Atland, El encantador de las cumbres

Atland o Asland, así le llamaban los habitantes del pirineo aragonés. Su aspecto era el de un anciano de larga barba blanca, que recorría los valles del pirineo y ayudaba a sus habitantes con su sabiduría, destacaba su conocimiento de las hiervas, ayudaba a sanar a sus gentes, y sobre todo les enseñaba el respeto a la naturaleza y a los animales.

Muchos cuentan que descendía del pueblo de los Atlantes extinguido eras ya, otros que era el hijo del temible dios Balaitus y de una joven del pirineo de la que Balaitus se encaprichó y abandonó. Pero nadie sabe a ciencia cierta de donde vino, durante generaciones todos lo conocieron como un anciano, con el mismo aspecto siempre, que recorría los valles para ayudar a los pobladores. Su morada en esos tiempos fue la de cabañas hechas con piedras y ramas, hasta que algo cambió.

Atland desaparece, ya no baja a los valles. Sus moradas de piedra y ramas se van a tierra por el abandono. Los pastores que solían visitarle, después del deshielo, cuando subían sus rebaños al monte en busca de pastos frescos; No encuentran ningún rastro de él. Al mismo tiempo una niebla (Boira) empieza cubrir todo el valle de Ordesa de tal espesura que ningún ser humano se atreve a adentrarse en ella. 

 Van pasando los años y las historias se convierten en leyendas, la gran niebla que cubre Ordesa ya es conocida por el resto de los valles pirenaicos. Algunos jóvenes de las montañas tratan de adentrarse en Ordesa como símbolo de valentía, pero no todos regresan. Cuanto más te acercas a Monte Perdido más posibilidades tienes de no encontrar el camino de vuelta. Los jóvenes se encordaban unos a los otros, para no perderse, ya que no hay visibilidad a más de un brazo de distancia…

Pero un día sin más, la niebla desaparece, y lo que es más extraordinario los jóvenes desaparecidos, aparecen en el valle, todos cuentan la misma historia. Que se quedaron dormidos del cansancio de deambular en la niebla, y que acababan de despertar. El tiempo no había pasado para ellos, no les había crecido la barba ni les habían salido arrugas a pesar de los años.

Una partida de cazadores y ganaderos subieron a explorar, marcándose como objetivo la montaña perdida. Las más sagrada de todas. Se asombraron de la belleza del valle, pues hacía años que nadie contemplaba tan magnifico paraje. Pero no vieron nada raro. Solo ese lugar tan hermoso. 

Después de este extraño año llego la nieve, y después de la nieve llego el deshielo, con él, subieron los pastores a las faldas de las montañas, para que los animales comiesen los frescos pastos. A la vez que estos subían bajaba un anciano, como el de las leyendas de sus abuelos, con unas largas barbas blancas, recorriendo los pueblos uno a uno para ayudar a quién padecía enfermedad o necesitaba consejo. Antes de que cayesen las primeras nieves, mientras los pastores bajaban a guardar el rebaño, al valle, el anciano subía para desaparecer en el invierno, en Monte Perdido. Así año tras año, generación tras generación…

 Pronto empezaron los rumores, y cuando bajaba el anciano, los jóvenes subían a la montaña en busca de la morada del anciano, donde pasaba los largos inviernos pirenaicos. Muchos de ellos creían que el anciano guardaba un inmenso tesoro en la montaña, y la verdad es que no estaban tan alejados de la realidad. El problema es que ninguno conseguía encontrarlo, hasta que un joven de una aldea cercana al valle que pastoreaba unas cabras, digamos que encontró el tesoro.

Hay una segunda parte de la leyenda de Atland, el venerable, el sabio, el guardián de la antigua religión, el encantador de cumbres, el hijo de atlantes, el medio dios, el siempre viejo, el mago de la montaña, el protector…

 Atland antes de que desapareciese por primera vez recibió la misión de construir con su sabiduría y sus artes mágicas un gran palacio, el más bonito de todo el mundo, hecho con grandes cristales y rodeado de hermosos jardines, para servir al propósito de ser punto de encuentro de humanos y dioses. Pero con una condición, solo aquellos hombres con el alma pura podrían ver y acceder al palacio. Así los dioses del pirineo y los humanos tendrían un lugar de encuentro para debatir y compartir preocupaciones y conocimientos. Debía estar entre los dos planos, el terrenal y el mágico, por lo que solo se podía acceder a él a través de un caballo alado que poseía Atland.

 Cuando el pastor descubrió el palacio, se quedó tan anonadado que no sintió la presencia del anciano Atland - ¿Qué vés?

El joven montañés pego un brinco y echo a correr lo más lejos posible durante kilómetros, hasta que agotado, se tumbó en el suelo y se durmió.

