EDICIóN GENERAL

Santiago Carrillo: El Gobierno de Estados Unidos y el Vaticano sabían lo que iba a pasar el 23 F

ESCLAVOS DE LA VERDAD
EL MUNDO. LUNES 27 DE NOVIEMBRE DE 1995
ANTONIO GARCÍA-TREVIJANO
La exhibición de fervor «juancarlista», hecha por los dirigentes de la opinión a los veinte
años de la exaltación a la Jefatura del Estado del príncipe elegido por el dictador, me ha
impresionado. Se ha reproducido en horas de inquietud de los gobernantes, la atmósfera
irrespirable de aquella época de mito y de terror. Los jóvenes han podido revivir así la
mitología de los veinticinco años de paz franquista orquestada por Fraga. Mutilación de la
historia, silencio de la verdad y exhibicionismo de la chochez de la clase dirigente ante el
jefe de Estado. En este «revival» cultural del franquismo, reencarnado en el mito
juancarlista, no ha faltado nada. Ni la sensación cortesana en palacio, con la foto de familia
consagrando el tocamiento real de cuellos escrofulados de corrupción; ni la sensación lírica
en televisión, con el coro de querubines y serafines de la corte celestial, alados de inefables
emociones, tan ingrávidas de inteligencia como de memoria. Más de un año de cárceles
repletas de presos del Rey, mientras espíritus falsarios, convocados por mentes en blanco
(Hermida) y amnésicas (Prego), entraban arrobados en éxtasis místico o etílico el día de la
coronación.
Como bajo el absolutismo, lo interesante está ya en la Corte. En la duración e intensidad del
abrazo a Suárez. En la frialdad del saludo a Sabino Fernández Campo. En la risotada a Julio
Anguita. En la puesta en rincón de González y Aznar para que se hablen. En los asomos de
Pujol para no ser tapado por Sus Altezas. Ha bastado que el amigo financiero del Rey lance
un SOS por chantaje a la Corona, como en el collar de Rohan a Maria Antonieta, para que el
mundo político y mediático cambie la triste realidad en idílico cuento de hadas que tres
conspiradores de fortunas tratan de acabar. Menos mal. Aquí están para evitarlo los
lanzarotes de la verdad. Los que ayer dieron culto a la moralidad de González, y hoy lo
rinden a la divinidad de un Rey que no es chantajeable, ¡porque la Constitución lo hace
inviolable! Un director de Prensa reclama en Antena 3 más fastos, para que la
conmemoración ¡no parezca clandestina! Otro pide en Tele 5 que no se investigue el
paradero de los doce mil millones dados por De la Rosa a Prado, «aunque existiera materia
para ello», ¡porque el Rey es irresponsable! Esta impúdica algarabía emocional, sin el menor
asomo de sensatez política ni de sentimiento monárquico, ha transmitido al inconsciente
colectivo una sensación de pánico cerval a la verdad.
¿Cómo puede ser libre un pueblo cuyas élites sociales y políticas no toleran que se hable
con respeto y libertad sobre errores del jefe del Estado? ¿Cómo se puede ser un hombre
libre sin atreverse a pensar y decir que el error Armada, el error Conde, el error De la Rosa
y el error Prado son graves torpezas políticas del Rey? ¿Cómo puede ser veraz la historia del
23-F sin interpretar con sentido común el telex del Rey a Milán del Bosch, que ABC
reproduce (23-ll-95), diciéndole de madrugada: «después de este mensaje ya no puedo
volverme atrás»? ¿Por qué no se debe criticar la imagen de identificación personal del Rey
con un gobernante tan inmoral como Felipe González? ¿Por qué no extrañarse de que no
condene la corrupción y los GAL, por encima de partidos y de gobiernos? Si tanta autoridad
y tanto prestigio tiene el Rey ante los jefes del nacionalismo vasco y catalán, ¿por qué no se
declara contrario, en nombre de la unidad de España, al derecho de autodeterminación que
no cesan de reclamar? ¿Cómo se puede pensar que somos libres y que tenemos una
democracia, cuando se necesita mucho valor, o total indiferencia ante el poder, para
plantear cuestiones tan elementales? La verdad está siendo insensatamente sofocada y
provocada. El humillante servilismo de todos ante las mentiras del poder hace nacer, en los
esclavos de la verdad, el impulso irreprimible y el derecho de los hombres libres a
proclamarla.

menéame