¿Cómo arreglar el drama de una botella que ya no da pa más?

Aquí está la pobre víctima, fruto del abandono.
Para arreglarla metí una cucharada sopera de arroz, una de bicarbonato y un chin de jabón.
Todo ello con muuuy poca agua, lo suficiente para que fluya.
Una vez hecho esto, batir. Como si la vida te fuera en ello. Y cuando crees que ya está bates más.
Vacías el contenido y la dejas debajo del grifo que llene y se vaya todo el jabón y demás.
Yo para desaguar rápido hago efecto coriolis que acabas dos segundos antes.
La lavas por fuera y chim pum.

Botellas arregladas.
A las de cerveza (que ahora son de agua) para limpiar las tapas las meto en lejía y luego las lavo con jabón.
Hace unos días, poco antes de que comenzara la Semana Santa de Sevilla, un amigo me escribió para preguntarme si quería que me avisara cuando fuese a salir durante la semana. Le dije que no tenía muchas ganas, que no me gustaba la Semana Santa y que si salía era para hacer otros planes. Pasado un par de días me volvió a escribir y me terminó confesando que no tenía muchas ganas de salir pero que si no salía "decepcionaba", porque su entorno esperaba verlo, como todos los años, viendo procesiones.
Como se ve, tuve que recordarle por enésima vez que no me gustaba la Semana Santa. También me llamó un familiar hace poco y le dije que tenía trabajo varios días de la semana para decir "anda, te vaja perdé toas la prozesioneee". Simplemente me reí, me aburre tener que recordar que no, que no me gusta la Semana Santa, que la aborrezco...
Tengo más de una razón para ello. El otro día salí de mi casa, en pleno centro de Sevilla, para comprar un mísero y triste bote de tomate para hacer pasta. Eran las 20:30, me dirigí al chino a 100 metros de mi casa, no pudo volver hasta las 00:00 de la noche. Inmediatamente se formó un tapón de personas frente a mi casa. Como otros años, podría haber intentado atravesar esa muchedumbre intentado dar o recibir el menor número de codazos posible. Pero ya no, me rindo, paso de pelearme con tapones de personas en Semana Santa como hacía otros años. Del mismo modo que ya no hago apuestas por intentar no cruzarme con ninguna procesión durante la semana. Me resigno.
Cuando me piden hablar de la Semana Santa les digo a los que son de fuera que "se lo recomiendo pero sólo una vez". ¿Estoy seguro de lo que estoy diciendo? Luego no faltan los comentarios de personas que te dicen que NO eres sevillano porque no te gusta la Semana Santa ni sabes bailar sevillanas. ¿Es una obligación?
Es muy fácil achacar un problema a la presión social, pero creo que gran parte de los feligreses están enredados en su propio "peer pressure", el que sienten que su entorno ejerce sobre ellos y el que ellos, por aprendizaje social, ejercen sobre otros.
Pero, no voy a hablar de ello. Voy a hablar de otra cosa, más simple. ¿Estamos seguros de que nos gusta la Semana Santa? Por que no faltará quien diga que lo vive como evento cultural o artístico y/o el que carga este ritual de misticismo y que llora cuando ve a la misma Virgen de todos los años ser procesionada frente a sus ojos entre toda la parafernalia de la que viene siendo rodeada. Pero en el fondo, no deja de ser esto consecuencia de lo mismo por lo que apoyas a la selección española durante el Mundial, celebras las victorias de Nadal o te emocionas cuando sale ( salía) España a cantar en Eurovisión y recibí 12 puntos (alguna vez)... es un sentimiento de pertenencia y el sentimiento de pertenencia es aprendido, irracional... es puro simbolismo.
No sé si alguna vez habéis estado en la Semana Santa. Habitualmente tendemos a idealizar lo que no conocemos. Si cumples con todos los hábitos del evento vivirás lo siguiente:
Eso es la Semana Santa de Sevilla. Y no es un día, son siete. Y así todos los años, para ver lo mismo, una y otra y otra y otra vez.
