#89 La boda más divertida que fui jamás fue una boda en un pueblo pequeño de Albacete (Casas Ibañez). El menú: sopa de boda (con pan e higadillos de pollo), chuletas de cordero, helado y tarta. Nos lo pasamos de rechupete: un ambiente bárbaro, genial. Nos pusimos hasta el moño. Bailamos y nos divertimos durante horas, a un precio módico. Desde entonces no me gustan las bodas en las grandes ciudades, donde todo el mundo trata de aparentar tener más de lo que tiene, pero todos nos conocemos y sabemos que el tío cual se ha gastado todos los ahorros.