Tras un análisis sobre la evolución de nuestra sensibilidad, surge una evidencia preocupante: nos estamos apagando antes de tiempo. La hiperconexión y el ruido digital han generado una atonía emocional, una anestesia defensiva que, para protegernos del dolor del mundo, acaba desactivando también nuestra capacidad de asombro y empatía. Frente a esta degradación, el autoconocimiento no es mera erudición, sino una herramienta de resistencia necesaria para recuperar el mando de nuestra propia vida y no ser figurantes de la ajena.
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