El mundo está presenciando un fenómeno histórico que ningún politólogo o analista internacional del siglo pasado habría predicho con total seguridad: el imperio estadounidense no colapsa de repente bajo el peso de una superpotencia rival, sino que muere lentamente, envuelto en su propia estrategia de supervivencia. Y en su agonía, arrastra consigo a todos sus aliados europeos, convirtiéndolos en vasallos de una estructura que se desmorona.