"Tú no eres mi hijo", le dijo nada más entrar. Saludó a la auxiliar que manipulaba los goteros y se dirigió a la silla que se encontraba junto a la cama. Al tomar asiento, sacó una libreta con tapa de cuero, bolígrafo y volvió a mirar a aquella mujer con la cabeza vendada quien, sin quitarle el ojo de encima, repetía: "tú no eres mi hijo".
"Está bien, está bien. De acuerdo", murmuraba desanimado mientras apuntaba unas líneas en su cuaderno. Al terminar de escribir, se levantó, la observó una última vez y, preocupado, salió de aquella estancia acompañado de la asistente. Al cerrar la puerta, sin apartar la mirada de sus notas, le dijo: "necesito que revises el algoritmo del protocolo 17; sigue fallando el cifrado de proyección de familiares fallecidos y no entiendo por qué".
Se habla mucho estos dias de la unión de las izquierdas nacionales a la izquierda del PSOE para hacer frente al tandem PP-VOX de cara a las nuevas elecciones, iniciativa lanzada por Rufián. Sin embargo, un problema claro de la izquierda nacional es que ha sucumbido al programa urbanita y se ha olvidado del mundo rural sin programa que le haga ganar votos en ese ámbito, al contrario de lo que ocurre en Euskadi, donde la izquierda abertzale lleva décadas con programa transversal que incluye desde el pueblo más pequeño hasta la gran ciudad.
Mientras en amplias zonas rurales del interior español el voto mayoritario recae en el Partido Popular o en Vox (donde además, por la ley electoral un voto ahí vale mas que en otras zonas y al estár limitado el numero de escaños en esas zonas, quien gana se lleva todo practicamente), muchos pueblos vascos siguen situando como primera fuerza a EH Bildu, una coalición de izquierdas con fuerte arraigo municipal.
En las últimas décadas, la izquierda estatal ha ido concentrando progresivamente su base social y su discurso político en las grandes áreas metropolitanas. Los debates dominantes —movilidad sostenible, reducción del coche, vivienda en altura o reorganización del espacio urbano y otras tematicas— reflejan en gran medida problemas propios de grandes ciudades.
El resultado ha sido una transformación silenciosa: buena parte del proyecto político progresista ha empezado a pensarse desde la experiencia urbana, especialmente desde realidades como Madrid o Barcelona. Las políticas públicas prioritarias —densificación urbanística, refuerzo del transporte público metropolitano o modelos de ciudad compacta— responden a necesidades reales, pero también han reforzado la percepción de que el centro del debate político se sitúa en la vida urbana.
En paralelo, muchas zonas rurales han vivido procesos distintos: envejecimiento, pérdida de servicios y dificultades para mantener actividad económica. Allí, ese discurso urbano no siempre encuentra encaje.
Algunos analistas señalan además que parte de la izquierda nacional ha terminado aceptando, en la práctica, un marco económico heredado de décadas anteriores: crecimiento apoyado en grandes polos urbanos, concentración de empleo y dependencia de áreas metropolitanas como motores económicos.
Paradójicamente, mientras critica desigualdades territoriales, el diseño de muchas políticas públicas ha reforzado dinámicas de centralización. La apuesta por ciudades cada vez más densas y conectadas ha coincidido con un debilitamiento del discurso sobre redistribución territorial o descentralización real del trabajo.
Así, la política acaba orbitando alrededor de los problemas cotidianos de quienes viven en grandes capitales, especialmente en Madrid y Barcelona, dejando fuera experiencias vitales distintas.
El caso vasco muestra un recorrido diferente. Allí, la izquierda no abandonó el ámbito local cuando cambió el ciclo económico y social. Durante décadas, parte del espacio progresista construyó su influencia desde los ayuntamientos, asociaciones vecinales y redes comunitarias.
En muchos pueblos, la política sigue siendo una cuestión cercana: gestión diaria, servicios públicos, cultura local o desarrollo comunitario. Esa presencia constante ha permitido que opciones de izquierdas no sean percibidas como proyectos urbanos importados, sino como actores integrados en la vida cotidiana del territorio.
El resultado es una continuidad poco habitual: la misma sensibilidad política puede encontrarse tanto en barrios urbanos como en localidades pequeñas.
Mientras la izquierda nacional se ha concentrado en la vida urbana y los problemas de las grandes ciudades, la izquierda vasca ha seguido un camino distinto: su evolución no se limita a las capitales, sino que mantiene presencia activa y discurso adaptado desde el pueblo más pequeño hasta la gran ciudad.
