Las reinas medievales tenían muchas responsabilidades. Debían ser símbolos de paz, y la elección de su esposo a menudo tenía como objetivo poner fin a las guerras o consolidar alianzas; debían interceder por los necesitados, obteniendo indultos para los criminales; debían ser caritativas con los pobres; mecenas de artistas, escritores y arquitectos; y apoyar a sus maridos en su difícil tarea como gobernantes. Pero, sobre todo, debían tener herederos. Este último papel resulta especialmente relevante al analizar las acciones de Enrique VIII
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