No sé qué porcentaje de las personas que viven esto realmente saben, en su subconsciente, que eso no les gusta. Esto puede ser como quien no quiere reconocer que no le gusta la gente del sexo contrario o como quien no quiere reconocer que no le gusta el fútbol o etc... cuando formas parte de un grupo, no quieres decepcionar al grupo. "Salir del armario" y reconocer que no te gusta la Semana Santa puede ser muy difícil en algunas familias hispalenses. Pero tú, que eres de fuera, y que lo único que sabes de la Semana Santa es el montaje televisivo que te muestran con exclusivamente los momentos álgidos y "bonitos" del evento te advierto, eso es sólo una realidad de la Semana Santa, el resto es todo lo otro que comento.
Y yo por suerte puedo afirmar que sí, la Semana Santa es aburrida.
En los márgenes más sombríos de la legalidad, donde la astucia suplanta a la virtud y la palabra se convierte en herramienta de engaño, convivían dos hombres unidos por una afinidad tan peligrosa como inevitable: el arte de la estafa.
Bruno Alcázar era un consumado embaucador, dotado de una elocuencia persuasiva y una habilidad casi teatral para adoptar identidades diversas. Había hecho de la simulación su oficio y de la credulidad ajena, su sustento. Su socio ocasional, Esteban Luján, no le iba a la zaga en cuanto a mañas, pero poseía una inclinación peculiar: la querulancia. Hallaba en los vericuetos legales un escenario donde desplegar su obsesiva tendencia a denunciar, reclamar y litigar, incluso en los casos más nimios o artificiosos.
Durante un tiempo, ambos colaboraron en empresas de dudosa moralidad, urdiendo engaños con precisión casi artesanal. Sin embargo, como suele acontecer entre quienes se mueven en tales terrenos, la confianza era tan frágil como interesada. Una disputa por el reparto de un botín particularmente sustancioso fracturó su alianza.
Fue entonces cuando Esteban, herido en su orgullo y movido por su naturaleza litigante, decidió actuar. Con minuciosidad enfermiza, reunió indicios, exageró pruebas, adornó relatos y presentó una primera denuncia contra Bruno. La acusación, aunque construida sobre medias verdades, bastó para inquietarlo.
Bruno logró esquivar las consecuencias inmediatas, apelando a sus propios recursos de persuasión y a ciertas lagunas probatorias. Pero apenas había recuperado el aliento cuando llegó la segunda denuncia, más elaborada, más incisiva, como si Esteban hubiese perfeccionado su arte en el intento anterior.
Fue entonces cuando la situación adquirió un cariz distinto.
Una tarde gris, Esteban se presentó en la residencia de Bruno. No traía consigo documentos visibles ni actitud airada; su calma era, si cabe, más perturbadora.
—No pretendo destruirte —comenzó, con una voz medida, casi didáctica—. Al contrario, vengo a ofrecerte una solución mutuamente beneficiosa.
Bruno, curtido en tretas, percibió de inmediato la trampa envuelta en cortesía.
Esteban expuso su propuesta con precisión quirúrgica: retiraría ambas denuncias, desistiría de toda acción legal y permitiría que el asunto se desvaneciera en los laberintos burocráticos… a cambio de obtener acceso irrestricto a la casa de Bruno y la facultad de disponer de ella —y de su anfitrión— según su capricho.
No se trataba de un simple uso del espacio, sino de una intromisión constante, de una forma sutil pero persistente de dominio. Esteban no exigía dinero ni participación en futuras estafas; exigía control.
—Lo considerarás —añadió—. Porque, si no, los tribunales harán su trabajo. Y esta vez, me he asegurado de no dejar cabos sueltos.
El silencio que siguió fue denso, cargado de cálculos y resentimientos. Bruno comprendió que, por primera vez, no tenía la ventaja. El querulante había convertido su obsesión en un arma, y lo había colocado en una posición de extrema vulnerabilidad.
Durante días, la mente de Bruno osciló entre la rebeldía y la conveniencia. Finalmente, cedió.
Desde entonces, su casa dejó de ser un refugio para convertirse en escenario de una dominación velada. Esteban aparecía y desaparecía a voluntad, reorganizaba espacios, imponía rutinas absurdas, alteraba la cotidianidad con una meticulosidad casi enfermiza. No había violencia manifiesta, pero sí una constante erosión de la autonomía.
Y así, dos estafadores, habituados a manipular a otros, quedaron atrapados en una relación donde el engaño ya no era un medio, sino un fin en sí mismo. En aquel juego perverso, la astucia no liberaba, sino que encadenaba, y la ley, invocada tantas veces como instrumento, se transformaba en la más sofisticada de las amenazas.
menéame