El silencio ocupaba el cuarto y tan solo la respiración entrecortada del crío hacía de metrónomo. Este descansaba tranquilo, caliente y confortable. Con el rostro sobre la almohada, de lado y con las piernas ligeramente flexionadas. Con las caricias de una madre que describía con la yema de sus dedos una discreta curva sobre la mejilla de su hijo. Con los labios del padre reposando sobre su frente. Tenía los ojos cerrados, intentando no abandonar jamás ese momento. Un nido de tres cuerpos que intentaba ser infinito e imperturbable.