El 24 de agosto de 1648, un hombre de 64 años moría en Madrid prácticamente solo y sin ruido. Se llamaba Diego de Saavedra Fajardo y había nacido en Murcia en 1584. A su muerte, pocos fueron a su entierro. Sus restos se enterraron en una tumba provisional y, finalmente, se perdieron en el olvido
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