El artículo deja claro algo que muchas feministas llevamos tiempo diciendo: a las mujeres se nos escucha menos en la sanidad. El caso de la mujer de 79 años lo demuestra. Mientras al hombre, con síntomas de ictus, le hacen pruebas tras la insistencia del acompañante, a ella la mandan para casa con otro antibiótico que ya había tomado sin éxito.
Esto no es casualidad. A las mujeres nos suelen minimizar los síntomas, y eso retrasa diagnósticos y agrava problemas de salud. No es que los médicos lo hagan a propósito, es que la medicina ha usado durante años al cuerpo del hombre como modelo, dejando a las mujeres en segundo plano.
El artículo critica la sanidad privada, pero esto pasa también en la pública. Da igual si hay negocio o no, si no hay perspectiva de género, seguiremos recibiendo un trato desigual.
La solución pasa por formar al personal sanitario y cambiar la forma de entender la medicina. No pedimos privilegios, solo que se nos escuche y se nos trate con la misma seriedad. Porque, como bien se ve aquí, a veces esa diferencia puede costar la vida.