Respuesta corta: NO. —Finlandia, Suecia y Noruega tienen, en general, menor incidencia de catarros y gripes comunes que España, especialmente en población activa, y no porque “haya menos virus”, sino por cómo viven, trabajan y se mueven.
La clave no es el clima (que de hecho es peor), sino la estructura social y territorial.
Es intuitivo pensar:
“Hace más frío → más resfriados”
Pero epidemiológicamente es falso o incompleto.
Los virus respiratorios se transmiten sobre todo por:
En eso, España sale peor parada que el norte de Europa.
Aunque haya transporte público, no va tan saturado, hay más espacio personal y mejor ventilación
En Finlandia, Suecia y Noruega: el teletrabajo no es una concesión, es parte estructural del mercado laboral especialmente en trabajos cualificados, y como resultado, tenemos menos desplazamientos diarios, menos cadenas de contagio, menos “ir enfermo a la oficina”.
En España: presencialismo cultural, miedo al control, leyes mal diseñadas, lo que implica gente enferma viajando igual.
No existe un “Madrid de 6–7 millones drenando medio país”. Tienen varios polos medianos, empleo distribuido y administraciones descentralizadas de verdad. Eso reduce migraciones diarias masivas, megaflujos pendulares y contagios en cascada.
Y es que, a diferencia de España, la capital dominante ≠ trabajos concentrados físicamente. Helsinki, Estocolmo y Oslo concentran instituciones, empresas grandes, PIB y poder político. Pero no concentran a los trabajadores de la misma manera que Madrid o Barcelona.
La diferencia está en cómo se organiza el trabajo, no solo en dónde están las sedes.
📌 La centralidad es jurídica y económica, no residencial.
En España, la centralidad es física, si el trabajo está en Madrid, tú tienes que estar en Madrid.
No es “deslocalización”, es diseño deliberado.
En los países nórdicos, el empleo está centralizado en empresas, no en personas. En España, el empleo está centralizado en personas. Eso cambia todo: vivienda, transporte, salud, natalidad, contagios, despoblación.
Eso multiplica contagios, aunque el sistema sanitario sea bueno.
La arquitectura también contagia (o protege).
No. Se resfrían igual que cualquier humano. Pero menos veces al año, con menor propagación en cadena, con menos picos masivos.
En España es muy típico “todo el departamento cae en 2 semanas”, Eso en el norte es mucho menos frecuente.
¿Es por que también son más fríos en el trato?
En parte sí, pero conviene decirlo bien para que no suene a tópico ni caricatura. No es que “sean fríos”, es que mantienen más distancia física y menos contacto innecesario, y eso reduce objetivamente los contagios.
Vamos por partes.
En los países nórdicos es normal no tocar a desconocidos, no darse dos besos, no hablar a 30 cm de la cara y respetar el espacio personal.
Eso no es frialdad emocional, es norma cultural. Desde el punto de vista epidemiológico: menos proximidad física = menos transmisión.
En España son tipicos los besos, abrazos, palmadas, hablar alto y cerca, bares ruidosos lo que implica acercarse más, contacto frecuente incluso con conocidos “lejanos”. Resultado: más microexposiciones diarias y más cadenas de contagio.
En los países nórdicos, es mas frecuente el saludo verbal, distancia personal amplia, menos contacto físico casual y menos presión social por “ser cercano”. Resultado: menos oportunidades de transmisión.
No es el factor principal, pero suma, La distancia interpersonal ayuda, pero no es lo que más pesa.
Los factores dominantes siguen siendo:
La cultura del contacto es un factor amplificador, no el origen.
Imagina dos personas resfriadas:
El virus no “elige países”, elige oportunidades.
La lección no es: “Seamos más fríos”
La lección es: "Menos densidad forzada, menos contacto obligatorio, menos movilidad absurda."
Si en España: se descentralizara el trabajo, se permitiera teletrabajo real, se redujera la necesidad de transporte masivo, el contagio bajaría incluso manteniendo nuestra cultura social.

Cada cierto tiempo, la pregunta reaparece en nuestras discusiones. Casi siempre formulada con la esperanza de una respuesta tranquilizadora:
¿Son los demócratas de EEUU menos beligerantes que los republicanos?
La pregunta no es ingenua. Es profundamente política. Porque en ella se esconde la necesidad de creer que, al menos, existe una opción “menos mala”, una manera distinta de ejercer el poder sin recurrir sistemáticamente a la fuerza. Pero como ocurre con tantas otras cuestiones estructurales, la realidad suele ser bastante menos alentadora.
Si uno se queda en la superficie, parece que sí hay diferencias. El lenguaje cambia. El tono cambia. Incluso la escenografía cambia. Pero cuando se observa el recorrido completo, cuando se abandona el discurso y se miran los hechos acumulados, la conclusión es otra distinta.
