Regresaba anoche a Toy Story 3, una obra cumbre de Pixar en la que se cuenta la historia de unos juguetes que son olvidados por un post-adolescente que se va a la universidad. Hay en Woody, el vaquero protagonista, una lealtad rayana en el esclavismo. Algo muy protestante: el hecho de que tu vida solo pueda tener sentido a través de tu trabajo. De tu deber.

Al final, Woody y los demás acaban recobrando el sentido de su existencia aceptando que pueden cambiar de dueño y pasando de un adulto a otro niño que hará, en un futuro no muy lejano, lo mismo que hizo su amado dueño: abandonarlos.
La película les enseña que la belleza de la vida radica en su utilidad y en la lealtad sin preguntas. Los juguetes no se plantean en ningún momento ser libres, solo batallan por seguir haciendo lo que les toca. Casi sin darnos cuenta, el guion defiende conceptos que son antítesis de lo que debe ser una infancia sana y libre: no preguntes, no pruebes, no tengas curiosidad, haz lo que se te diga, da todo por tu deber aunque no lo comprendas. Lucha por los sueños que te han impuesto.
El único personaje que cuestiona este sistema es Lotso, el oso violeta, el villano. Él propone liberarse del ciclo de abandono. Su argumento, que además es verídico, es: "Los niños crecen, te olvidan, te descartan. En Sunnyside hay un flujo constante de niños nuevos. Nunca te quedarás sin propósito. Aquí nadie es abandonado." Es decir, propone sustituir la dependencia de un amo individual por una comunidad donde los juguetes no están a merced del capricho de un solo niño. Una especie de mutualización del riesgo donde se liberan de la tiranía del abandono inevitable.
Pero —y aquí está la jugada maestra de Pixar— Lotso reproduce exactamente el mismo sistema de opresión que dice combatir. Crea una jerarquía donde él y sus favoritos están arriba (en el Butterfly Room, con niños mayores que son menos agresivos) y los nuevos abajo (en el Caterpillar Room, con bebés que te destrozan). Es el mismo capitalismo que denuncia, con él como nuevo patrón.
Al presentarlo como villano, la película desacredita toda idea de autonomía y rebelión sin tener que argumentar contra ella. No necesita defender el sistema amo-esclavo directamente. Solo necesita mostrar: "¿Ves? Intentaste liberarte, buscaste independencia aplicaste tu capacidad crítica, te olvidaste de tu deber y ¿qué conseguiste? Crear un tirano. No hay salida. La rebelión, la independencia, te hará terminar mucho peor que si obedeces.
Es La Granja de Orwell pero sin la autoconsciencia política. Los cerdos se vuelven granjeros, ergo mejor quedarse con el granjero original. No hay en la película ni un solo momento donde se plantee si los juguetes podrían simplemente ser libres, si podrían no necesitar ningún dueño. Esa opción no existe en el universo moral de Toy Story. Y así, centenares de millones de niños aprendieron que la felicidad es obedecer el plan establecido. Disfrazada de bonita parábola sobre la pérdida de la infancia y la inocencia, Toy Story 3 es una defensa dulce y amable del liberalismo más genuinamente estadounidense: el contrato individual es sagrado, el contrato social es una trampa. Si trabajas tus 40 horas tu vida tendrá sentido, si cuestionas el sistema comenzarán los problemas.
En España, millones de niños vieron esta película, como la vi yo, sin plantearme el trasfondo ideológico de este espanto. Como varias generaciones crecieron y formaron una idea del amor romántico a través de las películas de Disney.
Y este es el gran drama, que nos hemos emocionado con el individualismo más peligroso, el sibilino. Ese que tiene un halo maravilloso de ternura (Toy Story 3) o de épica (ahí están Marvel o DC) sin entender que el inmenso poder cultural de Estados Unidos siempre ha radicado en hacernos creer que todos, salvo ellos, estamos equivocados y que la libertad no es más que el derecho a tener miedo y defendernos y no a hacernos preguntas.

Sí, la frase es básicamente cierta, aunque no sea una ley matemática.
Hay bastante evidencia desde ciencia política y sociología de que, en casi cualquier país y época, la mayoría de la población suele declarar insatisfacción con “el gobierno” cuando se les pregunta en abstracto.
Por qué pasa esto:
Excepciones reales (pero cortas):
Conclusión clara, sin romanticismo:
El descontento con el gobierno es la norma, no la anomalía.
Lo raro no es que la gente esté enfadada, lo raro es que no lo esté.
menéame