Los puentes no eran simples infraestructuras de paso; eran la extensión orgánica de la ciudad, un suelo ganado al abismo donde la vida se apiñaba con una densidad asfixiante. Imaginen caminar por una calle estrecha, flanqueada por casas de cuatro o cinco plantas que se inclinan sobre sus cabezas, mientras bajo sus pies escuchan el rugido constante de una corriente de agua que amenaza con tragárselo todo. Bienvenidos al mundo de los puentes habitados.
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