Durante las últimas décadas, los presidentes republicanos han tendido a hablar de la guerra sin complejos. Seguridad nacional, fuerza, disuasión, excepcionalismo estadounidense. Reagan necesitó un Imperio del Mal. George W. Bush un Eje del Mal. Trump prefirió la amenaza directa, casi teatral, envuelta en el eslogan de América Primero. La guerra, en este marco, se presenta como una demostración de músculo, como una necesidad casi natural del liderazgo global.
Los demócratas, en cambio, han refinado el relato. No renuncian al uso de la fuerza, pero lo visten de legalidad internacional, de alianzas, de responsabilidad moral. Hablan de derechos humanos, de estabilidad regional, de “responsabilidad de proteger”. Clinton bombardeó Kosovo en nombre de la OTAN. Obama justificó Libia como una intervención limitada y ética.
El resultado es un curioso espejismo: parece que unos guerrean y otros gestionan. Pero es solo eso, un espejismo.
Cuando se observan los métodos, la diferencia vuelve a aparecer… y a diluirse.
Los republicanos han preferido históricamente la fuerza convencional, las invasiones a gran escala, la presencia militar visible. Afganistán e Irak son el ejemplo más claro. La guerra entendida como ocupación, como control territorial, como demostración inequívoca de poder.
Los demócratas, más incómodos con ese tipo de imágenes, optaron por otra vía: la guerra de precisión. Drones, operaciones especiales, campañas aéreas sin botas sobre el terreno. Una violencia más limpia, más tecnológica, menos visible para la opinión pública doméstica. Fue un presidente demócrata quien normalizó e institucionalizó el asesinato selectivo por control remoto, ampliando como nadie antes el uso de drones armados.

El saldo humano, sin embargo, no desaparece. Solo se vuelve más difícil de ver.
Y es aquí donde el relato partidista termina de romperse. Porque ambos partidos han iniciado guerras, ambos han heredado conflictos y los han escalado, ambos han intervenido unilateralmente cuando lo han considerado necesario. Unos con grandes invasiones, otros con campañas aéreas silenciosas. Unos con discursos grandilocuentes, otros con informes técnicos y ruedas de prensa sobrias.
El llamado “intervencionismo humanitario”, tan a menudo asociado a los demócratas, no es una alternativa real al belicismo, sino otra forma de justificarlo. Cambia la causa invocada, no la herramienta utilizada. Y cuando conviene, los republicanos también han recurrido a ese mismo argumento.
Un presidente republicano llevó a Estados Unidos a las guerras convencionales más devastadoras del siglo XXI; un presidente demócrata convirtió la guerra encubierta y permanente en una política de Estado.
Ambos fueron profundamente beligerantes. Solo eligieron formatos distintos.
Al final, como casi siempre, la clave no está en el partido, sino en la estructura. El poder ejecutivo estadounidense, el complejo militar-industrial, los intereses geopolíticos permanentes y la inercia de una superpotencia global en declive empujan en la misma dirección, gobierne quien gobierne. El presidente modula el discurso, elige el envoltorio, decide si la guerra se presenta como fuerza, como deber moral o como operación quirúrgica. Pero rara vez cuestiona el fondo.
La beligerancia estadounidense no es una anomalía republicana ni una traición demócrata.
Es bipartidista.
Lo que cambia no es la guerra, sino la forma de contarla. Y mientras discutimos si el lenguaje es más agresivo o más amable, el sistema sigue funcionando haciendo de la fuerza militar una herramienta recurrente, casi automática, de la política exterior.
Quizá la pregunta no debería ser quién es menos beligerante.
Quizá la pregunta correcta sea por qué ninguno deja de serlo.
Pues eso, el tan aclamado libro "El fin de la historia", y su tesis principal, queda desmentido: la democracia liberal, no será el último regimen hegemónico global, sino que claramente lo van a ser los totalitarismos nacional-capitalistas.
Lo único bueno es que él está siendo testigo de ello.

Hacer un poco de sociología de los "reyes magos" es hacer un poco de sociología de la religión misma. De hecho, los "reyes magos" nos ofrecen un elegante botón de muestra de que la religión es una puta pura mentira, no solo en un sentido de "mentira científica", que también, sino además en un sentido de "mentira para manipular".
Si uno se retira lo suficiente a ver el bosque y se pregunta por qué los "reyes magos" aparecen en la biblia, rápidamente repara en la lógica intencionalidad de los líderes religiosos para introducirlos en su cuento. Pregúntatelo tú mismo: ¿por qué un líder religioso supremo, Jesús, se inventaría un cuento de que él es líder por derecho divino, y de que otros líderes políticos supremos de algunos países, los tres reyes magos, van a adorarle a él?
