Detesto la simetría

Llevaban un rato sin hablar. Fuera llovía de esa manera gris y continua que hace que la tarde parezca más larga de lo que es.

—Buñuel decía que detestaba la simetría —dijo uno de ellos, sin venir demasiado a cuento.

Nadie preguntó por qué lo decía. Tampoco hacía falta.

—Tiene sentido —respondió la otra después de un momento—. La simetría cierra el espacio antes de que nadie entre en él. No deja sitio para nada que no estuviera ya previsto.

—Como las películas de ahora —dijo el tercero, que hasta ese momento había estado mirando por la ventana—. Todas con el mismo color. Ese gris verdoso, ese azul frío. Villeneuve, que te veo. Puedes ver la corrección. Notas que alguien ha pasado horas asegurándose de que nada salga mal.

—Y por eso se parecen tanto entre sí. Lo mismo ha pasado en Instagram con el rollo digital. Durante años todo el mundo con la misma paleta, el mismo grano simulado, el mismo preset de película analógica aplicado a una foto hecha con un móvil de última generación. La imperfección como filtro. El error como cosmética.

—Que no es lo mismo.

—No es lo mismo en absoluto. Porque el error de verdad no se elige. Aparece. Y cuando aparece te descoloca, te obliga a parar un momento. El preset solo confirma lo que ya esperabas ver.

Hubo una pausa. Alguien sirvió más café.

—Lo curioso —continuó la primera— es que al mismo tiempo han ido apareciendo cosas que van en dirección completamente contraria, y esas sí que tienen algo distinto. El glitch, el vaporwave. Toda esa gente que trabaja con formatos rotos, con señales degradadas, con lo que se supone que hay que tirar.

—El vaporwave es interesante porque no es solo nostalgia —dijo el tercero—. Es retrofuturismo, que es otra cosa. La nostalgia mira al pasado con melancolía. El retrofuturismo mira al pasado para rescatar sus errores de predicción: los futuros que no llegaron, las promesas que se quedaron a medias, las estéticas de lo que iba a ser y no fue. Hay algo casi arqueológico en eso. Desenterrar los glitches del tiempo.

—Y esos glitches del tiempo son exactamente eso: errores. El futuro que imaginaron los años ochenta era un fallo de cálculo sobre lo que vendría. Un error de predicción masivo y colectivo. Y el vaporwave lo toma como material, no para corregirlo sino para habitarlo.

—Como si el error fuera más honesto que la realidad que vino después.

—O más fértil, al menos. Que es lo mismo que pasa en biología. Los errores de copia en el ADN no son anomalías del sistema. Son el sistema. Sin mutación no hay variación, sin variación no hay selección, sin selección no hay nada que se adapte a nada. Todo lo que existe es el archivo de los fallos que funcionaron. La evolución no avanza a pesar del error; avanza porque el error es el único mecanismo que introduce algo genuinamente nuevo.

—Y sin embargo seguimos tratando el error como vergüenza —dijo la otra—. Se mide, se penaliza, se oculta. Como si corregirlo todo fuera la condición del progreso, cuando en realidad es justo al revés. Un sistema que no tolera ninguna desviación se vuelve frágil. No aprende. Solo repite.

—El jazz sabía esto hace cien años —dijo el que miraba por la ventana—. La cerámica japonesa también. El wabi-sabi es una teoría del error como condición de la belleza. Una grieta no es un defecto, es la prueba de que algo ocurrió.

Otro silencio. Este más largo.

—Por eso funciona la improvisación —dijo alguien—. El teatro de grupo, la deriva, caminar sin saber adónde. No es que no haya estructura. Es que la estructura no aplasta el proceso.

—Es una forma de estar —dijo la primera, despacio—. No de no-estar. De estar de otra manera. Sin ocupar todo el espacio, sin anticipar cada movimiento, sin cerrar las posibilidades antes de que aparezcan. Estar abierto, pero de verdad: de una forma que no te quite grados de libertad a ti ni se los quite a los demás.

—Como escuchar de verdad, en lugar de esperar tu turno para hablar.

—Exacto. O como caminar sin destino y que eso no sea una pérdida de tiempo sino otra forma de percibir. Estar disponible para lo que aparezca sin forzarlo, sin nombrarlo demasiado pronto. Porque en el momento en que lo nombras ya lo has cerrado un poco.

El que había estado mirando por la ventana se giró.

—El error no va a pasar de moda. Los sistemas siempre van a intentar cerrarse. Y mientras lo hagan, va a seguir habiendo fugas. Gente que trabaja con lo que sobra, que construye con lo que nadie quería. No como rebeldía. Solo porque ahí, en esas costuras, es donde las cosas todavía pueden sorprender.

Nadie añadió nada. El que había estado mirando por la ventana volvió a mirar por la ventana. La otra cogió su taza con las dos manos. El tercero se quedó con la frase a medias, como quien guarda algo sin saber todavía para qué.

Fuera seguía lloviendo.