Las palabras se descargan por el mal uso. Pierden su potencia cuando se emplean de forma imprecisa, malgastando el valor semántico que atesoran. De potentes armas para el debate devienen en meras muletillas que sirven para todo y, por lo tanto, para nada. En España, país experto en todo tipo de chapuzas -también lingüísticas-, lo comprobamos con una de las palabras de moda: facha.