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En 1947, bajo el calor del verano, un joven beduino buscaba una cabra que se le había perdido en la costa noroeste del Mar Muerto. Lo que encontró fue uno de los hallazgos arqueológicos más sensacionales del siglo. Se introdujo en una cueva de los acantilados y encontró varias tinajas de loza cubiertas por el polvo de los siglos. Una contenía papiros escritos con caracteres antiguos y envueltos en una tela de lino deteriorada.
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