Eramos una extraña pareja. Yo llegué a las fuerzas de interposición empujado por el hambre, él por unos ideales. Yo era apateísta, él era creyente devoto. Lo suponía un fanático que poco ayudaría a apaciguar el conflicto. Pero me cayó bien. En las largas noches de guardia era un conversador culto e interesante. Cuando le preguntaban, invariablemente, contestaba que hablábamos sobre lo humano y lo divino. Hasta que llegó esa noche en que nuestra mera interposición no fue suficiente. Las dos fes chocaron ciegamente; las dos divinidades se mostraron en toda su gloria de muerte y destrucción.
Pese a la oscuridad y el humo pudimos ver el origen del llanto, una niña pequeña, maltrecha y expuesta. Mientras la protegía cubriéndola con su cuerpo, pude ver lo diferentes que eran. Esa noche, lo último que hizo fue poner lo humano primero.