Durante la posguerra, la provincia de Alicante se pobló de cárceles improvisadas para acoger a los miles de refugiados del puerto y a los miles de detenidos en la capital y en los pueblos en los días siguientes. En la ciudad de Alicante se habilitaron cines para acoger a las mujeres y los niños; la plaza de toros de la ciudad se convirtió en un gran y caótico recinto carcelario, los dos castillos de la ciudad -el de Santa Bárbara y el de San Fernando- se convirtieron en inmensas mazmorras.
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Iglesia- se imponía el control de la vida privada y de la moral ciudadana. En el
verano se daban normas estrictas de moralidad para los bañistas y para los bailes,
y hasta pasear con la novia en actitud algo cariñosa podía ser interpretado como
una provocación a la moral pública; se sometía a estricta censura los cines y
espectáculos públicos; desde los bandos municipales se prohibían las expresiones
malsonantes. Se ordenaba
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