Imagina que eres un país que descubre que cierta multinacional con la que tienes ciertos acuerdos para la explotación de ciertos recursos estratégicos, está evaluando una oferta de compra por parte de cierta empresa nacional extranjera de ojos rasgados.
Ante el temor de que una tal operación acabe por hacerte perder el control de tu esfínteres, caben dos posibilidades.
La expropias y nacionalizas la gestión y la explotación de los recursos en beneficio de tu país, protegiéndote de la entrada de una empresa extranjera en tu patio trasero.
La expropias con intención de revenderla a esa empresa, pero llevándote las plusvalías económicas y una posición superior para negociar las condiciones de servicio.
Si, en ambos casos hay jugosas comisiones de por medio, y réditos electorales en el ámbito de la política interna. En ambos casos, también la imagen exterior sufre, pero el país no vive de su imagen, sino de exportar soja.
Ante el temor de que una tal operación acabe por hacerte perder el control de tu esfínteres, caben dos posibilidades.
La expropias y nacionalizas la gestión y la explotación de los recursos en beneficio de tu país, protegiéndote de la entrada de una empresa extranjera en tu patio trasero.
La expropias con intención de revenderla a esa empresa, pero llevándote las plusvalías económicas y una posición superior para negociar las condiciones de servicio.
Si, en ambos casos hay jugosas comisiones de por medio, y réditos electorales en el ámbito de la política interna. En ambos casos, también la imagen exterior sufre, pero el país no vive de su imagen, sino de exportar soja.