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Es una frase tan popular como falsa: “Todos los políticos son iguales”, dicen los desencantados de la democracia. La fórmula vale casi para cualquier decepción: basta con cambiar de sujeto. Todas las mujeres son iguales, todos los periodistas son iguales, todos los taxistas son iguales… Todos los “todos” parten de un error común: generalizar es injusto. Por eso los pecados individuales nunca justifican los desprecios colectivos.
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