EDICIóN GENERAL
  1. Leo esa entrada sobre turismo en pueblos abandonados. No hay que irse tan lejos, pienso. Bastaría pasear por las calles peatonales más céntricas de cualquier ciudad y levantar la vista más allá del primer piso para descubrir otra España vacía. Alguna oficina aislada (bufetes, agencias de seguros, poco más), y a partir del tercero los fantasmales estratos de la nada, un vacío habitacional de polvo y ruina justo sobre los frígidos maniquíes del Bershka, del Massimo Dutti y del Stradivarius. Murieron los ancianos propietarios de clase medioqué y sus viviendas quedaron congeladas en el tiempo porque no había familia capaz de pagar ese absurdo por metro cuadrado. Y por un giro vengativo de la oferta y la demanda, ahora ya nadie querría vivir allí aunque pudiera permitírselo. Quien iba a querer hacerlo en un lugar que repentinamente se convierte en zona muerta a la hora del cierre comercial.

    Esa otra España vacía, vertical, urbana y vetusta, languidece sobre los bajos de escaparates cegadores en manos de fondos de inversión. Fijaos bien cuando paséis por allí con los demás turistas, veréis las ventanas tapiadas, los cristales rotos y las cortinas raídas.

    menéame