Parecía un truco de magia. Empezó con una declaración de intenciones. Y todos nos reímos. Unos decían: menudo loco; otros, menudo imbécil. A la declaración de intenciones siguió una orden escueta, poco tranquilizadora: asesinen a todos los que nos vistan como yo. Seguimos riéndonos. Dijimos: pero quién va a hacer caso a la primera tontería. Entonces, llegó el primer tiro. Se hizo un absoluto silencio. Todos teníamos miedo a salir a la calle, así que decidimos quedarnos en casa. Encendimos la televisión y allí, estaba, en absolutamente cualquier canal que existiera. Decidió autonombrarse emperador y, a día de hoy, todos levantamos el brazo a su paso, todos gritamos César cuándo nos dice qué debemos hacer.