Parte de la izquierda vasca ha convivido con un modelo económico más territorializado, donde empleo e industria no dependen exclusivamente de grandes capitales urbanas.
Otra diferencia clave es cultural. En Euskadi, la política local combina cuestiones sociales con identidad territorial. La defensa del entorno cercano, de la comunidad y del arraigo ha permitido que posiciones progresistas conecten también con el mundo rural.
Mientras buena parte del debate progresista estatal se desplazaba hacia cuestiones urbanas y culturales, en Euskadi el discurso social continuó ligado también al trabajo, la industria y el arraigo económico del territorio.
En otras regiones españolas, esa función simbólica —representar y proteger el modo de vida local— ha sido ocupada principalmente por opciones conservadoras, a pesar de que sus politicas son las que han derivado en la España vaciada y el abandono del mundo rural, en favor de la centralización economica en grandes urbes, pero a pesar de esto, el ámbito rural y capital de provincias de la España vaciada siguen otorgando buen puñado de votos a estos partidos de derechas y ultraderecha que hacen el paripé en campaña disfrazandose de terratenientes del campo, subiendose a tractores o visitando vacas, defendiendo a la "remolacha", mientras por otro lado benefician la concentracion en las grandes mega urbes donde la izquierda nacional ha centrado su programa. Se habla del barrio, pero se ha perdido el pueblo. La izquierda no ha sabido denunciar que la "España Vaciada" es el resultado directo del modelo económico neoliberal que la derecha defiende, porque la propia izquierda está demasiado ocupada discutiendo sobre el carril bici de la Castellana.
La izquierda se ha vuelto micro-local urbana. Sabe hablarle al barrio de Lavapiés o de Gràcia, pero no sabe hablarle a una comarca. Ha sustituido la "lucha de clases" por la "lucha por el espacio público urbano".
No cambia tanto la preocupación del votante como quién logra interpretarla.
El contraste sugiere que el giro conservador del mundo rural no es inevitable. Depende, en gran medida, de cómo los proyectos políticos se relacionan con el territorio.
Cuando la izquierda se percibe como urbana y centrada en la vida metropolitana, pierde conexión fuera de las ciudades. Cuando mantiene implantación municipal y discurso territorial amplio, puede conservar apoyo en todos los ámbitos sociales.
La excepción vasca plantea así una cuestión incómoda para la política española: quizá la brecha entre campo y ciudad no sea solo ideológica, sino consecuencia de dónde —y para quién— se está pensando el proyecto político.
Esta realidad plantea además un problema estratégico para la izquierda estatal. Mientras no recupere presencia electoral en el ámbito rural y en las pequeñas y medianas ciudades, su capacidad de construir mayorías amplias seguirá siendo limitada. Depender casi exclusivamente del voto de las grandes áreas metropolitanas convierte cualquier proyecto político en frágil frente a cambios demográficos, económicos o electorales.
A ello se suma un factor cada vez más relevante: el modelo territorial del trabajo. Sin una apuesta clara por la descentralización económica y por el teletrabajo real —no únicamente fórmulas híbridas ligadas a la oficina urbana— resulta difícil ofrecer una alternativa creíble a quienes desean vivir fuera de las grandes capitales sin renunciar a empleos cualificados.
En ausencia de ese horizonte, la concentración de población y oportunidades en pocas ciudades continúa reforzándose, alimentando precisamente la brecha territorial que la propia izquierda dice querer corregir.
Ponerse a escribir en comandita con otra persona requiere a veces más intimidad que el matrimonio.
Lo más difícil, aunque lo parezca, no es repartirse las tareas, o los capítulos, o acordar qué va a suceder en las páginas siguientes, o qué perfil va a tener cada personaje.
Eso también es difícil, por supuesto, y se producen roces, y hay que replantear toda una línea argumental por un cambio, pero si las personas que escriben juntas son gente razonable, se sale del apuro.
Lo verdaderamente complicado es, una vez se ha comenzado, conseguir que todo el mundo tenga el mismo tono, y no sean unas páginas de ambiente oscuro y otras de aire luminoso. Lo difícil, más que nada, es que cada una arríe su vanidad para que le puedan decir que lo que acaba de escribir es una mierda y más vale que lo haga de nuevo. Eso es lo jodido.
Y a la larga, la opinión de que lo nuestro siempre es mejor que lo de algún otro del grupo, es lo que nos impulsa a relajaros y lo que lleva el proyecto al traste.
La otra opción es callar y darlo todo por bueno. No criticarse. Ser amigos ante todo.
Y en vez de una novela se consigue una buena juerga.
Parece un fracaso, pero a veces es más de lo que se podría esperar con según que mimbres.
Probad.
menéame