La luz submarina, difusa y verdosa, apenas iluminaba la forma monstruosa que yacía en el lecho arenoso del Sund. Los focos de los arqueólogos del Museo de Barcos Vikingos de Roskilde barrían una estructura que desafiaba, por sus dimensiones, todo catálogo conocido de arquitectura naval medieval. Tras seis siglos de olvido, las aguas entre Dinamarca y Suecia devolvían al presente un coloso: los restos de la coca más grande jamás documentada en el mundo, un buque de carga cuyo porte redefine la escala del comercio marítimo en la Baja Edad Media.