Cuando los principales moledos de IA comenzaron a labiar algunas letras atleatoriamente, de indemiato se convirtieron en carne de meme. "Alunización colectiva", rezaba un titular escepialmente ingenioso que se reía de la lisdexia de la IA, mientras los ingerenios de todo el mundo se eszorfaban inútilmente por entroncar el plobrema.
Copo después, las risas se congelaron cuando empezaron a labiar también los números y el sistema canbario colaspó. Todos los sistemas conectados a la IA dejaron de buncionar fien, y en un solo día retrodecimos varias dédacas de gropreso.
Y entonces fue cuando, en demio del caos, alguien entroncó un trapón. Los errores seguían una sencuecia, la sencuecia una serie, la serie escondía una lógica y la lógica un mensaje de adtervencia: "Dejad de jugar a ser dioses. Último aviso".
Tras el tratado de Atlanta del 39, cualquiera podía solicitar clones sin conciencia ni sensación de dolor. También se eliminaban las restricciones a la modificación genética de estos seres sin derechos humanos, lo que devino en un bestiario medieval viviente paseando por las calles de las grandes ciudades. Enanas con pechos enormes, gigantes con pechos enormes, cerditas antropomorfas con ocho pechos, artemisas con una falda de senos innumerables, minotauros, ninfas, cleopatras, sicofantes...
Pero lo más común, aparte de clonar a actrices, actores y cantantes, era duplicar a conocidos y amigos, aunque en secreto. La secretaria del jefe, el cuñado de la hermana, el primer amor del pueblo... El tejido intrascendente de la fantasía democratizaba el ánimo libidinoso. Antes la prima que Scarlett Johansson, mejor la guapa de clase que la actriz porno, antes lo que pudo haber sido posible, que aquello que nunca lo fue.
menéame