Es sabido que el calor de las manos procede enteramente de la sangre, a no ser que un objeto la proyecte directamente sobre ellas. Por consiguiente, debe haber una razón para que cuando las frotamos con nieve afluya a las manos una cantidad de sangre mayor que de costumbre. La temperatura de la sangre no ha aumentado, pues en tal caso el cuerpo entero lo notaría. Lo que ocurre realmente es que las manos reciben la sangre que por ellas circula en mayor cantidad y con mayor rapidez.
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