Andrada despertó antes del amanecer, no por disciplina ni por misticismo, sino porque el sueño se le había roto a mitad. La casa estaba fría, y él caminó a oscuras como quien ya no espera nada del día. No encendió luces: la penumbra era un viejo hábito, casi un refugio.
En el espejo del pasillo vio su cara sin adornos: ojeras, piel tirante, un gesto que no sabía si era cansancio o fastidio. Se acercó un poco, como si buscara una grieta en su propio reflejo. No encontró nada. Solo esa expresión que se le había quedado pegada con los años.
—Todo esto es mío —dijo, sin fuerza, como quien repite una frase que ya no sabe si cree.
El café le quemó la lengua. No hizo gesto alguno. El dolor breve le resultaba más honesto que cualquier pensamiento.
En la oficina, el olor a cuero viejo y papeles húmedos lo recibió sin ceremonia. Nada brillaba allí. Todo tenía marcas, desgaste, polvo en las esquinas. Andrada pasó la mano por la mesa, no con cariño, sino con la familiaridad de quien lleva demasiado tiempo en el mismo sitio.
Las pantallas encendidas mostraban la ciudad desde arriba, pero él no veía mapas ni cifras: veía un cuerpo cansado, lleno de parches, respirando a trompicones. A veces pensaba que la ciudad estaba igual que él: funcionando por inercia, sin saber muy bien por qué.
—Que hablen —murmuró—. Que inventen lo que quieran. El miedo siempre hace el trabajo sucio.
La risa que le salió después fue corta, seca, como si se le hubiera atascado en la garganta. No tenía nada de teatral; era la risa de alguien que lleva demasiadas noches sin dormir bien.
En un rincón, un espejo pequeño reflejaba un ángulo de su rostro que no reconocía del todo. Le guiñó un ojo, sin saber si era burla o costumbre.
Antes de salir, apoyó la mano en el marco de la puerta. No buscó épica ni dramatismo. Solo dejó caer un susurro, casi un resto de aire:
—No olviden que yo decido cuándo termina el mundo.
Y la ciudad, allá afuera, siguió respirando, aunque con un temblor leve, como si hubiera escuchado algo que preferiría no entender.