A las 6:50 a. m. (hora del Este en EEUU) de hoy, se compraron contratos de futuros del S&P 500 por un valor nocional de 1.500 millones de dólares.
Esta operación fue tan grande que hizo subir el índice entero un 0,3 % en ese minuto.
Luego, 14 minutos después, a las 7:04 a. m., el presidente Trump anunció que había “conversaciones productivas” en marcha con Irán.
A las 7:10 a. m., el S&P 500 había añadido 2 billones de dólares en capitalización bursátil.
Esa posición de 1.500 millones de dólares ganó 60 millones en cuestión de minutos.
Absolutamente increíble.

Pero hay otra razón: la ciencia es más que un conjunto de conocimientos; es una forma de pensar. Tengo el presentimiento de una América en tiempos de mis hijos o nietos -cuando EE.UU sea una economía de servicios e información, cuando casi todas las industrias manufactureras importantes se hayan desplazado a otros países; cuando los increíbles poderes tecnológicos estén en manos de unos pocos y nadie que represente al interés público pueda incluso entender las cuestiones; cuando la gente pierda la habilidad de establecer sus propias prioridades o de cuestionar con conocimiento a quienes tienen autoridad; cuando agarrando nuestros cristales y consultando nerviosamente nuestros horóscopos, nuestras facultades mentales ya en declive, incapaces de distinguir entre lo que se siente bien y lo que es verdad, nos deslicemos, casi sin darnos cuenta, de nuevo hacia la superstición y la oscuridad. La estupidización de EE.UU se hace más evidente en el lento declive de contenido sustancioso en los enormemente influyentes medios, los fragmentos de sonido de 30 segundos (ahora reducidos a 10 segundos o menos), programación para el mínimo común denominador, presentaciones crédulas sobre pseudociencia y superstición, pero sobre todo una especie de celebración de la ignorancia.
Carl Sagan, El mundo y sus demonios, 1995.
menéame