En pocos días se han cruzado dos declaraciones. Por un lado, Sam Altman extrañado por las críticas al gasto energético que supone entrenar un modelo de inteligencia artificial cuando entrenar un humano cuesta 20 años y mucha comida. Por otro, las que recogía el NYT de Jensen Huang y otros, lamentando que la narrativa anti IA domine las conversaciones, lo que frena las inversiones y anima las regulaciones.
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