A orillas del estrecho de Malaca, donde se junta con el breve brazo de mar que separa Malasia de Singapur, se alza una isla artificial. En ella crecen los rascacielos como setas en el bosque después de una tormenta, formando un farallón de cemento de cien metros de altura que se alza de forma casi amenazadora sobre el mar. Una ciudad pensada para alojar tres cuartos de millón de habitantes y que, diez años después de su concepción, permanece casi completamente vacía...
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