La jauría humana

Lillian Hellman, guionista de una de las mejores películas que se han rodado sobre violencia social, "La jauría humana", escribía: "Acostumbramos a creer que el salvajismo sólo anida en países lejanos. Que la psicopatía es sólo una cuestión excepcional, una portada en un periódico de sucesos. Pero hay mucha locura en los hechos puntuales y aparentemente inocentes de la gente. En ese señor que trata mal al camarero. En esa señora que pega a su hija. En ese anciano que pide la pena de muerte para ese negro. En ese chico de la gasolinera que te mira mal por ser judío. La Alemania nazi no fue una casualidad y discúlpenme si les digo que podría ocurrir prácticamente en cualquier lugar".

"La jauría humana" es una historia de degradación moral, magníficamente radiografiada a través de los personajes de un pequeño pueblo de Texas en plena fiebre del sábado noche. Lucha de clases, envidias, crisis matrimoniales, culto al dinero y un suceso turbio que acaba prendiendo la mecha del lado más oscuro y degradante del ser humano. Todo un pueblo en contra de un sheriff honesto (maravilloso Marlon Brando), que se ve abocado a enfrentarse, completamente solo, a la maldad de la multitud, una turba compuesta por locos, por criminales, pero también por personas normales con vidas normales. Obreros, niños, abuelos, pescateros, amas de casa o carteros mostrando toda esa perversidad que se esconde en los lugares más insospechados.

Matt Groening (creador de Los Simpsons) y Greg Daniels (jefe de guion de las primeras temporadas de la misma serie) se declararon fans absolutos de esta obra maestra del director Arthur Penn, una admiración que trasladaron en varias ocasiones, con esa archiconocido fotograma de la turba sprignfieldiana armada con antorchas de fuego.

Quiero entender qué es lo que lleva a la gente a pedir en masa un cambio de leyes cuando resurge el olor del morbo y la violencia atroz. Esas jaurías humanas que piden sangre por el caso del Pececito o los hijos de Jose Bretón y que chapotean en el morbo y en cada uno de los detalles escabrosos del crimen, pegados a la tele y trasegando su ira entre anuncios de perfumes y tomate frito.

Personas que piden endurecimiento de las leyes pero obvian la parte más esencial para evitar todos esos actos miserables: luchar contra la desigualdad social (rebajaría las situaciones de miseria que llevan a una persona a robar), educar en la igualdad de género (rebajaría enormemente las violaciones y agresiones sexuales), invertir en protección social (evitaría infanticidios), etcétera. Y no sólo lo obvian, sino que votan siempre a partidos que precisamente abogan por todo lo contrario.

La explicación es sencilla: a esa tipología de personas no les interesa tanto que esas cosas se eviten, como poder darse el gusto de aplicar un castigo. El poder entrar a una red social y decir todo lo que le harían si lo tuviesen en sus manos. Su ira no podría desatarse si estos actos terribles no se produjesen y, por tanto, sus instintos más primarios sólo encuentran cobijo en aquellos partidos que defienden el castigo. Porque creen que la única forma de que exista el bien es contraponerlo al mal, porque creen que la única forma de defender el bien es aplicando el mismo mal que un violador o un criminal ha producido. El tranquilizador ojo por ojo.

En mi opinión, y retomando a Lillian Hellman, esa gente no se diferencia en exceso de aquellos a los que odian. Son esa clase de personas que dan los primeros pasos hacia la violencia cuando se impone un estado de impunidad, como cuando el partido nazi ganó sus primeras elecciones en los años 30 y comenzaron las palizas a los judíos como síntomas iniciales de la catástrofe. Millones de alemanes, de personas normales, de gente que años antes tan solo llevaban una vida estándar, convirtiéndose en abusones sin escrúpulos, en chivatos, en asesinos.

Vivimos rodeados de grandes personas, de gente que merece la pena conocer, pero también vivimos rodeados de miserables, de personas sencillamente malvadas que, ya sea por ignorancia o por pura sociopatía, gozan como cerdos en el barro de la desgracia ajena y dotan de sentido a sus raquíticas vidas interiores con el ruido del sufrimiento y el olor de la sangre. "La maldad-concluía Hellman-no es menos maldad porque permanezca escondida o porque su mecha nunca llegue a ser prendida. No se necesita valentía para ser malvado, tan solo un suceso o un contexto que permitan al malvado sacar todo ese odio y violencia que lleva escondidos dentro".

Convendría no olvidarlo en estos tiempos que corren.