Eran las 2:00 de la mañana cuando un proyectil cayó en su departamento. "La onda explosiva me tiró contra la pared", recuerda Wilman González. Tirado en el suelo, abrió los brazos mirando al cielo y se despidió: "Dios, perdona todos mis pecados". En ese instante, recuerda, "sentí que había muerto". Momentos después se dio cuenta que tenía enterrada en su cara una astilla de madera que se había desprendido de la puerta. "Como pude me la saqué y fui a atender a mis hermanos que estaban aturdidos por el impacto"
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