Miles de personas en España se levantan cada día dos horas antes de lo que les correspondería. Si entran a trabajar a las ocho, es probable que su despertador suene a las cinco de la madrugada. También es posible que hayan tenido que ajustar el reloj para que la alarma rompa el silencio en mitad de la noche. Del mismo modo, antes de irse a la cama, deben llevar a cabo un ritual. No pueden ir al cine, tampoco a restaurantes. Su vida social está fuertemente limitada por una enfermedad respiratoria.
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