Antaño, la guerra era un asunto de caballeros (o al menos, eso intentaban aparentar). Si un país quería invadir al vecino, enviaba un telegrama formal o un ministro se presentaba en la embajada para pedir el pasaporte del embajador enemigo, revocando su inmunidad diplomática. Era el equivalente geopolítico a tirar el guante en un duelo.
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