Adelantándome al albor que entra por la ventana, tomo con mi mano el estrecho que conforman tus muslos. Caliente, como el viento de levante entre Tánger y Tarifa.
Desde el este te levantas y trazas la misma trayectoria que el sol, alzándote sobre mí. El único cabo suelto lo guías a buen recaudo. Comienza el terremoto y le siguen réplicas exactas que sacuden los montes y el oscuro Delta del Okavango. El Río Amazonas.
Ningún cabo suelto ni golfo por explorar.