En 1975 había un primer ministro de Australia que por varias razones incomodaba a la reina de Inglaterra y al presidente de Estados Unidos, Richard Nixon. El político laborista Gough Witlam había tomado decisiones osadas para el país de la mancomunidad británica y terminó derrocado hace 45 años. Es el único en la historia del país oceánico al que depuso una conspiración. La soberana imperial, Isabel II, sabía de qué se trataba. El trabajo sucio lo materializaron sus cortesanos, el MS16 – el servicio de Inteligencia inglés- y hasta la propia CIA