Fascinantes retratos de mujeres que viven como hombres para evitar la opresión en los Balcanes

  1. #30   SKENDERBEG una historia del mayor héroe nacional albanés

    por Bogoljub Pejčić traducido y adaptado por Aleksandar Vuksanović

    publicado en "Srpska Reč", numero 342 de 31.03.2004.

    Quiso el destino o, como dijo un monje, “a causa de algunas manos deshonestas”, desaparecieron comidos por las llamas algunos santuarios serbios, tanto en Kosovo y Metohia como en el Monte Athos.

    Nadie mejor que esas “manos deshonestas” humillaron el orgullo nacional de los serbios cuyas iglesias, como en algún desfile celestial, aglutinaban la inmensa riqueza espiritual de un pueblo, guardando viejos y recibiendo nuevos testimonios sobre la resistencia a la fuerza y la tiranía.

    El fuego en Hilandar se propagó hasta los muros de la “torre albanesa” donde descansan los restos mortales de Jovan y Repoš Kastriotić, nobles serbios de Albania, el padre y el hermano mayor de Djuradj Kastriotić, posteriormente conocido como Skenderbeg. El carácter sagrado de toda la historia serbia demuestra esta fuerza mayor que logra parar la mano de un pirómano, justo en el lugar donde se quiebra la verdad sobre los orígenes del “héroe albanés”, el célebre Skenderbeg, cuya madre Voisava no tuvo tiempo ni para darle un abrazo antes de que le llevasen de jenízaro a la corte de Suleiman I donde le convirtieron al Islam y le bautizaron como Skenderbeg, como el griego Iskander (Alejandro Magno) que las historias orientales hicieron célebre hasta entre los turcos. Su nuevo nombre Djuradj lo ganó en los juegos de guerra superando con facilidad a sus contrincantes en las artes marciales y por eso, con motivo de su 18 cumpleaños, fue obsequiado por Murat II con el “coro de caballería” de cinco mil guerreros y con el título de “sandzak-beg” (bey de sanjacato). El destino le llevó a él y su coro de caballería a pasar al lado de los cristianos y a luchar durante un cuarto de siglo contra las tropas de Sultán; le llevó al catolicismo, necesitado del apoyo material del papa Pío II que estaba mucho más preocupado por los “cismáticos” ortodoxos, que por las avalanchas y saqueos de los turcos. Por eso, al morir Skenderbeg de “la fiebre fuerte” en enero de 1468, no fue enterrado junto a su padre y su hermano en Hilandar, pero si en la iglesia ortodoxa da San Nicolás al lado de Lješ.

    Las llamas de Hilandar no devoraron la verdad de que Jovan Kastriotić y su mujer Voisava tuvieron nueve hijos, cuatro varones, Repoš, Staniša, Konstantin y Djuradj, que en ese orden aparecen en la lista de Atanasio, el igumano del monasterio Hilandar, y cinco hijas, Mara, Jela, Andjelia, Vlaica y Mamica. Quedó escrito que Mara, la mayor, se casó con Stefan Crnojević, Vlaica con Stefan Balšić y que Iván, hijo único de Skenderbeg, se casó con Irina, hija de Lazar Branković y nieta del aún más famoso abuelo Djuradj Branković. La verosimilitud de estos datos quedó comprobada y contrastada por el profesor Karl Kopf de Königsberg que en su calidad de historiógrafo, geógrafo, etnógrafo y arqueólogo, por encargo de la Academia Imperial de Viena, a mediados del siglo XIX, dejó en sus documentos el completo árbol genealógico de la familia Kastriotić.

    El incendio en Hilandar tampoco dañó a la iglesia principal en cuyo interior, al lado del fresco de La Vírgen con Jesucristo, aparecen los rostros de San Simeón (Stefan Nemanjić) y su hijo San Sava con el escrito “se presentó el esclavo de Dios, Repoš 6963 (1431)” como auténtico testimonio de que el hermano mayor de Skenderbeg durante un tiempo antes de morir, vivió como un monje más en Hilandar.

    De lo que se habló muy poco estos días en Belgrado es que en la lucha por apagar el fuego en Hilandar también participaron entregadamente albaneses, empleados contratados por los monjes para los trabajos agrícolas en sus huertos. Gracias a ellos se salvaron muchas de las reliquias religiosas de gran valor.

    Lo que unos apagaban en el Monte Athos, otros lo incendiaban en la tierra santa de Kosmet. De las treinta y cinco iglesias y monasterios destruidos, la primera fue la Virgen de Ljeviš en Prizren, antigua mitropolia serbia a la que el rey Milutin donó muchas tierras. Entre los donantes también figura, con 50 florines, Pavle Kastriotić, abuelo de Skenderbeg cuyo feudo familiar incluía varios pueblos en el valle del río Mata.

    Antes de provocar los fuegos, los pirómanos levantaron en el centro de Príština un monumento dedicado a Skenderbeg. Bien está que lo hayan hecho, pues siempre les recordará que son un pueblo sin historia que destruye la de otros para crear forzosamente la suya.
    votos: 1    karma: 13
comentarios cerrados

menéame