Todología con los 12 monos
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El láser antes de Cristo

El láser antes de Cristo

De vez en cuando me entretiene hacer un poco de abogado del diablo y viendo este hilo me parece una ocasión oportuna:

La frase que desata ese sentimiento ancestral de que los impúberes de la próxima generación llevan el mundo directo a la catástrofe, (que ya se retrataba en proverbios de hace dos milenios, al final acertarán), es la siguiente:

"En la Gran pirámide han encontrado unos bloques de mármol que estaban trabajados con láser y no había láser antes de Cristo."

No está tan mal, no está mal haber oído campanas sin saber exactamente dónde, más si uno no se dedica a un tema particular. Me fascina especialmente como una colección de afirmaciones erróneas puede construir un significado a la postre verdadero.

Vale la pena disertarlo. Hasta donde yo sé jamás se ha encontrado un solo bloque de mármol en la gran pirámide: granito en el interior, calcárea en el exterior y un revestimiento perdido excepto los restos en la cúspide, del que la pirámide roja aún guarda algunos bloques en su base. Y nada de mármol, si había se lo llevaron o es un gusto tal vez posterior, más grecorromano.

Además, la gran pirámide es conocida por no presentar en su interior inscripciones jeroglíficas. O sea que "trabajados" en cuanto a inscripciones, difícilmente. Tan sólo cuatro caracteres sobre la entrada, bastante toscos, cuyo origen se desconoce, y las denominadas "marcas de cantería" en las cámaras de descarga por encima de la "cámara del rey", aderezadoas con "graffitis de turistas" del siglo XIX. Y probablemnte restos de excrementos de murciélago. que explica el olor acre que describen quienes han entrado.

No merece la pena abordar aquí la cuestión de la datación, que se sostiene fundamentalmente mediante esas "marcas de cantería" halladas por el coronel Vyse, que se abrió paso a golpe de dinamita. Los británicos suelen decir que si las pirámides no están ahora en Londres es porque pesaban demasiado.

Luego, volviendo a la cuestión, ni mármol, ni láser, que se sepa. Ahora bien, lo más seguro es que haya visto algún video, probablemente corto, donde se enfatiza la precisión de la manera de trabajar la piedra en la antigüedad y de algunos detalles en particular. Y ahí no sólo acierta, si no que demuestra que el trabajo de las generaciones anteriores tiene efecto en las siguientes. O en otras palabras, que nuestras acciones tienen eco en la eternidad. Que los que quieren convencernos de que no se puede cambiar el mundo son aquellos que no lo quieren cambiar.

A mí me parece imposible verlo como una mala noticia. Hablar de cortes "con láser" o "con precisión de láser" no es nada extraño para cualquiera que haya podido examinar algunas construcciones antiguas con detalle. Me divierte ver como algunos que hoy se yergen orgullosos en su supuesta solvencia intelectual mañana serán vistos como aquellos primeros británicos que recibieron noticia de las pirámides y aseguraban que sin duda se trataba de formaciones naturales. Esa situación, atestiguada en la literatura de la época, a mi juicio no se explica con la mera estupidez.

Hay que saber cómo se ha construido la historia, pero para ir rellenando ese eje cronológico que es el relato que nos contamos hace falta tiempo. Al principio las referencias son escasas y con los años y las lecturas se van ampliando. Pero viéndolo con cierta distancia el láser es DC y no AC, en principio. Así que la idea que transmite, por más imprecisones y brocha gorda que la sustenten, es correcta.

Lo jodido es ver ahí decadencia en vez de progreso: too old for this shit. Nos vamos a la mierda, sí, pero nosotros los viejos. Y sin muchas de nuestras costumbres puede que a ellos les vaya mejor.

Una de esas viejas malas costumbres es asumir que sabemos lo que en realidad no sabemos: "la suposición es la madre de todas las cagadas", decían en Lock & Stock. El hecho es que la naturaleza de algunas construcciones ha sido y sigue siendo objeto de debate, no sólo académico, si no que lleva inserto en la propia cultura popular desde mucho antes del New Age.

Pero si hemos de hablar de "láser" en relación al antiguo Egipto podemos encontrar un posible ejemplo mejor. Pero no en la meseta de Guiza si no en el templo de Abydos:

Los dos diseños de la derecha corresponde a la llamada "flor de la vida":

Todavía se observa la nitidez de algunos trazos sobre una superficie que hoy aparece irregular como resultado de la erosión. Desde luego afirmar que parece haber sido "grabado con láser", igual que el trabajo de ciertos bloques, puede parecer gratuito, y más sin un contexto mayor.

