JovenCarcamal

#1 –¿Recuerdas que tenían un chalet en la sierra? Me invitó un fin de semana con sus padres, justo cuando empezaba a hacer calor –decididamente ya estaba calmado–. Fuimos los cuatro en el Mercedes de su padre. Todo muy bien hasta la hora de la comida, llegamos de dar un paseo y la madre se metió en la cocina con Patricia, el padre se fue al jardín a hacer no sé qué y yo me quedé en el comedor viendo la Fórmula Uno. En medio de la mesa había un frutero hasta arriba de cerezas con una pinta estupenda, parecían dibujadas. Entre que venía la comida y llegaba el padre, me comería diez o doce no más, en la fuente ni se notaba, pues bueno fue aparecer la madre y le cambió la cara. Ya no volvieron a abrir la boca, salvo lo preciso.
–¿Así sin más? –pregunté.
Robert paró el coche en uno de los doscientos semáforos de la Castellana y se volvió al hablarme
–Por lo visto cuando se murió su abuelo hicieron un hueco en el jardín echaron las cenizas y plantaron encima un cerezo, era uno de los arbolitos del chalet. ¿Tú sabes cómo coño es un cerezo? Y claro, nadie en esa casa se comía las putas cerezas, las tenían como si fuera todavía una parte del muerto y lo peor es que según Patricia ya me lo había advertido antes.
–Joder –sentencié. Aunque yo por eso no hubiera dejado escapar ese braguetazo.
–Y la verdad es que las cerezas estaban cojonudas –dijo Robert medio riendo.
–El abuelo sería diabético –dije yo.
Robert arrancó sin inmutarse, estaba claro que no había pillado el chiste.