Sabemos que no se trata de demonizar las pantallas —ese discurso está agotado—, pero tampoco sirve el elogio ingenuo del acceso ilimitado al conocimiento. Hay que aceptar una verdad incómoda: que la tecnología educa con nosotros. Un algoritmo puede responder en un segundo, pero necesita que alguien —un padre, una madre, una maestra, un adulto que le cuide— enseñe a un niño a preguntarse por qué esa respuesta merece ser creída.
|
etiquetas: educación , ia , pantallas , niños , padres , tecnologia