En efecto: es el Vaticano diciéndonos que él es rey de reyes, y los reyes son vasallos suyos.
Y aunque, técnicamente, los reyes magos no existen, pues en Mateo 2:1-12 no se dice que fueran reyes, solo que eran magos, y tampoco se dice que fueran tres, solo que llevaban oro, incienso y mirra, tenemos a:
Salmos 138:4, "Dios mío, ¡grande es tu poder! Te alabarán los reyes de este mundo cuando escuchen tu palabra y sepan todo lo que has hecho."
Salmos 2:10-12, "Ustedes los reyes, pónganse a pensar; déjense enseñar, gobernantes de la tierra. Adoren a Dios con reverencia; y con alegría ríndanle culto. Adoren a Dios, para que no se enoje, pues fácilmente se enfurece, y podría quitarles la vida."
Salmos 68:29, "Dios mío, por causa de tu templo los reyes te traen regalos a la ciudad de Jerusalén."
Daniel 6:25-26, "Entonces el rey Darío escribió un mensaje para todas las naciones y los pueblos de su reino. Ese mensaje decía: «Con mis deseos de paz para todos, ordeno a los habitantes de mi reino que adoren y obedezcan al Dios de Daniel. Su Dios vive para siempre, y su reino nadie puede destruirlo. Su poder será siempre el mismo. "
Los antiguos monarcas europeos, no transigiendo con este cuento de tener que someterse a un "papa", se inventaron su propio cuento, y fue así como nació el "derecho divino" por el que los monarcas europeos también se autoproclamaban y autorreivindicaban como reyes y mesías.
La felicidad no es un refugio, ni una placenta. Es un placebo con pinchos. La felicidad es una sala de tortura. ¿Por qué del temor a los dioses en las antiguas religiones hemos pasado hoy a tener miedo a todo y de todo, sin excepción? Porque hoy todo se ha divinizado, y absolutamente todo lo que nos rodea se ha convertido en una divinidad incuestionable, intocable y sagrada, a la que hay que someterse por respeto total hacia ella. Los animales son dioses, las lenguas son divinas, los pueblos son sagrados, los sentimientos son intocables, las opiniones son dogmas, las ideologías son imperativos incuestionables, las emociones exigen devoción, la fe impone sumisión absoluta, y si todo esto no te hace feliz, es porque eres un hereje, incapaz de comprender que vives en un mundo perfecto, en el que no tienes ninguna razón para protestar. Está prohibido ser infeliz. Una ley no escrita —todavía— te lo advierte, de forma cada vez más imperativa y menos silenciosa. Ser infeliz te convierte en sospechoso de disentir con el sistema. Tal vez, incluso, en algo peor: en un enfermo mental. El sistema tratará de «curarte». Imagínate cómo.
La ley te la dictan y escriben con ladridos de perro, pero tú a un can no podrás levantarle la voz, porque no está permitido herir su sensibilidad. Ladridos, sí; petardos, no. A ti te pueden molestar; a tu mascota, no. Se nos exige vivir en los extremos de la realidad. En los más extremos, ruidosos e irracionales contrarios. Y ser feliz es obligatorio, aun cuando no haya ninguna razón para ello. Evidentemente, así no se puede vivir. Tampoco en un manicomio. Y, sin embargo, hoy, nuestras sociedades occidentales parecen haberse convertido en un manicomio de puertas abiertas. Abiertas, sí, hacia ninguna parte. El mundo se ha convertido así en algo insufrible e incompatible con la cordura animal y humana. El mundo del siglo XXI es un laberinto lleno de locos. Y nosotros estamos dentro de ese laberinto. Algunos lo llaman democracia; otros, totalitarismo. Acaso ambos tengan razón, y la única diferencia sea la perspectiva o el punto de vista que contempla una misma realidad, laberinto o manicomio, totalitarismo o democracia.
A las personas que viven obsesionadas con un ideal —ajeno a la realidad—, un ideal con frecuencia avalado por un gremio religioso, filosófico o ideológico, que hace de la felicidad bandera, les resulta muy difícil ser tolerantes con las ideas de otras personas. El ideal puede ser la felicidad, pero puede ser también cualquier otro imperativo dominante: la solidaridad, el animalismo, la libertad, el cambio climático, la izquierda o la derecha, el feminismo, la cultura, el poshumanismo, la güija o la sopa de ajo, la fe en esto o en aquello o simplemente la vida cartuja. El problema surge cuando, en nombre de un ideal, no se permite a los demás vivir en la realidad. El respeto es el reconocimiento de lo diferente en condiciones de superioridad. En condiciones de igualdad, se llama prudencia. Y en condiciones de inferioridad es, directamente, obediencia y sumisión.
menéame