Un contexto del tipo que dan elementos como la sustraida "pila de Bagdad", durante la invasión de Irak, que no es otra cosa que la prueba del uso de la electricidad en la antigüedad, por ejemplo. Así que eso al menos sí que permite hablar con rigor científico y huyendo de la anquilosada academia, de uso de la electricidad en tiemposde Cristo, quizás incluso antes.

El hecho de que el artefacto desapareciera en otro capítulo de las cruzadas a las que asistimos en nuestros tiempos no es en ningún caso tranquilizador. De todas maneras, con todas las imprecisiones que se quiera, no parece que el mundo se vaya a la mierda porque los chavales se interesen por la historia cuando podrían estar hablando de fútbol o cualquier otra vacuidad. Me parece que envejecer es comprar precisamente ese relato catastrofista y olvidar la realidad: que parten con mucha ventaja desde el punto del que partimos nosotros. Es posible que lleguen más lejos de lo que seamos capaces de entender o aceptar. Si no ellos los siguiente, o al menos esa es la lección que se obtiene de extrapolar lo observado proyectándolo al futuro.

Lo que sin duda se va a la mierda es buena parte del relato que hemos convenido en llamar historia. Ésa que, como toda ciencia, está en permanente revisión y reescritura constante. O debería, caso contrario, mala señal.

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El fuego de Elías

El fuego de Elías

En unos de esos “cuentos de pastores”, tal como hoy se ha venido a considerar por algunas los textos de la biblia, en concreto en el “libro de los reyes”, (nótese el contraste entre los entrecomillados), se refiere el episodio de Elías y los profetas de Baal.

Al final lo cierto, resumiendo el episodio, no es más que una apuesta chusca. Ponen madera en un altar y “el dios verdadero” lo encenderá a petición de sus… ¿protegidos? Al final es una cuestión bastante interpretativa. Evidentemente cuando los de Baal le imploran a este que encienda el fuego nada sucede. En cambio Elías, incluso, moja la madera (y mojar no implica necesariamente agua) y el fuego nace a su petición.

El dato de que se trate de madera mojada es revelador. Si en aquellos tiempos alguien hubiera hablado de un fuego que se aviva con agua, como sabemos que es el del litio, por ejemplo, que está en las baterías de nuestros teléfonos, parecería poco menos que cosa del diablo. Y una ventaja estratégica, de ahí que los griegos fijaran en él el gentilicio.

Lo de Elías data del reinado de Acab (no pun intended), que sitúan sobre el siglo IX AC. Luego, revela un conocimiento preexistente si aceptamos que ese “fuego de Elías” sería similar receta a la del “fuego griego”, ambos famosos por su preponderancia sobre el agua. No me cabe mucha duda que el origen debería hallarse en la cultura fenicia, esos “pueblos del mar” que parecen haber heredado un conocimiento que volvería a ser anterior.

De ellos parece que se ha comprendido poco, empezando por la etimología (fénix) y para mí están en la raíz del judaísmo. El mito griego del “renacimiento desde la cenizas”, (a medio camino del mediterráneo oriental al occidental) resonaría como aquellos que pudieron preservar la memoria del tiempo anterior al diluvio y conocimientos que les habrían valido para adquirir el control presente que ejercen sobre la sociedad a través de, entre otros mecanismos, la economía.

Siendo la actividad del préstamo (usura) estrechamente relacionada con la tradición templaria (posteriormente masónica, no hay más que ver un billete de dólar) y judía, esos “cristianos viejos”. Expresión que se puede encontrar en Cervantes y nadie acierta a interpretar en su contexto histórico, como una seña criptojudía, aunque poca duda cabe de que la primera parte de la biblia es la más vieja. Y como todos saben son los primeros 5 libros (pentateuco) los que el judaísmo reconoce como propios.

Al final, la prueba de Elías, aunque bajo cierto punto de vista es la estafa de un hombre de conocimiento científico superior al de sus némesis, o por lo menos con una as en la manga, sí que demuestra la validez de ese “dios” o la compresión de sus leyes y sustancias: física y química. Aunque seguramente no en el modo que los profetas de Baal esperaban.

También los griegos fueron celosos custodios de ese conocimiento que, tratándose de un ventaja estratégica, debería ser secreto y preservado de caer en malas manos. Son factores de ese tipo los que pueden suponer la diferencia entre prevalecer y caer en un tiempo en el que se derrumbó el mundo y tocaba empezar de cero. ¿O casi? Que alguien transmitió en diversos lugares del mundo el conocimiento de la agricultura y ganadería a hombres nómadas, lo que vendría a ser la revolución del neolítico, parece casi una constante en el compendio de la mitología, habitualmente tomados por “dioses”, o cuanto menos por profetas, como sería el caso de Elías. Pero todo esto es pre-historia, desde el punto de vista actual.

