Estos días entras en LinkedIn, o en cualquier medio generalista, y todo el mundo habla de lo eficiente que es con la IA. Fulanito ya no usa Workday porque se ha "vibe-codeado" una copia en una tarde; Menganito ahora es extremadamente productivo y hace 40 tickets de Jira al día con 10 agentes corriendo a la vez; Antonio ha creado una skill de Claude para hacer las performance reviews de sus empleados.
Detrás de esta productividad solo hay miedo. Miedo a perder el empleo, miedo a ser sustituido por la IA. Quien no surfee la ola será arrastrado por ella, dicen. La realidad es que, si la ola es tan grande como dicen, dará igual lo que la surfees, que te va a llevar al fondo igualmente. Dará igual lo bien que escribas los prompts, que pronto será un anacronismo. Para ejemplo de esto, Claude Code ya no dice lo que hace; ¿para qué quieres saber eso? Jeje.
www.theregister.com/2026/02/16/anthropic_claude_ai_edits/
La realidad es que el dinero está muy mal repartido. La gente no quiere ser más productiva. Quiere cobrar su sueldo, echar sus horas, hacer un trabajo honesto y volver con su familia.
Permitidme poner aquí el tweet del creador de OpenCode. El agente OpenSource más usado:

"todo el mundo habla de sus equipos como si estuvieran en su máxima eficiencia y que su único cuello de botella fuera la capacidad de producir código
así es como son las cosas en realidad
- tu organización rara vez tiene buenas ideas. que las ideas fueran caras de implementar en realidad era una ventaja
- la mayoría de los trabajadores no tienen ninguna razón para estar súper motivados, quieren hacer su horario de 9 a 5 y volver a sus vidas
- no están usando la IA para ser 10 veces más eficaces, la están usando para sacar sus tareas con el mínimo esfuerzo
- las 2 personas de tu equipo que de verdad se esforzaban ahora están sepultadas por el código basura que todos están produciendo; no tardarán en irse
- incluso cuando produces trabajo más rápido, sigues atascado por la burocracia y las mil otras realidades de lanzar un producto de verdad
- tu director financiero se queda como: ¿a qué te refieres con que ahora cada ingeniero cuesta 2000 $ extra al mes en facturas de LLM?"
Nada de esto es nuevo. Hace tiempo estaba de moda el SCRUM. Todo el mundo hablaba de la VELOCITY. ¿Cuántos puntos de historia hace tu equipo?
En realidad, nada de eso importaba. El cuello de botella nunca fue ni el código ni los programadores. El cuello de botella es estar en el momento adecuado, en el lugar adecuado y tener los contactos adecuados.
Como decia Fray Luís de León:
"¡Qué descansada vida / la del que huye el mundanal ruido, / y sigue la escondida / senda, por donde han ido / los pocos sabios que en el mundo han sido!"
Este artículo ha sido escrito por una inteligencia natural
Hace ocho años escribí esto y me he dicho, venga, voy a rescatar esta divagación:
De poder saber con certeza, al 100%, la respuesta a ciertas preguntas imposibles, todo cambiaría.
Por ejemplo, ¿Dios existe? En caso de obtener un sí irrevocable, la humanidad entera se tornaría creyente, lo que provocaría un cambio de costumbre global. Todo gobierno se adaptaría a la religión, rutinas con nuevas esperanzas que igualmente siguen sin llegar en vida. Enfrentamientos al interpretar cada uno cómo es Él, Ella o Ello y su intención, forzadas conductas de bondad por ganarse un hueco en el otro mundo... Suscitaría más preguntas, y una inquietud universal a, no al hecho de sentirnos ínfimos flotando en el infinito, sino ante una deidad imposible de comprender, pero que está ahí, que es imposible de negar, y eso afecta o incluso duele, porque existe y no es por ti ni por nadie, y a su vez te creó sin un motivo claro. Es el padre o madre que jamás se presenta en casa.
De ser no la respuesta, aumentaría la desmotivación. Habría un pensamiento generalizado sobre que cada humano existe de casualidad y que ha venido para nada, lo que provoca enfrentamientos. Gran parte del pasado de la humanidad pierde sentido y delata una ignorancia violenta, si acaso no una vergüenza letal. La religión se extingue y aumentan los delitos, porque no se teme a ningún supuesto o moralidad castigadora, no se toma en serio leyes impuestas por otros, tan insignificantes como cualquiera. Los que ya eran no creyentes humillan a los que lo fueron, excediéndose. El nihilismo está a la orden del día, y la gente de fe no tiene dónde aferrarse, decayendo en la nada interior.
