Sobre la cama de Marc hay un mapa del mundo. Cada país, con su bandera y un símbolo que lo representa. Quería conocerlos todos, también sus capitales. No tardó en hacerlo. Desde su almohada, si vuelve la mirada hacia la estantería, junto a puzzles, libros de dinosaurios y un ejemplar de El Principito –el niño admite que, por ahora, no le gusta mucho leer– reposa un cubo de Rubik. A los cinco años, como pasó con el mapa, ya sabía cómo resolverlo. Tampoco tuvo que recurrir a un vídeo de Youtube. No le gustan ni los móviles ni las tabletas. Tampoc