Democracia domada

Oímos “democracia” y la primera evocación es la Atenas clásica, y sin embargo la nuestra poco tiene que ver con la griega. Imaginemos: el conjunto de los ciudadanos con derechos políticos se reunía físicamente, personalmente, en un tiempo y en un lugar concreto, en la plaza pública, el ágora. El ejercicio del poder popular era algo material e inmediato, cuerpo con cuerpo, escuchando y hablando ante los oradores, los candidatos, los antagonistas. La discusión política no estaba filtrada, modulada o traducida: el peso de cada palabra llegaba de boca a oído allí, coloreada sólo por la habilidad retórica o la virtud de la oratoria, que podía ser ejercida libremente por cualquiera. En la asamblea no existía otro privilegio que el de la capacidad de cada interviniente. 

El movimiento 15M fue excepcional porque pudo reproducir transitoriamente ese estado inaugural de la democracia: la asamblea presente, sin mediadores, de los ciudadanos elaborando en ese tiempo y lugar una democracia en acto.

Pero en nuestra organización política el ejercicio democrático sólo puede realizarse desde la metáfora por una pura cuestión material, nuestras sociedades son demasiado grandes y dispersas. Por eso la lucha política es un combate por la metáfora más potente. Y las metáforas más poderosa son las más simples.

La izquierda está asombrada por los resultados en Madrid del pasado día 4, como un boxeador que ha recibido un golpe inesperado aún se tambalea buscando explicaciones. 

Las explicaciones no escasean, las hay para todos los gustos: las campañas en los medios, generalmente hostiles, la estupidez de los votantes, la izquierda caviar y sus batallas identitarias inútiles, la derecha y sus recursos a la identidad madrileña (o taurina, o terrazil, a ellos si les funciona eso de las identidades....) etcétera.

El problema con las metáforas es que pertenecen a la esfera de las ideas, su encarnadura es idea, y por tanto su persistencia en la memoria depende de su potencia y de su simplicidad. La mente humana , y aquí no hago sino recuperar conceptos de vieja psicología, funciona como una máquina de filtraje: el mundo exterior emite un torrente de estímulos que han de ser atenuados en su intensidad, seleccionados , reducidos a material manejable, masticados, digeridos. Solo alcanza la conciencia lo que se ha podido gestionar.

 Los mensajes políticos son estímulos como otros cualesquiera. Hay unas cuantas reglas sencillas: los estímulos complejos para ser escuchados requieren más trabajo, cuanto más complejo es el estímulo más ha de penetrar en el tejido filtrador, los estímulos simples requieren por tanto poco esfuerzo. 

Y la potencia de un estímulo depende de su peso emocional, las emociones son un facilitador, un lubricante para que el contenido atraviese las capas que lo ralentizan hasta la mente.

El raro milagro del 15M se disolvió, como un elemento radiactivo e inestable y nuestra vida política volvió a los viejos procedimientos de democracia metafórica: los mensajes de los diferentes partidos y otros agentes políticos ( aquí incluyo a “periodistas”, “voces respetadas”, ”conocidos columnistas” ) llegan al ciudadano de modo mediado, es decir, traducidos , filtrados, teñidos con las connotaciones que marca el filtro de mediación que no es otro sino el de los medios de comunicación, ya que la posibilidad de reunirse en una plaza con los candidatos a interrogar a viva voz sus propuestas parece improbable.  

Casi todos los partidos emiten mensajes complejos (el programa, sus análisis de la labor de gobierno por sectores etcétera..) y simples (los eslóganes, las frases en la publicidad electoral, los gritos finales en los mítines) con la notable excepción de la ganadora, doña Isabel Díaz Ayuso, que en una muestra de economía de recursos y de desenvoltura moral prescindió de enviar programa, solo una hoja con su rostro por un lado y la nada por el otro. Al fin y al cabo , ¿para qué?

Tras el 4 M alguna prensa ha interrogado a votantes de Ayuso por su decisión de voto; y una de las críticas comunes que han recogido contra la nueva izquierda ha sido su ausencia de propuestas más allá de eslóganes simples como “democracia o fascismo”. A alguno de ellos les han preguntado si habían oído hablar de propuestas como la inversión de 1000 millones de euros en Sanidad de Unidas Podemos o el incremento de plantillas de 900 médicos de familia de Más Madrid. Y por supuesto la contestación ha sido negativa, haciéndose evidente que en esta campaña los mensajes simples han llegado, y los complejos, no.