Tanto en un caso como en otro, todo cambiaría a una posible confusión general. Aunque, bueno, estos sucesos ya ocurren, sólo que se basan o apoyan en la incertidumbre. Teorías y más teorías. Pero que se realizara desde la certeza los volvería genuinos.
Hay preguntas que mejor no responder.
Si me hubieran dicho cinco minutos antes que acabaría entrando por aquella hedionda boca de alcantarilla, jamás hubiera dado crédito, y me hubiera reído en la cara de quien lo hubiese insinuado. Pero fue aparecer como de la nada aquella guapa muchacha rubia y pedirme que la siguiera, y me fue totalmente imposible evitar no adentrarme de su mano en las tinieblas que aquella tapa de hierro colado había abierto en el asfalto.
Acabo de ver cómo Gabriel Rufián y Emilio Delgado se presentaban ante un público entregado, con la intención de aunar fuerzas y frenar el avance de la extrema derecha. Mucha gente esperaba el evento con la sensación de que, quizá esta vez, la izquierda había tomado nota de sus errores y estaba dispuesta a cambiar cosas de verdad.
Pero bastó un comentario para que aflorara una vieja inercia. Emilio Delgado relató que estaba harto de escuchar a madres del colegio de su hijo lamentarse porque, ante la imposibilidad de seguir pagando un piso en Móstoles, tendrían que irse a vivir a un pueblo de Guadalajara. La frase pretendía ilustrar el drama del acceso a la vivienda. Sin embargo, lo que reveló fue algo más profundo: la asunción de que mudarse a un pueblo es poco menos que un descenso social.
Pero ¿desde cuándo vivir fuera de una gran área metropolitana es un fracaso? España lleva décadas concentrando población, empleo, inversión y servicios en unas pocas ciudades. Las áreas metropolitanas están tensionadas: alquileres disparados, tráfico permanente, contaminación, estrés, servicios públicos saturados. Y, aun así, el debate político dominante gira en torno a cómo sostener ese modelo, cómo apuntalarlo, cómo hacerlo “un poco más soportable”.
Casi nadie plantea con claridad una medida verdaderamente transformadora: descentralizar de forma decidida el país. Llevar empleo público fuera de las capitales. Incentivar fiscalmente que empresas se instalen en zonas despobladas. Garantizar conectividad digital de primer nivel en el medio rural. Apostar por una red de transporte que conecte comarcas, no solo grandes núcleos. En definitiva, redistribuir población y oportunidades en un país que tiene enormes extensiones ávidas de habitantes.
Es más barato y más eficiente mejorar las condiciones de vida en el entorno rural que intentar expandir indefinidamente ciudades que ya muestran síntomas de agotamiento estructural. No se trata de romantizar la vida en el pueblo, sino de reconocer una evidencia: hay vivienda asequible, hay espacio, hay calidad de vida y hay margen para crecer.
Para mí, lo llamativo es que una propuesta así —que podría ser profundamente igualadora y territorialmente justa— apenas aparece en el discurso de una izquierda que históricamente habló de cohesión, equilibrio y planificación. En lugar de eso, se insiste en el marco tradicional: la gran ciudad como centro inevitable del progreso, y el resto como periferia resignada.
Estoy convencido de que muchos ciudadanos (yo entre ellos) esperaban valentía. Un giro estratégico, que alguien dijera en voz alta que el problema de la vivienda no se resuelve solo exprimiendo las mismas calles de siempre, sino atreviéndose a redibujar el mapa mental del país.
Este asunto de la vivienda es solo un síntoma más de que la izquierda, que aspira a ganar terreno, todavía no se ha dado cuenta de que no puede limitarse a gestionar mejor lo existente. Tiene que cuestionarlo. Tiene que incomodar incluso a sus propias certezas. Tiene que atreverse a proponer soluciones que no caben en el marco tradicional.
Y mientras esa audacia no llegue, cada evento lleno de buenas palabras seguirá dejando la misma sensación: que el cambio prometido vuelve a posponerse.
Asistí al evento ilusionado y salí pensando "otra oportunidad perdida".
menéame