Lo preocupante es que esas élites que han tomado el control de Europa y Norteamérica, y del mundo en general, a través de la economía, más allá de la oposición geopolítica, no han decidido revelar su conocimiento más allá de su entramado de sociedades secretas y de forma fragmentada y utilitarista. Por más que tengamos litio en cada móvil, el “fuego griego” sigue siendo celosamente custodiado. El que de verdad quema, el de Prometeo, el del conocimiento.

Técnicamente no es prehistoria si estamos haciendo literatura comparada entre tradiciones de distintos lugares y momentos, lo es sólo desde que tal literatura queda etiquetada como mera mitología y se desestima como fuente.

Lo preocupante es que tales situaciones declaran más la voluntad de borrar las huellas, muchas veces de sangre, que la de compartir un conocimiento, que a la postre siempre es usado como medio de vida cuando no como ventaja estratégica. Pero eso dice poco del conocimiento y mucho del escenario: el de un mercado de esclavos más o menos pulcro, a veces bastante sórdido, probablemente las más, y el de una guerra perpetua no declarada por el control mundial.

Aceptada esta interpretación, queda la pregunta en relación al origen de esos dioses o profetas.

Supongo que aún quedan por resolver unos cuantos errores fundamentales para poder dar un respuesta algo más precisa a esa pregunta.

Solemos ver las cosas en términos binarios, con suerte en grados, pero solemos fallar al componer algunas aparentes contradicciones: si enseñaron agricultura y ganadería (etc) deberían ser “buenos”, un poco en el sentido aristotélico. Y ahí está el problema, que no deja de ser un punto de vista por más que la razón aproxime una convergencia. También nosotros damos de comer a los presos, y la noción de que se les hace un “bien” en muy cuestionable, para empezar seguramente por los propios presos, lo mismo con los esclavos o animales de trabajo e o incluso domésticos.

También es cierto que no es lo mismo que te den un pez que una caña de pescar: en el segundo caso ni siquiera tiene que pescar. Es cierto que ahí está el potencial de la independencia, siempre que uno tenga donde poner la caña. Viendo el curso de los acontecimientos, es posible que la caña te cueste la mitad de los peces que pesques a lo largo de toda tu vida, si no más.

Hay situaciones que no son de uno u otro signo por naturaleza, o aunque pueden en parte serlo, es el grado el que determina su carácter. Además de ser una cuestión polémica por antonomasia, que puede ejemplificarse con el “descubrimiento” de América en 1492 y sus consecuencias posteriores.

Un poco al estilo romano, el crimen de la guerra y el acto civilizatorio (o de modernización, revoluciones, guerras de independencia...) van demasiado a menudo de la mano.

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Trescientos sesenta y cinco (365)

Trescientos sesenta y cinco (365)

A mucho les sonará lo de las calendas, de latín, que no es más que el primer día del mes romano, la luna nueva.

Establecer un calendario lunar se puede afirmar que es relativamente sencillo, la luna sigue un ciclo bien conocido de 29-30 días, es casi como tener un reloj en mitad de la noche.

Pero eso no es exactamente el año solar de 365 días de hoy. Para afinar hasta ese punto las observaciones y registros han de ser aún más metódicos y más dilatados en el tiempo.

Ya es difícil pensar que cazadores-recolectores pudieran generar un calendario siquiera lunar con ocupaciones mucho más perentorias. Toda una civilización como la romana, con su derecho, su pax, sus legiones, sus columnas y panteón de dioses tenía un calendario basado en esos ciclos lunares.

Eso por sí solo no es sorpresa, la sorpresa es hallar calendarios anteriores de 365 días. Gobekli Tepe, 9,600 AC, tallado en piedra. Y sorprende más no tener constancia de aproximaciones previas.

Porque pueden pasar tres cosas, que acertaron a la primera, cosa que se antoja extraña viendo que todo un imperio como el romano no dio pie con bola en eso.

Segunda opción, no se han hallado aún evidencias arqueológicas de ensayos previos. Es posible, no voy a ser yo el que interprete que ausencia de evidencia implica evidencia de ausencia, pero también es cierto que es difícil aferrarse a un vacío.

La tercera opción es la de la transmisión de conocimiento. Rompe, por supuesto, con la noción de evolución lineal. Pero lo cierto es que tal noción cae por su propio peso. En Egipto tenían mejor calendario que el romano. Luego, lo que se observa en un repaso somero de las diferentes aproximaciones es una pérdida de conocimiento.

