#5 Antes, el alumno chulito tenía su tope en el castigo o expulsión, y lo aceptaba como parte del proceso de ser guay ("mira mira me han echado que malote soy"), porque había un límite marcado por el miedo y un mínimo de respeto. Ahora no hay límites. Si pueden humillar, hundir y pegar a un profesor lo harán. Los padres y la sociedad se han encargado de enseñar esto, y cuando ocurre alguna desgracia se asombran (e incluso defienden al monstruito creado) en vez de caérseles la cara de vergüenza y tratar de arreglarlo como debe hacerse.