 Cuando abrió los ojos, se dio cuenta que no estaba en ningún sitio en el que había estado anteriormente, las paredes eran de piedra blanca, pulida como nunca la había visto. Había plantas y enredaderas por todas las estancias del palacio. Salió al balcón y vio un inmenso jardín poblado de innumerables animales que no había visto en su vida; Caballos alados, dragones, grifos, hipogrifos, unicornios... Atland se le acerco con una bandeja de comida, convidándole a sentarse; Le empezó a contar toda la historia del palacio, de cómo solo los puros de corazón podían acceder a él. Durante años, él había sido el único que había conseguido ver el palacio. Podía quedarse el tiempo que hiciera falta e instruirse en las materias que le resultaran interesantes antes de bajar al valle. Que no se preocupase por su familia por que el tiempo dentro del palacio funcionaba diferente al exterior, aunque para él pasasen años, en el plano terrenal solo habrían pasado unos minutos.

Allí se instruyó durante años, conoció a los dioses que habitan en el pirineo, que pasaban de vez en cuando por el palacio de Atland. Y él seguía sin envejecer a pesar de los años que llevaba encerrado en el palacio. Nunca llegó a sentirse completamente bien allí, cada vez que cerraba los ojos, lo único que aparecían eran los recuerdos del valle, de la casa, de la familia, los amigos… que se habían quedado idealizados en la memoria.

Un día se envalentonó y le pidió permiso a Atland para volver. El anciano lo miró y le dijo que muy bien, pero recuerda, solo los puros pueden regresar y ver de nuevo el palacio, mantente puro y vuelve. Atland le dejó su caballo alado para que bajase al valle.

 Que decir que cuando volvió a la aldea e intento contar lo que vio, nadie le creyó ni siquiera su familia, todos le tomaron por un loco, nadie más podía ver el palacio de monte perdido excepto él. La gente del pueblo se empezó a meter con él, a insultarlo, a decirle que no estaba bien de la cabeza, se sentían intranquilos a su lado, ya que no era el mismo que partió con las cabras el día de antes, sus ojos y palabras albergaban sabiduría, y eso les asustaba, algo había cambiado. Después de las burlas, el pastor empezó a albergar otro sentimiento dentro de él, desprecio y odio. Y tomo la decisión de volver al palacio. La aldea ya no era su lugar, pero esta vez no encontró el palacio, su corazón ya no era puro. Había sido corrompido, mientras retuviese desprecio y odio no podría volver.

Ya no volvió a casa, se dedicó a vagar por los valles pirenaicos. Ayudando con sus conocimientos a las personas que se encontraba enfermas en su camino, enseñando sus conocimientos a quién quisiera aprender. Pero no todo fue bueno, ya que en cuanto se emborrachaba con los lugareños, empezaba a contar las historias de Atland, de su palacio en la montaña, de sus caballos alados y sus dragones, de su grandioso tesoro… Y estas historias viajaron entre los valles. Hasta que llegó a los oídos de un habitante del valle al que todos temían; El gigante Netú.

 Netú es uno de los cientos de gigantes que pueblan el pirineo, pero como los seres humanos hay gigantes de buen corazón y gigantes de mal corazón, el corazón de Netú estaba completamente podrido por la avaricia, se dedicaba a robar aldeas, asaltar caminantes y acumular riquezas en su refugio en las montañas. Cuando escuchó las historias del enorme tesoro que había en un palacio de Monte perdido, no se lo pensó dos veces, cogió todas las armas que tenia en su refugio, y emprendió el camino hacia Ordesa.

Como es de esperar Netú se pasó días buscando sin éxito el palacio de Atland, ya que solo los puros de corazón pueden verlo. Lo que si que podía observar Netú era como un anciano sobrevolaba una y otra vez con un caballo alado el Monte Perdido. Netú se escondió en la espesura del bosque y saco su enorme arco con una flecha envenenada. Esperó a que Atland se le pusiera de nuevo a tiro, y en cuanto lo vio salir de nuevo entre las nubes, la flecha surco los aires y dio en el objetivo.

El caballo alado, en cuanto se recompuso del impacto se llevó el cuerpo malherido del mago más allá de las Tres Serols, donde el malvado gigante Netú no les pudiera alcanzar. Y volvió a nevar y después de la nieve, vino el deshielo, así una y otra vez, año tras año, siglo tras siglo, pero el anciano de la montaña nunca volvió al valle.

La gente del valle dice que si tienes la suerte de subir a monte perdido cuando aún tienes el corazón puro, puede verse los restos abandonados de un palacio en las laderas del monte.

 La historia de Netú el gigante malvado, continua, pero esa ya es otra historia…. Y si os ha gustado esta historia, os la contaré pronto algún día.