El mérito no es solo de la campaña trumpista de M.A.R. el spin doctor del PP madrileño, sino a la colaboración voluntaria o accidental de quienes filtran los mensajes electorales para la mayoría de los votantes, los medios de comunicación.

De la lluvia de contenidos de todo tipo radiados por los partidos los medios de comunicación han seleccionado aquellos que consideran que contribuyen al espectáculo de la información, o mejor dicho a la narración de la información política como un espectáculo, cada día una novedad, un escándalo, una trifulca.

La elección del personaje Ayuso ha sido perfecta, mi admiración a quien lo decidió es sincera: si quieres divertir los profesores de metafísica no son la primera elección en el casting, mejor alguien tan descarado y primario que despierte sentimientos ( a favor o en contra) desde las tripas. Una programación dedicada la falta de financiación de la sanidad madrileña , a los orígenes y soluciones del problema de la vivienda para los jóvenes o a la dualidad de los sistemas de educación no era políticamente conveniente para los dueños del duopolio informativo de las televisiones privadas, tampoco se consideraba apropiado para alimentar los shares de audiencia.

La campaña de Ayuso ha invocado en los ciudadanos lo que el viejo Freud llamaba el principio del placer, mientras que alguien tan señor, tan siglo veinte como Gabilondo solo parecía manifestarse con llamadas a la razón y la responsabilidad, es decir, al aburrido principio de realidad. Que nos ofrezcan votar por las cañas, las noches madrileñas y la libertad desde el mismo poder político es una pirueta de un populismo descarnado y funcional que ni el mismo Trump ha osado, una vuelta de tuerca desde el casticismo y la fiesta que muestra a la vez la desinhibición y la osadía intelectual de los estrategas de la derecha. Se apropiaron de la bandera, previsiblemente pero ¿ nos habría parecido posible apropiarse de la querencia española por los bares y las terrazas? pues lo han hecho.

 La mayoría de los votantes no son como algunos de nosotros, que estamos fascinados por las complejidades de la política y disfrutamos diseccionando su contenido, haciendo el gasto mental que nos proporciona placer, las energías que emplea el ciudadano no enviciado con estos asuntos en gestionar los mensajes que reciben son las justas, y por eso les sirven los que requieren menos gasto: emocionalidad, identificación, placer, simplicidad. El consumo de mensajes políticos, en su caso, no se diferencia de cualquier otro consumo. Y no va a haber preguntas sobre las intenciones del emisor, como no las hay sobre quien vende un espacio publicitario en cualquier televisión.

Las campañas electorales de naturaleza trumpista multiplican su eficacia por la labor de filtrado y traducción, de mediación de los propios medios de comunicación, algo que está en el corazón del diseño estratégico de esta forma de hacer política. 

La cuestión que queda abierta es preguntarse por la calidad de una democracia donde el proceso de discusión político no se realiza, como en la vieja democracia ateniense entre los mismos ciudadanos, que participaban a pie de plaza, a la par, sino que está filtrado por una trama de medios de comunicación que se sitúan entre los emisores, el político y sus rivales, y los receptores, el votante. A pesar de los ropajes que pretenden vestir los periodistas de profesionalidad y servicio público muchos pensamos que están desnudos, que este mecanismo de filtraje y traducción no es neutral. incentiva unos contenidos y silencia otros, y esta selección no es aleatoria.  

Es esta una democracia donde uno de los elementos decisivos del proceso de discusión y decisión, en definitiva está libre del control democrático ejercido sobre los otros poderes, bajo el mito de que su efecto sobre el mensaje es nulo. Y sobre ello, interesadamente no se quiere hablar. 

El coste es que el proceso de decisión de sobre qué se discute, sobre lo pertinente y lo desdeñable, es ejercido por agentes que no han de responder públicamente sobre esas decisiones. Una obra en la que todos los personajes aparentemente actúan frente al escenario menos uno, que es quien decide el decorado y orienta el guión.

Una democracia esta pues no solo mediada, sino demediada. Oscurecida, trampeada, domada.