Y sucede algo más, Gobekli Tepe es impresionante, máxime por su datación, pero palidece absolutamente ante la Roma imperial, Sin embargo, esos que se consideran “cazadores-recolectores” tenían un calendario que en lo factual es resultado de décadas de ejercicio de la astronomía, el que tal vez sea el mayor imperio de la antigüedad que conocemos no llegó a tal hito.

Y no es que los romanos fueran sólo “artistas”de la crucifixión, no. Ingenieros hidráulicos y de caminos. Ingeniería civil, agua, saneamiento, calzadas. Como el Sr Isaac Moreno Gallo bien nos recuerda en sus videos.

Llega un punto que empieza a parecer antinatural no acordarse del relato de Platón, en el que 9000 años atrás una civilización sucumbió bajo las aguas en un día y una noche, o eso es lo que nos ha llegado. Pero es que en realidad no procede de Platón, él mismo señala que la historia procede (ésta vez no de Sócrates) si no del cuasi mítico Solón, padre de la democracia ateniense del que Herodoto también dio buena cuenta en sus escritos.

Pero tampoco Solón era la fuente original, a él se lo cuentan los sacerdotes de Sais yendo de visita. Y podrían parecer palabras vanas, de hecho la narrativa se compone en forma de lisonja, alabando a los griegos que repelieron una invasión de la que ni ellos mismos guardarían memoria. Pero Egipto sí. Y claro, podría ser un mito. Pero el hecho es que el calendario egipcio sí era de 365 días.

Platón vivió en el siglo IV AC. Y su relato apuntaba a 9000 años antes, que se dice pronto. Eso nos pondría alrededor del 9400 AC. Gobekli Tepe, 9.600 AC. Nada mal para ir con túnica y no saber qué son unos calzoncillos elásticos.

En geología se llama Younger Dryas. En la tradición judeocristiana, tal vez, diluvio universal.

Cada vez se hallan más indicios que obligan a volver la vista a aquellos lugares donde la ortodoxia a evitado sistemáticamente detener la mirada, forzando a todos a pasar de página.

El problema, y no es menor, es la ausencia de evidencia, más allá de testimonios que en principio aparecen desconectados. Que podrían estar nombrando lo mismo con diferentes nombres, tal como el Noé sumerio no es Noé sino Utnapistim. Y el arca, los animales… o eso o la historia se repite más de lo que debería.

Viendo las características de Gobekli Tepe se hace difícil aceptar que pudieran haber llegado al mágico número de 365 por sus propios medios, por la estructura social que se desprende de los vestigios arqueológicos. O eso o los romanos iban muy despistados, y no eran los únicos.

Aquellos que después del 10,000 AC crearon calendarios lunares, no cabe mucha duda que se lo trabajaron ellos mismos, a fuerza de observación y razón. Que aparezcan los 365 días antes, debería ser objeto de una reflexión profunda (del mismo tipo que implica hallar la Isla de Pascua habitada, como ya se eñaló en otro artículo) y se hace imperativo conectar ese análisis con otros puntos.

No es difícil explicar la ausencia (o escasez) de evidencia en un contexto donde todo el litoral antediluviano, donde se suelen encontrar la mayoría de las poblaciones, estaría hoy varias decenas de metros por debajo del nivel del mar.

Esa última idea se puede radicalizar incluso más: algunos han sugerido que la Atlántida no sería otra que el continente helado que hoy conocemos como Antártida, puntualmente excluido de cualquier mapamundi desde el enfoque, y la evidencia arqueológica estaría sepultada bajo kilómetros de hielo, en uno de los climas más extremos del planeta. Lugar que, por cierto, es objeto de una consideración internacional única, con su propio tratado que restringe prácticamente cualquier tipo de actividad, por si el clima fuera poco.

Hablamos del tipo de clima que congela a mamuts en Siberia hasta prácticamente extinguirlos. Probablemente como resultado de la inversión de polos que propuso Hapgood, que si no recuerdo mal fue prologado por el mismo Einstein (¿o sólo mantuvieron correspondencia?) y cuyo trabajo estuvo largo tiempo clasificado por la CIA. (O algo así, la verdad es que suena un poco contradictorio).

Y pasa un poco como con la poesía de la Grecia clásica, que todo es mito hasta que se encuentra Troya. De momento, a través de la literatura comparada de diversas tradiciones, parece que hemos encontrado a Noé, o sus huellas, ya veremos el resto del libro. Y de libros. Aún así, establecer las causas últimas, no parece tarea sencilla.

Con este ya van unos cuantos clavos en el ataúd del relato ortodoxo: 365, así a ojo de buen cubero.

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