y los que las oían no daban crédito. «Señor Vojtíšek» se decía con frecuencia en las conversaciones y, al poco, se oía de nuevo: «Señor Vojtíšek».
Pronto me enteré de todo. El señor Vojtíšek, al parecer, ni siquiera era pobre. El señor Vojtíšek, se decía, tenía al otro lado del río dos casas en František. Por lo visto, ni siquiera era verdad que viviera cerca del castillo en algún lugar de Bruska.
¡Le había tomado el pelo al buen vecindario de Malá Strana! ¡Y durante mucho tiempo!
Cundió la indignación. Los hombres estaban enfadados, se sentían ultrajados, avergonzados de haber sido tan crédulos.
—¡Canalla! —dijo uno.
—Es verdad —abundó otro—, ¿lo vio alguien mendigar los domingos? Lo más probable es que estuviera en su casa, en sus palacios, comiendo un asado.
Las mujeres tenían sus dudas. El rostro del bueno de señor Vojtíšek les parecía demasiado sincero.
Pero corrió una noticia más. Se decía que también tenía dos hijas y estas, al parecer, presumían de señoritas. Una tenía un novio teniente y la otra quería dedicarse al teatro. Siempre iban enguantadas y paseaban por la alameda de Stromovka. Eso fue decisivo, incluso para las mujeres.
Bastaron cuarenta y ocho horas para que el destino del señor Vojtíšek cambiase. En todas partes, le echaban de la puerta, eran «malos tiempos». Donde solían darle de comer, le decían «hoy no ha quedado nada» o «somos pobres, solo tenemos garbanzos y eso no es para usted». Los gamberros callejeros saltaban y gritaban a su paso: «¡Propietario, propietario!».
Me hallaba el sábado delante de mi casa, cuando vi que el señor Vojtíšek se acercaba. El señor Herzl, como de costumbre, estaba de pie con su delantal blanco ante la puerta de la casa, apoyado en la jamba de piedra. De forma involuntaria y a causa de una especie de miedo inexplicable, entré corriendo en casa y me oculté tras el portón. A través de la rendija que dejaban los goznes, podía ver bien al señor Vojtíšek, que se aproximaba.
La gorra le temblaba entre las manos. No se acercaba sonriente como otras veces. Tenía la cabeza gacha y el pelo amarillento despeinado.
—Alabado sea Dios —saludó con voz normal. Al mismo tiempo su cabeza se enderezó. Tenía pálidas las mejillas y la mirada como velada por el sueño.
—Qué bien que haya venido —dijo el señor Herzl—. Señor Vojtíšek, présteme veinte mil. No tema perderlos. Los colocaré en una buena hipoteca. Tengo ocasión de comprar una casa aquí al lado, llamada El Cisne…
No acabó la frase.
Al señor Vojtíšek de pronto se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Pero yo, pero yo… —sollozó—. ¡Yo he sido durante toda mi vida muy honrado!
Con paso vacilante cruzó la calle y se dejó caer junto al muro que conducía al castillo. Apoyó la cabeza en las rodillas y lloró sonoramente.
Entré corriendo en la habitación de mis padres, temblando de pies a cabeza. Mi madre estaba junto a la ventana y miraba hacia la calle. Preguntó:
—¿Qué le ha dicho el señor Herzl?
Miré fijamente por la ventana al señor Vojtíšek, que seguía llorando. Mi madre estaba preparando la merienda, pero cada dos por tres se acercaba a la ventana, se asomaba y negaba con la cabeza.
De pronto vio que el señor Vojtíšek se levantaba despacio. A toda prisa cortó una rebanada de pan, la colocó sobre la taza de café y salió corriendo. Lo llamó gesticulando desde el umbral, pero el señor Vojtíšek ni veía ni oía. Llegó hasta él y le tendió la taza. El señor Vojtíšek la miró en silencio.
—Dios se lo pague —susurró por fin y luego añadió—: Sin embargo, ahora no puedo tragar nada.
El señor Vojtíšek no volvió a mendigar por Malá Strana. Naturalmente, a la otra orilla del río tampoco podía ir de casa en casa, pues ni la gente ni los policías lo conocían. Se sentaba en la plazoleta de Křižovnická, junto a los arcos de la Klementinus, justo enfrente de la garita de la guardia que se hallaba al lado del puente. Solía encontrármelo allí siempre los jueves por la tarde, cuando estaba libre e iba a la Ciudad Vieja a mirar los escaparates de los libreros. Tenía la gorra frente a sí, boca arriba, en el suelo, y la cabeza siempre inclinada hacia el pecho; las manos sostenían un rosario y él no se fijaba en nadie. La calva, las mejillas, las manos no brillaban ni estaban sonrosadas como antes, y la piel amarillenta se había encogido en arrugas escamosas. ¿Debo o no debo decirlo? Pero, por qué no iba a confesar que no me atrevía a pasar por delante de él y que me deslizaba siempre por detrás de la columna para poder echarle en la gorra mi paga del jueves, un ochavo, y luego salir corriendo.
Después me lo encontré una vez en el puente; un policía lo llevaba a Malá Strana. Nunca más volví a verlo.
Era una mañana helada de febrero. Fuera todavía estaba oscuro, la ventana se hallaba recubierta de hielo grueso en forma de flores, en el cual se reflejaba el destello de la estufa de enfrente. Delante de la casa traqueteó un carrito y ladraron los perros.
—Vete a buscar dos cuartillos de leche —me ordenó mi madre—, pero tápate el cuello.
Fuera estaba la lechera en la carretilla y, detrás, el policía Kedlický. El cabo de una vela de sebo iluminaba silenciosamente desde el farol de cristal cuadrangular.
—¿Cómo dice, el señor Vojtíšek? —preguntaba la lechera, dejando de remover con el cucharón. Aunque las autoridades habían prohibido a las lecheras utilizar el cucharón para batir la leche y que así pareciera que tenía mucha nata, el policía era un hombre de buen corazón, como ya he dicho.
—Sí —respondió—, lo hemos encontrado pasada la medianoche en Üjezd, junto al cuartel de artillería. Estaba completamente congelado y lo hemos depositado en la cámara mortuoria de los carmelitanos. Iba vestido solo con un abrigo todo roto y pantalones, ni siquiera llevaba camisa.
Cuentos de la Mala Strana. Jan Neruda.
menéame