El 8 de julio de 1990, Maradona llamaba “hijos de puta” a todo un país. Lo hacía desde el centro del campo del Olímpico de Roma, con la mano en el pecho. Años antes, el Pelusa tocaría el cielo con la punta de los dedos de manera figurada al levantar como capitán de la albiceleste la Copa del Mundo; y de manera literal, en un balón llovido desde las nubes que la mano del pibe arrancó de los guantes de Peter Shilton, probablemente en el partido de cuartos de final más famoso de la historia de los mundiales. Ahí comenzó su descenso.
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